por: Liliet Disotuar
La globalización neoliberal se encargó de acrecentar la disparidad y de legitimar formas de vida, hábitos y prácticas específicas en materia de consumo cultural.
Repensar la realidad de nuestros pueblos en tiempos de cambio, podría representar un enigma para los que intentamos comprender la sociedad actual desde la óptica cultural, dada la confluencia de asuntos o problemáticas que suscita dicho análisis y que ponen en la palestra pública planteamientos que evidencian la complejidad de los procesos culturales a la luz de estos días.
Las corrientes foráneas a las que nos encontramos expuestos constantemente ponen en duda la autenticidad y perdurabilidad de conceptos, valores e instituciones que hasta ayer fueron vistas y asumidas como sempiternas o intocables. La interconexión presente en todos los órdenes y escalas trae facilidades y consabidas desventajas. Por un lado, permite al hombre transitar por caminos antes impensables, ser testigos de acontecimientos acaecidos en cualquier rincón del planeta. El flujo de información indetenible facilita el acceso a noticias y contenidos novedosos que, por otro lado, pueden atentar contra la formación consciente de los sujetos, y en este caso sólo lograremos resguardar nuestros más preciados valores identitarios mediante acciones responsables que nos conviertan en decisores serios, en lo que atañe a cómo seleccionamos la información, el modo de canalizarla y la utilidad que damos a lo antes asimilado.
Homogenización cultural
El proceso de homogenización ejercido históricamente sobre Latinoamérica, ha querido ensombrecer y desconocer las más auténticas expresiones que brindan orgullo y sentido de pertenencia a las comunidades o poblaciones, llegando a reproducir insospechadas reacciones que reflejan ciertamente la alineación ideológica, vergüenza que se traduce en desprecio ante todo lo que aparentemente pueda ser percibido como local o regional. No son pocos los que ven en el apego a los orígenes muestras de atraso, subdesarrollo y no desperdician oportunidades en manifestar abiertamente su necedad al querer condenarnos a la extinción o el embrutecimiento por ser como somos.
Las garras de la dominación que asfixian a innumerables países, se extienden también en esta área, y la funesta misión de los monstruos colonizadores, encargados actualmente de amedrentar a quienes se decidan a resurgir de sus propias cenizas, ha dejado como único saldo ese sentimiento de desprecio que se palpa en mujeres y hombres al referirse a sus orígenes, en repetidos casos, marcados por la negación, el odio disimulado y el rencor persistente.
Acerca de la identidad
Para dialogar sobre la identidad, es necesario entender que este polisémico término abarca todo el conjunto de representaciones interiores, afectivas, cognitivas, que son construidas o compartidas en la interacción social. Producida como consecuencia del enfrentamiento con el otro, posibilita el descubrimiento individual y por ende la identificación y diferenciación como expresión de ese reconocimiento. Tiene distintos niveles de expresión como puede ser: la identidad individual (o personal), la identidad colectiva (o social). Se ocupa del estudio de agrupaciones humanas tales como las etnias, los sectores regionales o nacionales y a su vez representa la conciencia manifiesta de proyectos de vida, donde se comparte una visión del mundo. La identidad es también fruto de la incorporación de lo cultural en sus aspectos verbales y no verbales: significaciones, valoraciones, acciones, lenguaje, gestualidad, etc. Lo que decimos, pensamos y hacemos, nos define básicamente, enmarcándonos con caracteres propios dentro del gran andamiaje que es lo universal y como premisa obligatoria para mantenernos con vida.
Esta creación permanente, surgida de la adaptación de los individuos a determinados ecosistemas, está cargada de una memoria cultural, consecuencia lógica de la incorporación e introyección a un mundo subjetivo al que tributan elementos en el orden bio-psico-social, llegando a considerar referentes como la familia, la comunidad, los centros educativos, el vecindario, entre otros. En cada uno de estos semilleros se hace y rehace la identidad. Rebulle incesantemente, tomando ingredientes salidos de aquí y de allá. No es un concepto de contenido fijo e inmutable, se regenera y configura constantemente, en dependencia de las necesidades y situaciones del contexto sociocultural al que nos circunscribamos. Debido a su enfoque social, tiene componentes activos en los que intervienen: la comprensión del individuo, el análisis del grupo social al que se encuentra ligado, hasta las referencias de cómo son observados éstos por el resto de sus semejantes.
