Categoría: Geopolítica

  • Venezuela y la disputa geopolítica

    Venezuela y la disputa geopolítica


    Por Carlos Fazio / La Jornada-.


    Después de la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el sábado pasado en Nueva York, el conflicto en Venezuela ha adquirido dimensiones geopolíticas. Y como siempre, el petróleo es la sustancia de fondo de la cuestión.

    Auspiciado por la administración de Donald Trump, el golpe de Estado en curso contra el presidente constitucional y legítimo, Nicolás Maduro, tiene como objetivo instaurar un gobierno paralelo de facto, carente de legalidad y sustento popular con el propósito encubierto de generar caos, anarquía y una guerra civil entre venezolanos como vía para justificar una intervención militar humanitaria de algunos países del área bajo el paraguas del Pentágono.

    Para eso, dos propósitos centrales del plan criminal impulsado por los súper halcones de la Casa Blanca, el secretario de Estado Mike Pompeo y el director del Consejo de Seguridad Nacional, John Bolton –auxiliados ahora por Elliott Abrams, operador de las guerras sucias y las actividades clandestinas de la Agencia Central de Inteligencia en América Latina en los años 80− es encontrar un Pinochet o un Videla en el seno de la patriótica Fuerza Armada Nacional Bolivariana y potenciar una contra venezolana, como la que desangró a Nicaragua a comienzos de la revolución sandinista.

    El guion, que pretende reditar una dualidad de poder similar a la del caso libio, se ha ejecutado por medio de una guerra híbrida sin precedentes, que junto con las operaciones sicológicas y otras técnicas clandestinas, incluye las acciones diplomáticas de la maloliente Organización de los Estados Americanos (OEA), viejo ministerio de colonias de Washington, del inefable Grupo de Lima y la Unión Europea; las sanciones y el bloqueo económico-financiero de Estados Unidos y Gran Bretaña para colapsar la cotidianidad de la población venezolana: sabotajes contra instalaciones estratégicas del Estado y objetivos simbólicos en barriadas y urbanizaciones populares, actividades paramilitares de tipo insurreccional con mercenarios camuflados, guarimberos encapuchados y malandros a sueldo; el terrorismo mediático y en las redes digitales (desinformación, fake news, uso de cuentas influenciadoras), el uso de ONG como herramientas de infiltración en la sociedad para generar desestabilización, fanáticos crímenes de odio contra personas identificadas con el chavismo e intentos de balcanización del territorio en las fronteras con Colombia y Brasil.

    Bajo la tutela de Washington y en una acción coordinada con los regímenes cipayos de Colombia, Brasil y Argentina −principales integrantes de la patota de Lima, de la que inexplicablemente México aún forma parte−, el diputado Juan Guaidó se autoproclamó presidente encargado, la figura paragubernamental necesaria para seguir la hoja de ruta de la política de cambio de régimen del Comando Sur del Pentágono.

    La fabricación al vapor de una nueva narrativa sobre el joven pacifista Guaidó, que busca alejarlo de la brutalidad paramilitarizada que el ala dura del antichavismo protagonizó en Venezuela los recientes años, y en la que participó como operador del caos y el vandalismo extremista callejero, sólo busca encubrir el inicio de un nuevo ciclo de violencia prolongada como los que fracasaron de 2014 a 2017, dirigido entre otros objetivos clave a intentar fracturar la cadena de mando cívico-militar de la Revolución Bolivariana.

    El multipublicitado relanzamiento remasterizado del esquema de la lucha pacífica y popular contra la dictadura de Nicolás Maduro, bajo el liderazgo del hasta hace dos semanas prácticamente desconocido diputado Guaidó −cuya imagen e incluso su color de piel se sale un poco de la siempre caucásica fisonomía de los líderes del ultraderechista partido Voluntad Popular−, busca forzar una transición que estaba paralizada ante la ausencia de dirigentes opositores capaces de erosionar al gobierno de Maduro.

    La puesta en escena del fantoche Guaidó −el presidente que nadie eligió−, ahora es una fabricación de la diplomacia secreta de Washington, que tuvo como principal responsable al cubano-estadunidense Mauricio Clavier, integrante del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca. El esquema que trata de imponer el trío Bolton, Pompeo, Abrams, con apoyo de legisladores de la mafia cubano estadunidense de Miami (el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart, republicanos), sigue el formato libio.

    Washington ha logrado posicionar en Europa y América Latina a la Asamblea Nacional opositora como única autoridad con legitimidad de origen en Venezuela y busca potenciar a un Consejo Nacional de Transición Democrática, símil del Consejo Nacional de Transición libio, que fue reconocido en 2011 por la Liga Árabe, Estados Unidos, países europeos y finalmente la ONU, como gobierno legítimo de Libia, con el apoyo de milicias de mercenarios provenientes de Al Qaeda y armados por la OTAN, llamados mediáticamente rebeldes (los luchadores de la libertad de Ronald Reagan y George Bush padre, creados por Abrams y John Dimitri Negroponte).

    Lo ocurrido en Libia se calcó luego en Siria. Pero allí el campo de batalla, además de Estados Unidos, incluyó a Rusia, tras aprender la experiencia libia. Y el Pentágono sufrió una derrota. El factor geopolítico se reaviva ahora en Venezuela, que cuenta con el apoyo de Rusia y China, lo que podría generar un incendio en la región.

  • Las tácticas de la geopolítica norteamericana se van develando


    Fernando Rodríguez Ureña *-.


    El año transcurrido ha resultado positivo para el proceso de cambio. Pese a los anuncios agoreros de los portavoces de los intereses antibolivianos, el proceso de cambio avanza. El 2018 concluye demostrando al mundo que gobierno de Evo Morales ha sido el que ha producido las mayores transformaciones desde la fundación de Bolivia. Ya no se pueden obviar la cantidad y la calidad de los proyectos en beneficio de las mayorías nacionales, tanto rurales como urbanas. Nunca antes fuimos tan iguales como ahora.

    Se han cerrado las brechas de las diferencias entre ricos y pobres, hombres y mujeres, campesinos y citadinos. Nunca en la vida republicana fuimos tan iguales, pese a que aún falta mucho por hacer.

    Sin ser liberal, el gobierno de Evo se ha acercado como pocos a los principios de los ideales que produjo la revolución francesa en sus principios de igualdad, libertad y fraternidad. Estos principios se han enriquecido con los valores colectivos del Estado Plurinacional.

    Los avances son notables y sin embargo no deja de ser cierto que pudieron haber sido mayores. Sin negar las debilidades del propio proceso, es innegable que existen varios factores que conspiraron en favor de las limitaciones. Y estos factores son parte de una muy bien montada estrategia de conservación del status quo, del permitir todos los cambios para que nada cambie, siendo las siguientes algunas de sus variables.

    La corrupción: desprestigio y desencanto

    Se ha convertido en un arma muy bien usada por el sistema capitalista. No debe sorprendernos, pues el capitalismo es esencialmente corrupto. Para reproducirse necesita de fetichizar la mercancía y la fetichización implica corrupción es decir, enajenación pues esta ritualiza la riqueza convirtiendo al dinero y la propiedad en un nuevo culto. Y el enriquecimiento, aun sea en el marco de las reglas del juego capitalista, es robo, es usurpación, es acumulación de plusvalía: es corrupción.
    En nuestro caso, y sin que esto resulte una excusa, es un mal heredado de gestiones de gobierno anteriores, donde la misma estaba institucionalizada, comenzando en proyectos de inversión de organismos internacionales y pasando por todos los organismos financieros del sistema que reconocían un 10% del costo total de cualquier proyecto, concebido como costo de operaciones, el mismo que iba en beneficio de los gestores y decisores de la aprobación los proyectos.

    Además de este “beneficio”, las autoridades jerárquicas, tenían el beneficio de los “plus”, también institucionalizados y que se pagaban por planilla separada, normalmente inscrita en la planilla de gastos reservados.

    Si el plus mensual de un viceministro eran 6.000 dólares, bien podríamos imaginarnos cuanto podría haber sido el de los ministros y más aún de las primeras autoridades.

    Y esta funcionó sin excepción en las dictaduras como en los gobiernos democráticos, por lo que la corrupción puede ser catalogada como un mal endémico, que debe ser tratado como tal.

    Es curioso, pero el capitalismo ha sido el impulsor de una doctrina anticorrupción, con instituciones como la Fundación Carter o Transparencia Internacional que despliegan programas destinados a producir normas nacionales que luchan contra ella, desplegando a través de los medios masivos de comunicación y las redes sociales operaciones psicológicas ligadas a generar complejos psicológicos masivos y nocivos destinados a producir complejos de culpa colectivos.

    La lucha contra la corrupción en lugar de ser una acción revolucionaria anticapitalista, hoy es un arma para perseguir a quienes luchan por transformar las estructuras de dominación económica.
    Derechos humanos, democracia y dictadura: la judicialización de la política
    Lo mismo ocurre con los derechos humanos, que hoy aparecen como una consigna de los grupos más conservadores y reaccionarios que los usan como un bastión que defiende la propiedad y las libertades individuales.

