Por Soledad Buendía Herdoíza * -.
La violencia y el acoso en el ámbito laboral son temas cada día más abordados en instituciones públicas y privadas, así como en todo tipo de organizaciones. Estas son manifestaciones de una violencia estructural que no hemos podido erradicar pese a los avances normativos, los tratados y convenios internacionales sobre los Derechos Humanos. Si bien es cierto que tanto varones como mujeres pueden padecer violencia y acoso laboral, las mujeres se encuentran frente a una doble relación de poder: la que resulta de la socialización de género (donde lo femenino se subordina a lo masculino y determina a priori aptitudes, comportamientos y capacidades) y la que subyace en toda relación laboral.
Así se entiende que persistan las diferencias y desigualdades en la participación de las mujeres en el mercado laboral, en una cultura patriarcal donde la división sexual del trabajo asigna a estas determinadas actividades vinculadas con los roles reproductivos y de cuidados. De esta manera, desvaloriza sus capacidades minimizando sus aportes productivos. Los estereotipos de género, la sobrecargada de las tareas de cuidado y del trabajo en el hogar recaen sobre los hombros de las mujeres, impidiendo su desarrollo integral.
El Convenio 190 (C190) sobre la Violencia y el Acoso en el Mundo del Trabajo y la Recomendación 206 que lo acompaña, es el primer instrumento internacional vinculante específico en la materia. Su relevancia radica en relacionar en un solo instrumento la igualdad y la no discriminación con la seguridad y salud en el trabajo.
El convenio reconoce que la violencia y el acoso pueden construir una violación o abuso de los Derechos Humanos, y establece que estos comportamientos pueden vulnerar los Derechos Humanos de las personas trabajadoras. Estos fenómenos se manifiestan a través de un conjunto de prácticas generalmente naturalizadas que reflejan los mandatos culturales de género.
Uno de los mayores desafíos para abordar la desigualdad socioeconómica, política y la violencia prevaleciente en las sociedades radica en la transformación de estos mandatos culturales de género.
Los usos y costumbres de dichos mandatos enmascaran relaciones de dominación y explotación mutua bajo la creencia de la complementariedad entre las mujeres y los hombres.
Para moverse hacia otro tipo de interacción, menos opresiva y más justa, es indispensable visualizar cabalmente la inexistencia de esencias determinadas por la biología y reafirmar que los mandatos son consecuencias de procesos sociohistóricos susceptibles de ser transformados.
* Miembro de la Asamblea Nacional del Ecuador.

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