La exaltación de la propia identidad ha sido el paso inicial en las manifestaciones de todas las culturas y ha traído aparejado actos de afirmación histórica que resultan loables como proyección de una intención de continuidad a través de los cambios, crisis y rupturas, en los que la memoria colectiva debe ser rescatada como garantía de la perdurabilidad popular, acercándonos a la historia y así evitar que su curso sea desviado o entregado a merced de otros intereses, que pueden incluso llevar a determinados sectores a renegar del pasado y las tradiciones. En aras de salvar el futuro debemos concebir un amplio proyecto, ambicioso, eficaz que revalorice la identidad cultural en América, atendiendo a la trayectoria histórico-cultural de la región, incorporando los elementos en el orden cognoscitivo y emotivo que viabilicen su reproducción en la práctica social.
Nuestra cultura hoy
El discurso contemporáneo respecto a ese asunto, se ha orientado por senderos comprometidos dentro de los movimientos sociales e intelectuales latinoamericanos con tendencias de izquierda, quienes han asumido la identidad cultural como una forma más de combate en el terreno ideológico, volviéndose necesaria e indispensable la discusión en este sentido. Si tomamos en consideración que se ha valido de la historia de las comunidades y estados americanos, esa dialéctica lucha entre dependencia y libertad que por siglos ha marcado la realidad en el área, es fácil pronosticar que resulta de total utilidad, como posible punto de contacto que ofrezca soluciones a los conflictos interculturales, tanto a nivel de los estados nacionales, como al de sus relaciones. La búsqueda de la identidad promueve el diálogo, la comunicación entre grupos diferentes que anhelan llegar a la comprensión cabal de las necesidades y aspiraciones del otro. Dentro de sí encuentran espacios, los que hasta ahora fueron desdeñados, los grupos humanos olvidados, dejados a su suerte y que tienen un propósito a defender.
Tampoco es posible pasar por alto fenómenos tales como la globalización neoliberal, encargados de acrecentar la disparidad y donde se legitiman formas de vida, hábitos, prácticas en materia de consumo cultural que distan mucho de una realidad latinoamericana, que escapa de las etiquetas y las fabricaciones de los sueños y esperanzas. En esta tierra se camina hacia el porvenir minuto a minuto. Con pies polvorientos y el rostro empapado por el sudor del trabajo. Con manos curtidas por el esfuerzo. Derrotados algunas veces, pero no destruidos. Apoyándonos en la mano amiga que nos socorre al caer y junto a la que compartimos los más hondos sentimientos y temores. Esa es nuestra identidad: la del gaucho, el minero, el recolector de café, el albañil, el maestro, el poeta, el músico, el combatiente. No son precisos los sueños enlatados de los supermercados, porque esos no nos pertenecen. Las realidades no se importan, se construyen. Quieren hacernos creer que les necesitamos para ser felices y así evitan que pensemos de conjunto. Nuestra identidad cultural no responde a intereses de trasnacionales, mercados, industrias. No se vende como postal turística que motive la curiosidad, ya que su defensa presupone ante todo un acto de reivindicación con la historia, sus anónimos protagonistas y es un camino que ha de convidarnos a seguir peleando.
Algunos proponen la existencia de una identidad iberoamericana, panamericana, indoamericana, afroamericana, como fórmulas que puedan estimular la interacción, el conocimiento y el reconocimiento. Si nos enmarcamos en estos temas, no debemos desconocer la presencia de un sentimiento más fuerte, arraigado y sincero, el que emana de la Identidad Popular Latinoamericana. En ella se fusionan cada una de estas visiones de cambio y hacen confluir tradiciones, modernidad y posmodernidad, aceptadas como diversificaciones que responden a los nuevos rumbos por los que transitan las agrupaciones humanas, en días en que la pretendida debacle mundial ha sido pretexto ideal para colocar patas arriba a las sociedades más conservadoras, y son precisamente estas oportunidades las que hemos de aprovechar para cambiar, reformular preceptos inútiles, estudiar potencialidades con un sentido práctico y romper la serie de superposiciones culturales bajo las cuales, la identidad de los pueblos ha ido que dando progresivamente rezagada.