    Curiosamente quienes propiciaron dictaduras hoy son sus principales defensores generando campañas nacionales y usando mecanismos internacionales de protección de los mismos.

    El discurso de los derechos humanos, es hoy una arena en disputa pues habiendo sido siempre un escenario desde el cual se luchaba por la liberación de los pueblos ahora sirve para fundamentar el individualismo extremo, el nacionalismo y el racismo encubierto. Para estos, todos los líderes revolucionarios son dictadores, sus gobiernos masivamente apoyados son considerados regímenes anticonstitucionales y sus políticas que privilegian lo colectivo ante lo individual son consideradas autoritarias.
    Al haber judicializado la política, quieren a los líderes revolucionarios juzgados en tribunales nacionales o internacionales. Lula y Cristina resultan un ejemplo de lo que buscan. Ahora van tras de Correa y sin duda pretenden hacer lo mismo con Evo.

    El uso de los procesos democráticos para entronizar gobiernos que tienen perfil fascista como el de Bolsonaro en el Brasil, es también otra de sus tácticas develadas y confirmadas en su uso en este 2018.

    La infiltración y la conspiración interna: la implosión como táctica
    El caso de Lenin Moreno en el Ecuador resulta paradigmático en este rubro. Hombres como él han sido infiltrados en todos los procesos de transformaciones en nuestro continente. Ganándose la confianza de los líderes revolucionarios, escalan, ascienden y terminan ocupando cargos de extrema confianza desde donde conspiran internamente en secreta pero eficiente relación con los Estados Unidos que los promocionan, encubran y protegen.

    La lógica es la conspiración interna, están hechos para dividir los procesos, generar implosión, enfrentar a indios contra indios, obreros contra obreros, cocaleros contra cocaleros, mujeres contra mujeres, jóvenes contra jóvenes, sustentándose fuertemente en las clases medias, que por su carácter diletante, se acerca y aleja de los procesos de transformaciones sociales.

    En Bolivia ya tuvimos esa experiencia en el proceso del 52. ¿Por qué no habría de ser posible que un Walter Guevara Arce, un Rene Barrientos Ortuño o peor aún, un Alfredo Ovando Candia estén gestándose al interior de la revolución democrática y cultural? La cultura política del Estado del 52, aún se encuentra fuertemente enraizada.

    El golpe militar: la entronización de una dictadura cívico militar de corte fascista como última carta alternativa

    Esta posibilidad con Obama era imposible. Con Trump sus condiciones de materialización son muy altas. Es que el carácter nacionalista del proteccionismo impulsado por el actual huésped de la Casa Blanca, puede orientarse muy fácilmente a salidas por la vía de la violencia militar, expresada en gobiernos con discurso ultraconservador, fundamentalista en valores occidentales y católicos y con altas posibilidades de prohijar gobiernos con mentalidad neofascista.

    Este tipo de gobiernos buscaran su sustento en las clases medias tocadas en sus intereses por los procesos de cambio y en aquellos sectores de las Fuerzas Armadas que nunca abandonaron la doctrina de seguridad nacional y siguieron cultivándose en su posición anticomunista y el enemigo interno.
    En este contexto, el magnicidio puede ser una de sus variables.
    Habrá que tener presentes las amenazas expresadas en discursos de este corte que empiezan a desplegarse en boca de exoficiales de las fuerzas armadas y militares en retiro, que ya se atreven a hacer públicos los documentos de sus cónclaves.

    Aprendiendo a leer los signos de los tiempos

    Estas variables se van produciendo en el continente, en procesos que se atrevieron a actuar con soberanía rompiendo la hegemonía norteamericana. Las recetas que usan siguen teniendo los mismos ingredientes. Debemos saber leer los signos de los tiempos. Si el aire se pone húmedo y se ven nubes cargadas en el horizonte, muy probablemente llueva. Si algunos elementos de los arriba enunciados se van desarrollando, muy probablemente tengamos en camino un proceso contrarevolucionario. Y en ese camino, sólo las masas movilizadas y la patria organizada desde sus bases, podrá enfrentar a las fuerzas reaccionarias que pretenden volver a un pasado que les fue económica y políticamente muy fructífero y rentable pues tenían como socios y patrones a los administradores de los intereses imperialistas. Revolución que no se profundiza termina siempre retrocediendo. No hay alternativa: Revolución o caricatura de revolución.


    * Sociólogo. Militante guevarista.


  • Seguridad y defensa en la era Macri: Lobo suelto, cordero atado

    Seguridad y defensa en la era Macri: Lobo suelto, cordero atado


    Paula Giménez y Matías Caciabue *-. 


     

    El golpe blando a Dilma Rousseff en Brasil y la victoria electoral de Cambiemos en Argentina, produjeron un giro geopolítico, en favor de la ofensiva estratégica neoconservadora (Trump, FMI, Pentágono) que, en la disputa global, no están dispuestos a ceder ni un metro sus territorios controlados, entre ellos, América Latina y el Caribe.

    Los neoconservadores, fortalecidos con la llegada de Trump a la Casa Blanca, no dudaron en avanzar para implementar el “Plan Sudamérica”. Fiel al estilo del “Plan Colombia”, este programa pretende aumentar la injerencia norteamericana a través del intervencionismo económico, político y militar.

    La Estrategia de Defensa Nacional 2018, firmada por el Secretario de Defensa de Estados Unidos y jefe del Pentágono, James Mattis, afirma la necesidad de “sostener las ventajas en el hemisferio”. A su vez, en el último documento estratégico del Comando Sur se exponen los principales desafíos a la “seguridad”, entre los cuales se destacan la mayor presencia de China, Rusia e Irán en la América Latina.

    Esta situación se agudiza con el resultado de las elecciones en Brasil. Con el 46% de los votos en primera vuelta (más de 15 puntos de diferencia con el candidato del PT Fernando Haddad), Jair Bolsonaro, exmilitar y fiel representante de los intereses neoconservadores, coloca en una situación favorable al despliegue de esos intereses, generando una compleja situación, que pone en peligro la paz del territorio. La segunda vuelta electoral será crucial y definirá el futuro de toda la región.

    En un escenario de agudización de la crisis capitalista, América Latina resulta de gran interés. Zonas marítimas, recursos naturales y una ubicación clave en la circulación de mercancías del mundo, hace que el control de este territorio se convierta en “asunto estratégico”.

    Argentina: la clave para cerrar el cerco

    El concepto de “guerra híbrida”, expresa un cambio en la situación estratégica global, expresada en la emergencia de nuevos bloques o polos de poder, con ambiciones globales y con un sistema económico, de infraestructura, de inteligencia y militar que les otorgan capacidad de disputar en el tablero mundial.

    Esto genera que los unipolaristas (neoconservadores y globales) deban dar un giro a su estrategia de control, diversificando los tipos de agresión a través de la combinación de fuerzas irregulares o milicias, fuerzas regulares encubiertas y agresión cibernética.

    Los acuerdos firmados en Buenos Aires durante la visita del expresidente de EE.UU., Barak Obama en marzo de 2016, sentaron un precedente en la incorporación de esta forma de guerra en nuestro territorio.

    Con la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo como eje (sin diferenciar seguridad y defensa), Macri y Obama firmaron acuerdos de asistencia en la Triple Frontera; misiones militares en África; asilo a los sirios que huyen de los bombardeos; centros de fusión de Inteligencia, defensa hemisférica, fuerzas de seguridad en el Comando Sur; cooperación nuclear y apertura comercial irrestricta. Se oficializó además la incorporación de Argentina como socio “extra oficial” a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

    Posteriormente, en la visita de Macri a Donald Trump, luego de su asunción como presidente de los Estados unidos, ambos mandatarios firmaron una declaración conjunta de cooperación en materia de política cibernética, así como un compromiso para combatir el narcotráfico, el lavado de dinero, el financiamiento del terrorismo y la corrupción, además de un consenso sobre la preocupación de ambos gobiernos por la “grave situación” de Venezuela.

    Con la concreción de estos acuerdos y sumado a las bases instaladas en Centroamérica y el Caribe, así como las de Colombia, Perú, Chile, Paraguay y la base militar de la OTAN en las islas Malvinas, los neoconservadores lograrán cerrar el cerco de dominación de todo el territorio latinoamericano y caribeño, así como también el antártico.

    ¿Quién paga los platos rotos?

    En Argentina hay hechos que dan un indicio claro de la inclinación del gobierno de la Alianza Cambiemos hacia un plan de militarización de los territorios geopolíticamente estratégicos y el control represivo de la protesta social.

    El marco de justificación para llevar adelante este “Plan” está centrado en la lucha (internacional) contra el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción. Por eso ya no llama la atención las declaraciones de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, quien en su necesidad de criminalizar la creciente protesta social, señaló que “Los movimientos sociales han permitido el narcotráfico –la droga en los barrios- como un mal menor”.

