Luego del paso del huracán María sobre Puerto Rico el pasado 20 de septiembre —hace cinco meses— y las consecuencias tan impactantes que ha tenido sobre nuestras vidas, surgen interrogantes que exigen respuesta. No basta con volver a la precaria “normalidad”, que fue precisamente la que voló en pedazos ese día.
Puerto Rico ubica en la ruta de huracanes tropicales muchísimo antes de que los humanos habitáramos esta tierra. Hay temporada de huracanes anualmente, durante seis meses. Hemos padecido en distintos momentos de nuestra historia la desolación fruto del paso de un huracán. Conocemos las pruebas irrefutables de la influencia del calentamiento global sobre los fenómenos atmosféricos:
Entonces, ¿cómo se explica la fragilidad sobre la que se sostiene esta sociedad pretendidamente moderna y primermundista; tanta zozobra, que no es consecuencia de un desastre natural, sino de un desastre social?
El País a oscuras. Postes de concreto hechos polvo; los de madera, picados como palillos de dientes; los de aluminio, doblados como un ocho. Las calles y avenidas colmadas de cables telefónicos y eléctricos, como inmensos criaderos de serpientes. Cinco meses después, el treinta por ciento de la población carece de servicio eléctrico.
El País incomunicado. Miles de torres y antenas de radio, televisión y teléfono celular destrozadas. ¿Sabían algo de huracanes quienes las instalaron, o simplemente las amarraron de tres alambres y ya, porque la preocupación de las transnacionales de la telefonía ha sido que les compremos un teléfono “inteligente”, aunque luego no funcione?
El País en un lapachero. Calles y avenidas inundadas, aun en los lugares más inusitados. Miles de casas destruidas. Desbordamiento de ríos y quebradas. Caídas de puentes, carreteras y caminos. Los embalses, ahora más sedimentados que antes, constituyen un peligro de inundación para muchas familias. ¿Por qué se permite la construcción en áreas inundables, para lamentarnos cuando se inundan? ¿Cuánta supervisión hay sobre carreteras, caminos y puentes? ¿Y sobre la construcción de casas y edificios?
El País paralizado. Casi tres millones de vehículos de motor, muestra de la privatización del transporte a la que nos han conducido, sin combustible por varias semanas. Filas interminables en las pocas estaciones de gasolina disponibles. Desesperación por conseguir gasolina para las ruidosas plantas eléctricas que poseen algunos privilegiados. Cero transporte colectivo.
El País hambriento y sediento. La comida que no aparecía, aunque el gobierno alegaba que los furgones estaban en el puerto. Supermercados, restaurantes y cafeterías cerrados. Las estufas sin electricidad ni gas. El agua potable o no potable, escaseaba.
Hospitales, escuelas, universidades, aeropuertos, centros comerciales, paralizados. El colapso de un modelo de sociedad que ya venía haciendo agua y que ahora ha hecho crisis.
Mucho de lo sucedido, se ha podido evitar.
Este es un país mal hecho, víctima de la negligencia y corrupción, sin planificación; modernidad y progreso con pies de barro. El huracán María nos ha mostrado la chapucería de país edificado durante las pasadas décadas.
Recién llegan los redentores del norte, encabezados por un presidente insensible que pasó por aquí a burlarse y faltarle el respeto al Pueblo. Mientras tanto la gente va inventando soluciones, satisfaciendo carencias, ofreciendo opciones, sin esperar a que a las agencias se les ocurra hacer algo.
Hay que rehacer a Puerto Rico. Pero no para regresar a la “normalidad” del día antes de María. Nuestro Pueblo no merece sufrir tanto desasosiego por culpa de quienes han hecho las cosas mal, por tanto tiempo. Corresponderá al propio Pueblo hacerlas bien, si se lo propone. Talento nos sobra.
Y ganas de vivir y ser felices, también.
* Catedrático Universidad de Puerto Rico.
Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.

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