Desde los inicios de la conquista, la cultura ibero-cristiana quiso sobreponerse a la indígena, considerándola como enemiga al frustrar los objetivos expansionistas, sirviéndose de la liquidación masiva y la esclavización como única iniciativa de comunicación con el otro.
Después de 524 años transcurridos, existen desafíos que provocan e invitan a la gran patria americana a reflexionar, considerar nuevos derroteros para la identidad cultural que fuimos y hemos sido capaces de defender por más de cinco siglos. Ante todo debemos pensar: ¿Peligra la identidad de nuestros pueblos? ¿Qué papel tendría la conservación de estos valores en las luchas y reivindicaciones populares de la actualidad?
Este discurso que enarbola consignas relacionadas con la unidad y el respeto a lo diverso no puede ser tema secundario en la propuesta de cambio político y social. La estructuración y articulación de estrategias para la defensa de la identidad cultural latinoamericana debe ser el centro de los debates, el primer punto en las conversaciones. Es urgente sumar voluntades que desde las esferas gubernamentales, garanticen los espacios adecuados para la confrontación de experiencias que permitan a cada persona exponer sus vivencias, donde cada etnia pueda hablar, expresarse según sus normas, y en donde los sectores de avanzada tengan al alcance una tribuna, que les devuelva el derecho de hacerse sentir. La unidad y diversidad se entenderán y apreciarán como ejemplos de la más auténtica universalidad de una cultura que en sus matices y diferencias va tomando conciencia de sí misma.
El presidente Evo Morales planteó en los “10 mandamientos para salvar al planeta, la humanidad y la vida”: “Los seres humanos somos diversos. Vivimos en pueblos con identidad propia, con una cultura particular. Destruir una cultura, atentar contra la identidad de un pueblo, es el más grave daño que se le puede hacer a la humanidad…”. El reconocimiento de lo auténtico implica sentido de pertenencia con lo autóctono, pero también abre el diapasón para atender y entender al otro, interactuar mutuamente y ¿por qué no?, dar paso a la creación de realidades conjuntas. Nuestra verdad no es la única, la palabra ha de ser respetada y sólo así hará germinar la visión que poseemos del mundo y enriquecerla, si deseamos que sobreviva. Lo idéntico y lo diferente son caras aparentemente opuestas, pero están en la misma moneda y con ellas debemos pensar y obrar el presente.
En la identidad cultural persisten los fuertes latidos de sus componentes. Los sistemas sociales, desde las entidades más básicas, tienen el deber de encauzar acciones dirigidas al rescate de las esencias culturales populares, apoyados en los líderes de opinión, activistas natos que servirán como promotores del patrimonio cultural y desarrollarán un trabajo de sensibilización y educación con todos, en función de un mismo propósito.
La expresión libre de la espiritualidad es un derecho del hombre y la colectividad en la búsqueda de la singularidad. Somos una sociedad de carácter plural, tenemos distintas formas de ser, debemos mantener aquello entrañable. Constituye la identidad una creación democrática encargada de unificar e incluir, donde se abarca y fortalece cada membrana del tejido social, enriqueciendo la trayectoria común. Desde nuestras escuelas, en el marco que compartimos con familiares y amigos más cercanos, desde cualquier rincón en el que podamos incidir de una forma u otra, estaremos dando significativos aportes a nuestra cultura. Debemos educar para hacer llegar el mensaje que nos avoca sobre la tarea de continuar abriendo los ojos y las almas a este sentimiento, que está más allá de cualquier clasificación. Si no somos capaces de apropiarnos de ella, sentirla y compartirla, es imposible que podamos entender la magnitud de su importancia como raíz ideológica que da seguridad y firmeza a toda la estirpe americana.
* Instructora de arte.

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