    Bullrich, estigmatizando a los sectores sociales vulnerables, señaló que no hay que distinguir entre los distintos eslabones de la cadena narco y que hay que “pegarles a todos, a los de arriba y a los de abajo”, sin distinguir los eslabones más débiles de los grandes carteles ni reconocer la creciente pobreza: la realidad económica de los barrios “no tiene nada que ver”.

    La lucha contra el narcotráfico, además, quita el foco de un problema geopolítico central de la Argentina: la ocupación imperialista de Malvinas y el control soberano de los territorios y las riquezas naturales de la Antártida y el Atlántico Sur. Desde la llegada de Macri al gobierno, pareciera que el único problema geoestratégico argentino sólo está en las “fronteras norte” con Bolivia (¿Litio? ¿Evo Morales?) y con Brasil-Paraguay (¿Cuenca Paraná-del Plata?)

    Repasemos algunos acontecimientos:

    En la agenda de cualquier país que quiera contar con el apoyo de la comunidad internacional aparece la lucha contra el narcotráfico como uno de los principales “motivos” para conseguir ese “apoyo”. Esta tiene su expresión en Argentina a través del Plan “Argentina sin narcotráfico” que plantea “designar más jueces para atender delitos federales, reforzar la presencia de la Policía Federal en todo el país, profundizar los controles en las fronteras, potenciar los programas de seguridad urbana y atacar de lleno al narcomenudeo” [1].

    Se suma la Ley de derribo, aprobada por decreto en 2016 que faculta a las Fuerzas Armadas identificar, advertir, intimidar y hacer uso de la fuerza en el espacio aéreo argentino. Leyes de este tipo ya han sido sancionadas en Brasil, Bolivia, Colombia, Chile, Honduras, Perú, Paraguay, Uruguay y Venezuela. Uruguay es el único de estos países que anunció la decisión de no derribar aviones sospechosos.

    En la misma línea, en el mes de julio de este año, el presidente Mauricio Macri modificó el decreto 727/06 que prohibía el uso de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior. Las Fuerzas Armadas cumplirán un nuevo rol, haciendo énfasis en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. La medida implica aunar acciones entre las fuerzas policiales de seguridad interior (gendarmería), prefectura y fuerzas armadas. Además de apuntar al delito complejo como el narcotráfico y el crimen organizado, también pone en la mira la asociación ilícita calificada y hasta una hipotética ‘asociación ilícita terrorista’.

    En agosto de 2018, el gobierno envió un proyecto de ley al Senado para que se autorice a las fuerzas armadas a realizar operaciones militares conjuntas con fuerzas extranjeras, tanto al interior del país como fronteras afuera. El proyecto pide autorización para el ingreso de tropas de, al menos 19 países, para un máximo de 12 operaciones aéreas y marítimas que tendrían lugar en territorio o aguas marítimas nacionales.

    En septiembre de este año, el ministerio de seguridad hizo pública la detención en la triple frontera de un “supuesto miembro de Hezbollah”. La noticia, aunque aún no está comprobada la identidad del detenido, justifica el gasto y las reformas, al tiempo que refuerza la hipótesis de que el país no puede ni debe estar exento de la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, que a nivel internacional ha sido marco de justificación de épicas invasiones a países como Irak, Siria, Libia o Colombia, entre otros varios, poseedores de riquezas naturales.

    En el terreno de la batalla contra la corrupción el proceso de judicialización de la política (lawfare), actúa como marco de justificación para inhabilitar el crecimiento de la imagen pública de cuadros “desobedientes” a sus intereses económicos, al mando del sistema institucional político de dominación. Causas judiciales (muchas veces ficticias), son fogoneadas e irradiadas millones de veces, a través de plataformas digitales y virtuales controladas por las corporaciones de la comunicación y las redes. El caso Lula da Silva, en Brasil y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, son ejemplos de ello.

    La intervención en sindicatos, el hostigamiento en universidades, la presencia de gendarmes en las rutas y fronteras, la represión de protestas en todo el territorio nacional haciendo uso del protocolo antipiquete, fueron construyendo la imposición de un progresivo “estado policial” para lograr el “disciplinamiento” social.

    La expresión más extrema, ha sido la desaparición física de Santiago Maldonado en agosto de 2017, en el marco de la lucha del pueblo mapuche por recuperar sus territorios, en manos de la empresa Benetton. La categoría de terroristas, separatistas, asignada para este pueblo ha permitido justificar también el asesinato por parte de la policía, en el marco de una manifestación a otro joven perteneciente a la comunidad, Rafael Nahuel.

    La detención por corrupción, hace tres años, de la dirigente popular Milagro Sala en el norte del País y la reciente detención del dirigente de la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular de Argentina) Juan Grabois, en una manifestación contra la arbitrariedad del uso de la fuerza policial, son algunos ejemplos.

    Lobo suelto, ¿cordero atado?

    En menos de veinte años de comenzado el siglo, Latinoamérica ha sido tratada como un rebaño domesticable, encerrada primero en un “corralito financiero” y ahora en un “corralito militar”, sumado al “cerco mediático” en el que ya vivimos hace rato.

    Ante esta situación amenazante, se hace necesario instalar en el debate, en la agenda política, en la lucha social, y en las acciones programáticas, que América Latina es un “territorio de paz”. A la ocupación militar hay que responder con ocupación social, multisectorial, organizada, colectiva y del pueblo.

    *            Investigadores argentinos del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

    1           https://www.infobae.com/politica/2018/06/06/como-es-el-plan-contra-el-narcotrafico-con-el-que-macri-quiere-sumar-a-los-gobernadores/

  • La geopolítica del fallo de La Haya

    La geopolítica del fallo de La Haya


    Por Rafael Bautista S.-.


    Esta lectura constituye una aplicación analítico-coyuntural de lo que hemos denominado una “geopolítica de la liberación”. La geopolítica ya no puede ser más patrimonio de los imperios de turno sino que ahora se nos presenta como el ineludible desmontaje des-colonial del sistema de categorías que sustenta la cosmogonía del sistema-mundo moderno y su cosmovisión imperial centro-periferia. Lo que ponemos a consideración es una lectura crítica de lo que ya habíamos indicado el 2013 [1], acorde ahora a la situación en que nos deja el fallo de La Haya.

    Esto requiere de la evaluación crítica de nuestras propias expectativas y ahora de las opciones que nos quedan. Entonces, de lo que se trata, es de mostrar los límites de la sustentación de derecho débil que tenía la posición boliviana ante la Corte; debida no sólo a un cándido optimismo legalista que es ciego de los supuestos liberales del derecho internacional, sino también a lo que habíamos señalado [2] como la ausencia imperdonable de lectura geopolítica en la demanda de reivindicación marítima.

    Generalmente se olvida que el neoliberalismo no es sino una radicalización del liberalismo mismo, esto quiere decir que, si el neoliberalismo puede no sólo redefinir la economía sino la política y hasta el derecho, esto puede hacerlo porque esto no va en contra de los credos liberales sino que, lo que hace, es adecuarlos a las exigencias exponenciales del capital. Por eso, con el derecho neoliberal, los Estados dejan de ser sujetos del derecho internacional y son las transnacionales las que usurpan esa condición. Ese diagnóstico podía tasar de mejor modo los compromisos que implicaba un fallo jurídico de semejante magnitud; por eso, recurrir a una instancia anacrónica al orden tripolar actual (con un equilibrio global en disputa), tenía que constituirse en táctica pero nunca en la estrategia misma. Veamos el proceder de la CIJ.

    En primer lugar, resulta contraproducente que la Corte admita competencia en la demanda, para después desentenderse del asunto mismo. Porque si la CIJ no cumple con sus prerrogativas de contribuir a la solución de diferendos entre países, entonces es la propia Corte la que se excusa de su propia responsabilidad de administrar justicia, dejando a la parte más afectada en la incómoda situación de quedarse con la verdad histórica, pero no saber qué hacer con ella.

    ¿Qué proceder muestra la CIJ con su fallo? El mismo que funda las expectativas de todo derecho liberal: la interpretación formalista de los hechos; esto significa legalismo, donde la letra muerta decide el proceder legal del dictamen, porque ¿dónde se ha visto que el usurpador admita, por escrito, sus obligaciones de reparación histórica? Si los jueces querían ver la obligatoriedad como admisión rubricada del propio Estado chileno, jamás iban a encontrar aquello en ningún documento. Lo que hace el fallo es típico derecho positivo.

