Por Carla Espósito Guevara * -.
Un inusual evento convirtió a la Asamblea Legislativa en noticia cuando el diputado de Creemos, Caleb Villarruel, haciendo gala de sus habilidades de cantor interpretó “Miénteme”, de Luis Miguel, en pleno debate parlamentario, reflejando profundos conocimientos de la música pop romántica latinoamericana, así como también vastos conocimientos de las series de Netflix, aunque escasos conocimientos de la política y cultura nacional.
El diputado hizo uso de la palestra pública que le da su curul para expresar su disgusto sobre un tema muy importante para el país, el olor de la coca, y dijo: “Todo lo que está escondido y se hace en secreto es solamente mentira y la mentira apesta, como el acullico apesta para mí. Así como lo ven, porque es lo mismo, tiene el mismo olor, como cuando una vez me intentaron invitar marihuana”.
En una entrevista realizada por Claudia Benavente en el streaming de La Razón del día 25 de abril, cuando ella le pregunta sobre si consideraba que sus palabras eran discriminatorias, el diputado respondió que no, que solo expresaba una opinión personal.
Al margen de que no veo correcto usar una palestra pública de la Asamblea para expresar opiniones personales, sino para abordar problemas políticos nacionales, pues para eso reciben un sueldo los legisladores, lo que quiero resaltar acá es que, pese a las justificaciones sobre sus propias palabras, lo que el diputado Villarruel hizo es en efecto un acto de discriminación y expresa un sentido de clase particular. La de su clase, o la que aspira a ser.
La relación entre olores, clases sociales y discriminación ha sido ampliamente analizada por la Sociología y la Antropología, estas disciplinas han probado que las categorías sociales se trasmiten también a través de códigos olfativos. Los códigos olfativos son parte del pensamiento clasificatorio. El buen olor, los perfumes, forman parte de lo que Bourdieu llama los “criterios de distinción social”.
Los criterios olfativos sirven para organizar la identidad y la diferencia. Es decir, me junto con quienes comparto olores y me alejo de quienes rechazo sus olores. En ese sentido, los olores forman parte de criterios discriminadores.
El antropólogo Corbin explica cómo la sociedad occidental se ha desodorizado a partir del uso del agua con criterios purificadores y las ideas de limpieza, que vienen del discurso médico-higienista y el combate a la peste, y que no pocas veces se han usado para justificar limpiezas sociales y prácticas racistas, en contraste con “la gran conciencia olfativa de las sociedades ‘exóticas’”. Esto establece una jerarquía de sociedades en función al olor.
Entonces, detrás de lo que el diputado dijo sobre el olor de la coca hay un acto de jerarquización de olores y una descalificación olfativa de sus colegas que pijchan coca. Por tanto, su discurso es discriminatorio y no refleja solo una opinión personal, sino toda una construcción social del “otro” que su clase y su partido tienen. Señala con toda transparencia las distinciones, jerarquizaciones y discriminaciones coloniales más amplias, a través de las cuales nuestra sociedad se organiza. Ahí es donde las palabras del diputado Villarruel se encuentran con aquellas que referían a la wiphala “como un trapo”, y esto no es casual.
Desde esta columna le recomiendo al diputado cantor que vea menos Netflix y lea más política o, de lo contrario, que se dedique nomás a ser cantor.
* Socióloga y antropóloga.

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