    Si primero admiten competencia es porque encuentran materia procesal y, si es así, entonces su tarea consiste en develar lo que la letra muerta no dice pero asume: el tema pendiente, o sea, la reparación obligada de una usurpación de hecho, o sea, la obligatoriedad que se asume implícitamente al sentarse a una mesa de negociación; cosa que Chile siempre hizo, no para reparar nada sino para aprovecharse siempre de las necesidades nuestras.
    Toda la institucionalidad jurídica global es parida por el dólar y está diseñada para darle forma legal a todo el despojo que pretende el capital transnacional. Entrar a ese juego significa constituirse en deudor de ese culto. En ese sentido, puede que hasta sea mejor que la CIJ haya fallado a favor de Chile. En tal caso, el fallo de la Corte nos otorga, sin proponérselo, una ganancia nada despreciable: la estatura moral para denunciar ante el mundo el irracional uso del derecho internacional, porque consagra el derecho del vencedor, un derecho que sólo puede otorgarlo la fuerza, no la razón.

    La sustancia del derecho moderno-liberal guarda esa maldición. Si nos preguntamos dónde nace el derecho moderno, nuestra mirada debe dirigirse a la conquista del Nuevo Mundo. En las Conferencias de Valladolid, de 1550, Ginés de Sepúlveda aduce argumentos de “derecho natural” para declarar que el indio no es víctima sino “inferior”; es decir, el argumento para beatificar la conquista es de derecho y funda jurisprudencia. El derecho que concede la conquista funda el factum que admite el derecho liberal como su propia sustancia jurídica. Por eso el factum del derecho liberal no es sino la conculcación del derecho mismo. La injusticia misma se hace legal.

    Por eso la ley está podrida en todo lado. Esta historia es lo que precisamente encubre la formalización del derecho moderno-liberal. Por eso se entendía la amonestación chilena: la Corte, en el caso de un fallo favorable a Bolivia sentaba un “peligroso antecedente” y esto significaba, ni más ni menos, que los jueces No podían ir en contra del fundamento del derecho liberal; porque se trata siempre del derecho que impone el vencedor. La historia de las categorías jurídicas modernas, como el ius gentium (derecho de gentes) y el ius peregrinandi (derecho internacional), son la formalización de una jurisprudencia que admite la apropiación ilegitima como sustancia legal que legitima al orden moderno-liberal instituido.

    Por eso la ley moderna sirve al rico y al poderoso y funda una jurisprudencia que hace del despojo lo que, desde Hegel, se conoce como determinación positiva de la libertad individualen cuanto apropiación; es decir, en el mundo moderno, la propiedad privada (de individuos y hasta naciones) es la sustancia del derecho. De ese modo, el derecho consagra esa libertad, porque es la base del derecho y esta libertad consiste en la apropiación de algo común que aparece, por mediación del derecho, “con dueño”; por eso la apropiación es, en realidad, una privación que sienta base jurídica y, a la luz del derecho internacional, eso es lo que aparece como legal.

    Por eso se comprenderá que Bolivia siempre iría a perder por esas vías ante Chile, porque la letra muerta, que es la única materia jurídica que admite la Corte, es la legitimación jurídica de una cesión hecha, en su origen, por la fuerza. De tal modo que acudir a los tribunales es ya una aceptación de facto del derecho que impone el vencedor y que se debe, por esa aceptación, obedecer. La propia ley produce esta trampa.

    Ahora bien, ¿qué hay detrás de ese fallo que no cabía ni en el más pesimista de los escenarios? La crítica jurídica que hemos hecho es geopolítica, porque el fundamento del derecho internacional responde a equilibrios de poder que delimitan la materia misma de la cosa juzgada; los fallos no son indiferentes a cartografías conceptuales que contienen jerarquías naturalizadas y, si se presentan de modo abstracto, en cuanto derecho positivo, es sólo para no delatar una connivencia hasta acostumbrada con los poderes fácticos.

    Ésta nuestra interpretación parte de un principio: los propósitos de la invasión al litoral no fueron meramente comerciales o económicos; fueron en realidad razones geopolíticas las que sostienen la política de Estado chilena, en lo referente al Litoral boliviano. El Estado chileno sólo podía apostar a la invasión de 1879 si aquello significaba a largo plazo asegurar su importancia estratégica. Por eso señalábamos el 2013 que, si una apelación a instancias jurídicas como la CIJ, adolece del componente geopolítico, estaba condenada al fracaso.

    En un orden mundial en decadencia, sucede que sus instituciones se vuelven anacrónicas, esto significa que las razones que pesan en todos sus fallos pasan necesariamente por calcular las consecuencias de estos y no comprometer su propia sobrevivencia. El Estado chileno, con su usual prepotencia, ya había advertido con desconocer el fallo, pues de principio sostuvo la no competencia de la Corte en este asunto.

    Esa amenaza marcaba el principio realidad para una Corte cuya decisión, de ser contravenida, generaba la posibilidad de ser burlada y esto significaba ratificar su propia incompetencia en asuntos de controversia bilateral. Entonces la CIJ se lava las manos como Pilato, porque sabe que no tiene, en los hechos, potestad vinculante. Implicarse en tales asuntos, ya no tiene sentido en un mundo donde, por ejemplo, EE.UU. se burla del derecho internacional y las potencias occidentales lo usan para destruir países enteros. En tal caso, los fallos de la CIJ sólo tendrían competencia moral pero, las consecuencias de esos fallos, en medio de un dramático des-orden mundial, no pueden socavar su propia institucionalidad; porque además su garante real no es la justicia sino los poderes fácticos (a los cuales debe su permanencia), aunque se hallen en decadencia.

    En tal contexto, el conflicto marítimo Chile-Bolivia, se inscribía en la disputa de hegemonía global entre EE.UU. y China, es decir, entre Occidente y el Club de Shanghái, donde también está la nueva potencia militar y energética: Rusia. El tren bioceánico no le conviene a la geoeconomía del dólar, que está representado en Sudamérica por la “Alianza del Pacífico”, del cual Chile forma parte. El fallo de La Haya se constituye en una advertencia del dólar contra los Estados que se atrevan a escoger nuevos socios con otras monedas.

    La cosmogonía del dólar hace que la CIJ se incline por el universo de los prejuicios occidentales que representa Chile en estos lados. Porque los capitales globales se encuentran en plena guerra financiera contra toda otra moneda que pretenda rediseñar la imagen del mundo que tenemos. Ese contexto ponía en aprietos a la CIJ que, como toda institución global, es sensible al equilibrio de poderes y, en ello, optó, como siempre, en sacrificar al débil antes de enfrentarse a sus garantes: los poderos fácticos.

    En consecuencia, el sustento histórico-político que fundamentaba jurídicamente la apelación boliviana, sin esta contextualización que le podía brindar una lectura geopolítica de la coyuntura global, se quedaba con la verdad discursiva pero sin posibilidades de persuasión estratégica. Sin lectura geopolítica, la demanda boliviana no sabía en qué mundo se encontraba ni a quién arrimarse para equilibrar una situación adversa. Por eso, no se trata sólo de querellarse contra el Imperio, sino de plantearse una política de liberación de la dependencia estructural, para actuar en la arena global de modo soberano.

    En ese sentido, la demanda marítima fue desaprovechada y ya no se nos presentaba como la mejor forma de diseñar ya no una lectura geopolítica clásica sino de redefinir la geopolítica misma. De eso trataría una “geopolítica de la liberación”: de tematizar, de modo multidimensional e hipercomplejo, las posibilidades de irradiación estratégica del poder popular. Sólo de ese modo una lectura geopolítica des-colonial estaría en condiciones de dar razón ya no sólo de un mundo multipolar sino, lo que más interesaría a los pueblos: de un nuevo orden mundial basado en la cero-polaridad (donde ninguna potencia tenga poder de decisión al margen de los pueblos).

    En la invasión al Litoral boliviano Chile también se jugaba su sobrevivencia como Estado. Y su sobrevivencia pasaba por reducirnos a garantes de su desarrollo. Por eso se proponen vivir a costa nuestra y todos los tratados que hizo firmar a la oligarquía antinacional boliviana no hicieron más que ratificar ese propósito geopolítico del Estado chileno. Nos tenían que encerrar, enclaustrar, para que Chile, o sea, su burguesía, las 7 familias, se abran al mundo. ¿Cómo podemos revertir aquello?

    Nuestra propuesta ha sido siempre responder geopolíticamente al enclaustramiento marítimo. Una política de Estado debiera consolidar, a largo plazo, un corredor geoeconómico de irradiación al pacífico (adonde se está desplazando la economía del siglo XXI, con la nueva “Ruta de la Seda”), basado en la conexión geocultural entre el sur del Perú, el occidente boliviano y el norte de la Argentina. Porque en toda reconfiguración del tablero geopolítico, de lo que se trata es de ingresar, en las mejores condiciones, en la nueva cartografía global. Entonces, el tren bioceánico, por ejemplo, debiera ser visto como un recurso geoestratégico que nos libere definitivamente de la dependencia de los puertos chilenos.

    El norte chileno vive gracias al comercio boliviano. La política arancelaria con Chile debe redefinirse para promover la industria nacional y desplazar las mercancías chilenas del mercado boliviano. Con el Perú (sobre todo el sur) nos une la cultura y la lengua, y una estrategia integradora conviene a ambos.

    ¿Por qué el pacífico? Porque es nuestra conexión natural. Somos culturas que miran al Oriente, no al Occidente. Éste tiene apenas 5 siglos. Nuestra conexión al pacífico tiene milenios. ¿Por qué sucede el enclaustramiento en nuestra propia idiosincrasia, es decir, en nuestra propia subjetividad?, porque se cierra nuestra apertura natural al mundo.

    ¿Cómo hacer que el exitismo chileno se convierta en su triunfo pírrico? Si las instancias jurídicas no pueden siquiera persuadir al Estado chileno a actuar de buena fe con nuestra demanda marítima, entonces geopolíticamente debemos liberarnos de toda prerrogativa chilena, comenzando con mermar su importancia en nuestro comercio, dejando de alimentar a la economía chilena y apostar definitivamente a salir al pacifico vía Perú.

    Esto no significa renunciar al Litoral sino sentar las condiciones para que sea Chile quien requiera de nuestro comercio para no deprimir su economía y sean ellos quienes toquen nuestras puertas y nos soliciten nuevos tratados. Entonces podríamos negociar soberanamente. Esto ya lo hemos expuesto el 2013: “si toda apuesta boliviana fracasa, es porque nunca se generó las condiciones para remontar la dependencia, de modo que se pueda tener márgenes soberanos de negociación.

    No es lo mismo negociar suplicando favores que reclamando deudas” [3]. Suplicar es lo que siempre hizo la oligarquía boliviana, hasta la presidencia de Carlos Mesa.
    Pero sólo se reclama soberanamente una deuda cuando ya no hay dependencia de por medio. El óptimo nacional sólo sería decisivo si asume que nuestro consumo no puede significar nuestro despotenciamiento nacional, favoreciendo siempre al enemigo. Por eso la salida al enclaustramiento es, más que todo, subjetiva, porque se trata de nuestra propia dignificación como pueblo y como nación. Y esto empieza por empezar a consumir lo nuestro, impulsando la producción nacional para potenciar nuestra cultura. Salir del enclaustramiento marítimo es, en realidad, salir del enclaustramiento mental.

    Gran parte de la diplomacia boliviana se “formó” en universidades chilenas, por eso siempre patrocinó acuerdos a favor del enemigo; no le quedaba otra porque, una vez naturalizada la dependencia, la dominación constituye una religiosidad donde el enemigo se hace dios y puede imponer su derecho como mandato divino. Ese es su triunfo acabado. El señorialismo boliviano padece de esa tragedia. Por eso es antinacional y ahora se constituye en oposición y festeja el fallo de La Haya haciendo coro a la arrogancia chilena.


    1 Hacia una geopolítica del mar II, en: www.alainet.org/es/active/63317
    2 Hacia una geopolítica del mar, en: www.rebelion.org/noticia.php?id=164053
    3 Cfr. Bautista S., Rafael: La geopolítica y el derecho al mar, rincón ediciones, La Paz, 2013, p. 23.


  • La geopolítica del mar, antes y después de La haya

    La geopolítica del mar, antes y después de La haya


    Por Hugo Moldiz Mercado-.


    A contrarruta de un “Chile oficial” nervioso que lanza mensajes de “chantaje emocional”, Bolivia se dispone a llevar adelante la segunda fase de una estrategia que ha resultado victoriosa por su capacidad de generar un “sentido común” en toda la población y por calcular los efectos del fallo desde una perspectiva que combina lo nacional y lo geopolítico al mismo tiempo.


    No hay día que no llegue. En la mañana de este lunes 1 de octubre se conocerá el fallo de la Corte Internacional de Justicia a la demanda interpuesta por Bolivia para que Chile esté obligado a dialogar con el Estado Plurinacional la búsqueda de una salida soberana el Pacífico. Nadie duda que esta estrategia formulada por el presidente Evo Morales se consagre victoriosa y que la puesta en marcha de la segunda fase de la estrategia para un escenario post Haya tenga resultados igualmente favorables.

    Bolivia se muestra firme, mientras Chile no pude ocultar su preocupación. Las autoridades del vecino país están tergiversando la esencia de la demanda boliviana al decir que Evo Morales no podrá cumplir con su promesa al pueblo boliviano, cuando el eje de la demanda es obligar a la apertura de un espacio de diálogo para encontrar una salida al Pacífico. Incluso están lanzando algunas señales de “chantaje emocional” al insinuar que el actual presidente boliviano no es el interlocutor válido para negociar y que hay que esperar el resultado de las elecciones de 2019.

    Lo que no calculan los círculos de poder chilenos que esa campaña de desinformación o de chantaje emocional para un escenario post Haya, más bien fortalece la figura del presidente Evo Morales ante la mayor parte de la población y en la comunidad internacional.

    Varios son los hitos de este proceso ventilado en La Haya. Tomar la decisión de presentar la demanda es uno de ellos, quizá el principal, pues vacilaciones y relaciones históricas de la clase dominante boliviana con la clase dominante chilena nunca permitieron si quiera pensar en interponer una demanda de esta naturaleza. Y un segundo hito fue la decisión de los magistrados de la CIJ de rechazar la objeción preliminar presentada por Chile, el 24 de septiembre de 2015, con el sólido argumento de que la demanda boliviana no afectaba la vigencia del tratado de 1904, lo cual ya explicaba la justeza de la causa boliviana, pero también de cierta modificación parcial del tablero geopolítico en la región -como parte de los cambios en curso en la geopolítica del poder global-, y el papel que Bolivia ha empezado a jugar en el plano internacional.

    Esta primera aproximación, formulada a manera de hipótesis, no pretende pecar de surrealista al expresar un peligroso exitismo ni un adelantado triunfalismo, pero si busca explicar que, si Bolivia no fuera otra respecto de la que heredó Evo Morales en enero de 2006, difícilmente los contundentes argumentos presentados ante La Haya hubieran tenido el peso que evidentemente tuvieron al momento de la reflexión técnico-jurídica de los miembros la Corte. Es decir, así como el Che sostuviera en Punta del Este que la economía no estaba separada de la política, podemos decir que tampoco lo jurídico está separado de lo político.

    El alcance geopolítico de la posición boliviana se sintetiza en cuatro declaraciones del presidente Evo Morales en momentos distintos:

    La primera el 15 de abril de 2013, cuando minutos después de entregar ante La Haya la Memoria Histórica que respalda la demanda marítima boliviana para ejercer su derecho soberano sobre el Pacífico afirmaba: “resolver este tema es parte de la integración y parte de la justicia en América Latina y el Caribe”.

    La segunda, el 24 de septiembre de 2015 en la Plaza Murillo, pocas horas después de conocerse la admisión de la demanda en La Haya, el Jefe de Estado sostuvo que la causa boliviana es parte de la agenda pendiente de América Latina e inmediatamente hizo referencia a la necesidad de levantar el bloqueo contra Cuba, de devolverle a la Argentina soberanía sobre Las Malvinas y apuntalar el paso decisivo que se dio para solucionar el conflicto armado en Colombia tras la firma de un acuerdo sobre justicia transicional entre el presidente Juan Manuel Santos y el líder de las FARC, Timoleón Jimenez.

    La tercera, el 23 de marzo de 2016, cuando en la Plaza Abaroa, donde cada año es una tradición celebrar el Día de la Reivindicación Marítima, Morales señaló que: «El mar de Bolivia será un mar para todos los pueblos del mundo y será un mar que nos una y no que nos divida».

    La cuarta, el viernes 2 de marzo de 2018, en un discurso en la ciudad de El Alto, el presidente del Estado Plurinacional sostuvo que intelectuales y algunas autoridades chilenas “están con la demanda marítima”, ya que “dicen mar para Bolivia, pero mar para Chile también con soberanía”. Las palabras de Morales fueron dichas en un contexto de crítica a la privatización del mar de parte del Estado chileno.

    Una segunda aproximación es que para definir a un Estado como “jugador estratégico” o por su situación geográfica como “pivote” en el tablero geopolítico, según se desprende de los aportes de Zbigniew Brzezinski –asesor de Carter y Obama en asuntos internacionales-, no solo hay que tener en cuenta la voluntad y la capacidad de ejercer hegemonía en la región o el mundo, sino también juega un papel importante la capacidad de dirección y liderazgo. No hay duda de que Bolivia es un país instalado en la vitrina mundial desde que Evo Morales es su presidente y su incidencia en la región es mayor.

    Las cuatro declaraciones de Morales y las dos aproximaciones realizadas, dan cuenta, a manera de síntesis, de la profundidad de los movimientos geopolíticos que concibe y despliega el jefe del Estado Plurinacional, quien nunca termina de sorprender por las grandes iniciativas que toma desde una perspectiva de los intereses de Bolivia y de América Latina.

    Cuatro razones geopolíticas

    Desde la perspectiva de Bolivia, hay al menos tres razones geopolíticas muy grandes que fundamentan los pasos dados por el Estado Plurinacional:

    La primera razón es que rebate la teoría de que la guerra da derechos, más aún cuando en realidad se ha tratado de una ocupación militar de una parte de nuestro territorio en medio de un estado débil (aparente) y una clase dominantes bastante débil e incapaz de sentar y defender la soberanía. Por el contrario, pone sobre la mesa el derecho de Bolivia –reconocido por distintos gobiernos chilenos a través de una serie de compromisos antes y después del Tratado de 1904- a tener una salida soberana al mar.

    La segunda razón es que apunta a desmontar los dispositivos coloniales instalados en la narrativa de la historia del vencedor y en la propia conciencia del país y sus pueblos colonizados. Resignifica, como sucede en todo lo que está haciendo la revolución boliviana, la auto estima individual y colectiva de los hombres y mujeres que aceptaban pasivamente, a pesar de las nostalgias de cada 23 de marzo, ese pasaje de nuestra historia –la pérdida de la cualidad marítima- como un producto del “orden natural” de esta parte del mundo. Cuestiona esa narrativa y construye otra cargada de episodios de resistencia histórica y simbólica que nunca dejaron de desarrollarse.

    Evo Morales cuestiona esa historia oficial. Como lo está haciendo en todos los niveles de la realidad, el jefe del Estado Plurinacional y del proceso de cambio lo que hace es negar esa vieja historiografía que legitimaba el poder del colonizador interno y externo, y parafraseando a Marx pone de pie a lo que se suponía echado e inmóvil.

    La tercera razón es que, ejerciendo su derecho soberano sobre el Pacífico, Bolivia experimentará un mejor crecimiento de su economía –más de lo que ha logrado desde 2006- y una mayor sostenibilidad en el tiempo. No cabe duda que los resultados del exitoso modelo económico social comunitario que se desarrolla desde hace doce años –con reservas internacionales que han pasado de 1.700 millones de dólares a más de 15.000 millones, un nivel de ahorros en cantidad similar a las reservas y el PIB triplicado-, en el escenario más pesimista se duplicarían. Con un fallo favorable y negociada una salida al mar –para lo cual se hará necesaria una nueva estrategia-, ese modelo que genera excedentes y los redistribuye a través de distintos mecanismos y políticas sociales a favor del pueblo, se consolidará.

    «En los últimos 10 años la economía boliviana ha crecido en promedio un 5 %, aun en tiempos de caída de los precios de materias primas a nivel mundial. La economía boliviana en 2015 incluso mantiene un ritmo de crecimiento del 5 %, eso significa que en 8 años hemos triplicado el producto interno bruto», expresó el vicepresidente Álvaro García Linera el 2 de julio de 2016 en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Chile. Con salida soberana al Pacífico, Bolivia registraría un crecimiento en comparación con su PIB, en las actuales circunstancias, de no menos del 7 por ciento anual, lo que colocaría a un ritmo de expansión de la economía incluso por encima de la China, Nepal, Tanzania, Corea del Sur e India, con economías de rápido crecimiento.

    Pero el segundo hombre de Bolivia no se queda ahí. «En 2005 la economía chilena era catorce veces más grande que la boliviana; ahora mide ocho. Y el 2020 debe ser sólo cuatro veces más grande. Y el 2025 deberíamos estar iguales o máximo uno a dos», sostuvo en octubre de 2015 en una entrevista publicada por el diario chileno La Tercera.

    Las razones de la aseveración política no son infundadas. En 2005, el PIB de Bolivia no superaba los 9.000 millones de dólares y el de Chile llegaba a los 123 mil millones. Diez años después, el PIB de Bolivia se ha más que triplicado (33.000 millones dólares y el chileno apenas se ha duplicado.

    La cuarta razón es que Bolivia estará en condiciones de mostrar al mundo no solo que es necesario construir un orden social distinto al capitalista si se quiere salvar a la humanidad y el planeta, sino que es posible. Los resultados de su proyecto emprendido en 2006 nuevamente juegan a favor. En Chile el modelo neoliberal que empezó a aplicarse desde la dictadura de Augusto Pinochet registra un mayor crecimiento de la desigualdad social y una privatización de los servicios básicos, además de la salud y la educación, mientras en Bolivia hay una tendencia a la caída de la desigualdad social y un reconocimiento de que los servicios básicos como el agua son derecho humano.

    Desde Nuestra América

    Desde una perspectiva más latinoamericanista, una resolución favorable a la demanda boliviana y la inmediata aplicación de una estrategia posfallo, a la que se la llama PosHaya, también favorable, registraría efectos altamente positivos y que a vuelo de pájaro hacemos alguna referencia bastante resumida:

    En primer lugar, restablecería y resignificaría, en condiciones favorables y distintas al siglo XX, la teoría geográfica de la integración. Bolivia está ubicada en el corazón de Sudamérica y esa su condición le asigna un papel estratégico al momento de unir al Pacífico y el Atlántico, pero, además, como sostuvieran varios estudiosos militares en la década de los 30 del siglo pasado, de ser un puente entre Los Andes y la Amazonía. La recuperación de su cualidad marítima no solo le es favorable a Bolivia, sino que aporta a una reconfiguración del escenario sudamericano en términos de mayor equilibrio entre todos los estados y pueblos. Así MERCOSUR y la CAN no necesitan antagonizarse sino más complementarse y la UNASUR –si Brasil, Colombia y Argentina no la matan- no tendría otro destino que la consolidación.

    En la misma dirección camina el ambicioso proyecto de Morales de construir una el Corredor Bioceánico de la Integración (CBI), que unirá al Atlántico con el Pacífico y que cuenta con el respaldo de Brasil, Perú, Argentina, Paraguay y Uruguay. Con una inversión de más de 14.000 millones de dólares, el corredor bioceánico también espera contar con la participación de Chile, con lo que Bolivia –con salida al mar y por vía del ferrocarril, sin descuidar la terrestre- reforzaría de ser la economía más importante de la región.

    Lo que se está diciendo es que este país pequeño, enclavado en el corazón de Sudamérica, es un actor fundamental para la integración de la subregión en términos distintos a los dictados por el capital transnacional y los Estados Unidos. Es un papel del que se habla poco, pero que muchos no ignoran.

    En segundo lugar, destrabaría uno de los obstáculos más grandes a los procesos de integración basados en los intereses de los Estados y los pueblos, y no en la exclusiva lógica del capital. El enclaustramiento marítimo boliviano, entorpece una relación de plena igualdad política entre los estados y los pueblos, y favorece al dominio imperial. No puede hablarse de integración plena con un país condenado al encierro por decisión del capital a través de una forma militar-estatal. Eso ya no es posible.

    En tercer lugar, la resolución favorable de la demanda boliviana no solo reparará las injusticias cometidas contra Bolivia durante más de un siglo, sino que abriría las compuertas para que América Latina avance con fuerza y decisión hacia el cumplimiento de la agenda de los siglos XIX y XX que nos interesa a todos: Malvinas para Argentina, la superación de la condición colonial de Puerto Rico, la devolución de la base militar de Guantánamo a Cuba y el cese inmediato del bloqueo. No es que la madeja corra por efecto automático, pero sin duda aportará a ampliar una subjetividad favorable –más de lo que ya existe- para que América Latina sea ejemplo de integración, soberanía y cooperación. El cumplimiento de la “agenda del siglo XIX y XX” que arrastra América Latina es una condición para avanzar hacia la implementación de la “Agenda de la Patria Grande del siglo XXI”.

    En síntesis, Bolivia es vital en este tercer momento emancipador de América Latina. La recuperación de su cualidad marítima aumentará su gravitación con propósitos latinoamericanistas. Por eso, no solo son las transnacionales las que estarán atentas al carácter del fallo de La Haya, sino el imperialismo, al que el presidente chileno Sebastián Piñera ha acudido días antes de que se conozca el fallo de la Corte Internacional de Justicia.

  • ¿Qué provoca una guerra?


    Por Carlos Moldiz **


    Philip Le Billon, en The political Ecology of War afirma, por otra parte, que aquellos Estados ricos en recursos naturales son más proclives a sufrir conflictos armados de carácter civil así como también inter-estatal. Como dijimos, la Amazonía es una región rebosante al extremo de todo tipo de recursos naturales que la hacen vulnerable a convertirse en escenario de futuras disputas geopolíticas y de otros tipos.


    La historia política de la Amazonía es conflictiva hasta la era contemporánea y se puede afirmar que aún hoy es el escenario de diferentes tipos de conflictos y tensiones geopolíticas, aunque ya no solamente desde la acción de actores estatales. Si bien los primeros antagonismos se dieron entre imperios y Estados, ahora también involucran a otro tipo de sujetos, como grupos armados irregulares así como a diferentes ramas del crimen organizado, particularmente el narcotráfico.

    Paul R. Hensel y Michael E. Allison, en su investigación The Colonial Legacy and Border Stability: Uti Possidetis and Territorial Claims in the Americas, apuntan que fronteras con un legado colonial son mucho menos estables que aquellas sin ese pasado y mucho más si las mismas fueron controladas por diferentes imperios. Esto parecería confirmarse, sobre todo tomando en cuenta que la actual distribución territorial entre los países amazónicos responde a jugadas previas hechas por portugueses contra españoles. No obstante, como veremos más adelante, las guerras entre Estados amazónicos no se dieron necesariamente por demarcaciones fronterizas, que mas bien fueron definidas por una gran cantidad de tratados, es decir, por la vía diplomática.

    Philip Le Billon, en The political Ecology of War afirma, por otra parte, que aquellos Estados ricos en recursos naturales son más proclives a sufrir conflictos armados de carácter civil así como también inter-estatal. Como dijimos, la Amazonía es una región rebosante al extremo de todo tipo de recursos naturales que la hacen vulnerable a convertirse en escenario de futuras disputas geopolíticas y de otros tipos. Y como veremos, las principales guerras entre Estados amazónicos se dan en consonancia con el boom de ciertas materias primas en el mercado mundial.

    Primer período de conflictividad (1494 -1777)

    Es una tierra codiciada, como dijimos. Tan tempranamente como 1494, sólo unos años después de que se iniciara el proceso de colonización de nuestro continente, portugueses y españoles ya establecían sus respectivas áreas de influencia mediante el Tratado de Tordesillas, que fue ignorado por los primeros, que se extendieron desde una pequeña porción del noreste hasta ocupar, actualmente, cerca del 50% del territorio sudamericano.

    Al Tratado de Tordesillas le siguió el infructuoso Tratado de Madrid en 1759, que pone en práctica el principio de Uti Possidetis en un contexto donde ahora también se contaba con la presencia de los reinos de Gran Bretaña, Francia y Holanda, atraídos por las prometedoras tierras amazónicas y caribeñas para producir algodón, azúcar y café mientras iniciaban otra grande y sombría rama del comercio de aquellos tiempos: la trata de esclavos.

    El Tratado no fue respetado por los bandeirantes portugueses, quienes se encontraban en busca de oro y nuevas tierras; en 1763 se firma el Tratado de Paris, que nuevamente es dejado de lado, hasta el definitivo Tratado de San Idelfonso, de 1777, firmado y aplicado cuando los portugueses ya habían logrado extender su espacio efectivo hacia el sur hasta marcar las fronteras de una gran parte de lo que corresponde actualmente a la República Federativa de Brasil.

    Segundo período de conflictividad (1826 – 1920)

    Como es sabido, la lucha por determinar qué parte de la Amazonía y sus recursos le corresponden a qué sujeto se intensifica durante el siglo XIX, en consonancia con el establecimiento de soberanías efectivas de los Estados del modelo westfaliano recién independizados.

    Es llamativo, sin embargo, que la delimitación de fronteras entre los países de la Amazonía no se dé principalmente por medio de guerras, sino por la firma de tratados donde Brasil “legaliza” efectivamente lo que ocupó en los hechos, tal como afirmaba Barón Del Río Branco, uno de los exponentes más influyentes de la geopolítica del Brasil

    Así, Brasil firma Tratados con todos sus vecinos hasta finales del siglo XX, que consolidan su dominio sobre lo que actualmente constituye su territorio. Durante aquella etapa destaca la guerra entre la Gran Colombia y Perú en 1828 y 1829, antes de que Ecuador y Venezuela se separaran definitivamente de aquel territorio fundado por Bolívar.

    Una vez independizado Ecuador, se desata una guerra entre este país y Nueva Granada, por la soberanía de las tres provincias amazónicas de Pasto, Popayán y Buenaventura en 1832. Luego del Fracaso de la Confederación Perú – Boliviana ambos países entran en guerra entre 1831 y 1848, hasta que José Ballivián logra ingresar hasta Lima y se firma un Tratado en base al principio del Uti Possidetis.

    Perú y Colombia no llegan a entrar en guerra hasta el siguiente siglo, pero si se dan escaramuzas y conflictos aislados entre estos países por la región del río Putumayo, impulsadas por la extracción de caucho y goma un par de décadas antes de que dichos recursos entraran en auge por la industria del automóvil.

    En realidad, la definición de las fronteras entre estos países amazónicos y sobre todo entre ellos y Brasil no concluye hasta finales del siglo XX. No obstante, es notable la ausencia de guerras en un sentido estricto hasta finales del siglo XIX. Es decir, aunque la delimitación fronteriza de estos Estados se extiende hasta casi nuestros días, en realidad, esta se dio sobre todo mediante mecanismos diplomáticos donde Brasil tuvo siempre la iniciativa.

    La conflictividad de este periodo, es por lo tanto, una de muy baja intensidad, donde los encuentros armados se producen sin la actuación directa de los ejércitos regulares entre países amazónicos sino entre poblaciones fronterizas que luego desembocan en la firma de tratados.

    Un nuevo periodo se inaugura con el auge de la goma en el mercado internacional. La Amazonía, rica en diferentes variedades de la especia Hevea, es arrastrada por la demanda de las industrias del calzado y el automóvil. Los diferentes Estados que conforman la región amazónica exploran sus propios bosques, colonizándolos. Colombia, Perú y Bolivia entran en conflicto con Brasil. Los mueve el deseo de control sobre territorios con abundantes ejemplares de hevea.

    La guerra más importante de este periodo es la Guerra del Acre, que involucra a Brasil y Bolivia y, hasta cierto punto, a Perú, y que culmina con la firma del Tratado de Petrópolis en 1903.

    Este Tratado oficializa la soberanía brasilera sobre una vasta parte de la Amazonía que comparte aún hoy con Perú y Bolivia. Esta triple frontera, donde actualmente se encuentra Bolpebra, no es el escenario del último conflicto amazónico.

    Tercer período de conflictividad (1920 – 1941)

    Le sigue la guerra Perú – Colombia por los territorios del Putumayo y el Trapecio Amazónico en 1932 y la Guerra Perú – Ecuador de 1941, que termina a favor de Perú.

    Acá existe una coincidencia entre los dos auges de la goma en el mercado mundial, 1880 – 1920 y 1938 – 1945, con las tres guerras mencionadas que involucran a Brasil, Bolivia, Perú, Colombia y Ecuador. Esto confirma, de alguna manera, la teoría expuesta por Le Billon respecto a la vulnerabilidad de Estados ricos en recursos naturales para sufrir diferentes tipos de conflicto.

    ¿Cuarto período?

    Aunque no se puede hablar de un cuarto periodo de “conflictividad geopolítica” en la Amazonía, debido a que durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX no se dieron guerras entre estos Estados, se debe notar que la delimitación fronteriza entre Ecuador y Perú se da solo después de otra guerra entre ambos países tan tardíamente como 1995: la Guerra de Cenepa, que no es un conflicto formal pero si uno muy intenso y concluye en 1998 con la actual delimitación territorial entre ambos países.

    Las dinámicas de conflictividad en el siglo XXI tienen aspectos novedosos que se diferencian de las guerras entre Estados. Actualmente existen en la Amazonía otro tipo de sujetos, y focos de conflictividad de media y alta intensidad como los provocados por grupos armados irregulares, como lo eran Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), o grupos del crimen organizado relacionados a diferentes actividades económicas ilícitas, donde sobresale el narcotráfico.

    La región amazónica, más allá de algunos momentos y lugares precisos, nunca fue una región totalmente pacífica. La historia de los bosques nunca lo es. Hoy en día ese inmenso territorio se encuentra plenamente incorporado al mercado mundial, a través de diferentes tipos de industrias e iniciativas. Nunca antes se le había puesto tanta atención como lo hacemos ahora.


    *            Extracto de la monografía “Áreas estratégicas de la Amazonia globalizada”

    **          Cientista político


     

  • Chau Unasur, adiós a la paz, ¿Sudamérica será zona de guerra?


    Por Aram Aharonian-.


    La gira de Mattis por América Latina  busca resaltar los vínculos de Washington con lo que considera su patio trasero, según destaca un comunicado del Pentágono, pese a que EEUU no ofreció todavía ninguna agenda positiva de cooperación.  Las alianzas panamericanas han sido punto focal de las visitas a la región, este mismo año, del exsecretario de Estado Rex Tillerson, su sucesor Mike Pompeo y del vicepresidente Mike Pence.

    El ministro brasileño de Defensa, Joaquim Silva e Luna, dijo que entendió bien lo que quiso decir Mattis, “pero eso es una disputa comercial en todo el mundo; hay una gran reorganización en todo el mundo, en Asia, en la Unión Europea, es una disputa de mercado” y señaló que es posible que Brasil se beneficie de una guerra comercial entre EEUU y China.  Según Mattis, su país apoya “decisiones soberanas  de estados soberanos, pero advirtió de “invasiones de otros países. El libreto pareciera convertir a Latinoamérica en un campo del juego geopolítico estadounidense.

    Otra preocupación del mandamás del Pentágono es la reunión en Argentina del G-20, donde el anfitrión tiene responsabilidades en defensa y seguridad de los líderes del mundo “desarrollado”,  que permitan la asistencia de Donald Trump: cómo participar de manera discreta sin resentir las pasiones nacionales. La propuesta de Mattis fue la posible cesión  de equipos para un área específica; la prevención de ciberataques, con  “inhibidores” de circulación de drones.

    En los países visitados, Mattis auscultó la influencia y presencia en Sudamérica de dos rivales, China y Rusia. Y al respecto señaló que “hay más de una forma de perder la soberanía en este mundo. No es sólo por las bayonetas. Puede ser con países que llegan ofreciendo regalos, préstamos amplios que acumulan deudas masivas en otros países a sabiendas de que no podrán repagarlas, es lo que parecen ser los préstamos chinos a naciones como Venezuela y Filipinas”.

    La visita de Mattis a la región se produjo tras el encuentro del titular de la Armada estadounidense con sus pares de Argentina, Brasil y Chile en Cartagena, Colombia, en el marco de la 28 Conferencia Naval Interamericana que congregó a los jeraracas navales de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay.

    La fachada para imponer un bloqueo marítimo a Venezuela podría ser el eufemísticamente llamado ejercicio naval multinacional Unitas Lix-2018, del que Colombia será anfitriona en septiembre próximo, señala el analista mexicano-uruguayo Carlos Fazio.  El atentado contra el presidente Nicolás Maduro buscaba que el poder fuera transferido sin demora a las “autoridades civiles legítimas, miembros de la Asamblea Nacional” presidida por Julio Borges, tras “liberar” una zona del país e instalar allí un “gobierno paralelo” que ejerciera funciones de hecho, con el respaldo de Washington, sus socios de la OTAN y el Grupo de Lima.

    Hoy la producción de coca alcanza en Colombia niveles record, grupos armados ilegales luchan por territorios en los que el Estado tiene escasa o nula presencia y una oleada de 330 asesinatos de activistas sociales en los últimos meses, mostró que la paz sigue siendo un término relativo.  Si Iván Duque, el nuevo presidente -que quiere reformular el acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC que su antecesor Juan Manuel Santos se abstuvo de implementar-no logra llevar el Estado a las zonas rurales, hoy en manos de narcotraficantes y paramilitares (o no está interesado en ello), poco cambiará en Colombia, que registra al menos 260 mil muertos, 60 mil desaparecidos y más de siete millones de desplazados internos.

    ¿Fin de la zona de paz?

    La coordinación conservadora de varios presidentes suramericanos logró desmontar los más importantes avances de la integración de los países de América del Sur que conformaron la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) como bloque referente de las relaciones mundiales marcadas por la multipolaridad de potencias y de proyectos integracionistas regionales y declararon a la región como zona de paz.  La potencia económica y política de los gobiernos de Argentina y Brasil, respaldados por los presidentes de Perú, Chile, Colombia y Paraguay (el denominado Grupo de Lima), comenzó su tarea destructiva en abril pasado, cuando determinaron “suspender su participación” en el organismo

    Y el momento “adecuado” (la asunción de la presidencia pro-tempore de Bolivia) finalizó dos años de sigilosos movimientos de debilitamiento y parálisis de todos los proyectos integracionistas construidos al margen de la influencia y predomino de Estados Unidos: Mercosur, ALBA, CELAC y Unasur.

    Desmantelados los organismos de integración horizontal, vuelve el poder del panamericanismo monroista -América para los (norte)americanos-, dejando en pie a la Organización de Estados Americanos (OEA), bajo la tutela de Washington. Pero no logran consenso, porque Nicaragua, Venezuela y Bolivia, al menos, se oponen a la injerencia en asuntos internos de otros países. Y por eso, EEUU trata de desestabilizar sus gobiernos con todos los medios posibles,

    La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), creada en 2008, auspició el Consejo de Defensa Sudamericano, integrado por 12 países, que entre sus propósitos principales tuvo consolidar a la región como zona de paz y servir de contrapeso a los afanes intervencionistas del Pentágono en los ejércitos locales, con fines de alineamiento y adoctrinamiento.

    Pero la contraofensiva conservadora y del Comando Sur del Pentágono siguió adelamte. En mayo último, Juan Manuel Santos anunció que  Colombia – con siete bases estadounidenses en su territorio- se sumaba como “socio global” de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, máximo exponente de las intervenciones militares, abiertas y encubiertas, después de la guerra fría. Ahora Chile quiere seguir el mismo camino.

    Y ahora, de la mano del embajador de EEUU en Bogotá, Kevin Whitaker el nuevo presidente colombiano, Iván Duque, apadrinado por Álvaro Uribe, sindicado como genocida y unido al narcotráfico y el paramilitarismo, quiere ser protagonista del “Golpe Maestro”.  Este plan fue  diseñado por el almirante Kurt Tidd, jefe del Comando Sur, quien aspira a  que el gobierno bolivariano sea derrocado a través de una “operación militar bajo bandera internacional, patrocinada por la Conferencia de los Ejércitos Latinoamericanos, bajo la protección de la OEA”.

    Según se supo en el Congreso estadounidense, Duque tiene una estrategia para negociar con EEUU una dispensa para Colombia con los aranceles de importación del acero y el aluminio: manejar la guerra encubierta del Pentágono contra Venezuela, desde la frontera colombiana.  A inicios de julio y antes de asumir la presidencia, negoció en Washington con el vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado, Mike Pompeo, la directora de la Agencia Central de Inteligencia, Gina Haspel, el zar antidrogas James Carrol, y el asesor de Seguridad Nacional, el superhalcón John Bolton.

    A Pence, “preocupado” por la supuesta amenaza a Colombia de la “dictadura” de Maduro –como ya se lo había manifestado a Santos en su visita a Bogotá y en la reunión cuando la Cumbre de la OEA en Lima- le solicitó apoyo en materia militar, de inteligencia y seguridad.

    El 10 de agosto, tres días después de asumir la Presidencia, anunció el retiro “irreversible” de Colombia de Unasur y abogó por la aplicación de la Carta Democrática de la OEA contra Venezuela, tras prometer que llevaría a Maduro ante la Corte Penal Internacional, la misma “justicia” internacional, donde Uribe, está acusado por crímenes de lesa humanidad, y donde hacen cola los mexicanos Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

    Un día antes, en la sede de la cancillería colombiana en Bogotá, el nuevo ministro del exterior, Carlos Holmes Trujillo, se reunió con Julio Borges, sindicado como uno de los coautores intelectuales del frustrado magnicidio del presidente venezolano Nicolás Maduro, para expresarle el “apoyo incondicional” del gobierno de Duque para “rescatar la democracia y la legalidad en Venezuela”.

    Gustavo Álvarez Gardeazábal, al criticar las declaraciones de Duque en Washington, cuando afirmó que iba a liderar un bloque latinoamericano contra Maduro, en una nota titulada “¿A la guerra?’,  advertía que así un presidente no esté de acuerdo con la ideología de una nación, no puede comenzar a hacer declaraciones que vayan en contra del principio del respeto soberano.Y advertía que si la guerra llegase a suceder con el país hermano, Colombia perdería “pues Venezuela está mejor armada que nosotros”.

    La periodista María Jimena Duzán, en su última columna antes de que la amenazaran, recordaba las declaraciones del general retirado Leonardo Barrero (“Prepárense porque vuelve la guerra”) y se preguntaba cuál será el blanco principal de esta nueva guerra anunciada:  ¿los líderes sociales que están cayendo como moscas, los ocho millones de ciudadanos que votaron por Petro, los diez millones de personas que votaron por Duque y que aún creen en ‘pajaritos en el aire’?

    Paralelamente, desde junio está en Cúcuta y Maicao, poblaciones fronterizas con Venezuela, un contingente de “cascos Blancos” de la cancillería argentina. Gabriel Fucks, extitular de estos “contingentes de paz”, señaló que la misión en la frontera colombiano-venezolana, más que una acción de asistencia sanitaria, forma parte de una política de presión contra Venezuela.

    No es de extrañar que el gobierno de Mauricio Macri se haya sumado a los planes estadounidense-colombianos, dada su posición subordinada en la OEA. Macri, además,  aceptó desplegar en el territorio argentino una nueva red de bases militares estadounidenses: una en Neuquén, en el estratégico sur patagónico, cerca de la reserva gasífera de Vaca Muerta, financiada por el Comando Sur con “ayuda humanitaria” y dos en Tierra de Fuego, la de Tolhuin y la de Ushuaia.

    Un vasta frontera caliente

    La mayor parte de los problemas que se suscitaron históricamente y se siguen suscitando en extensa frontera común de más de 2.200 kilómetros, los genera la actitud del establishment colombiano, generando tensiones que en algunos casos han estado a punto de desencadenar conflictos de carácter bélico, a veces alegando presuntas reivindicaciones territoriales.

    Generar tensiones con Venezuela sirve para desviar la atención de la violencia de seis décadas en Colombia,  parte de la normalidad en ese país y que contrasta en las últimas dos décadas por la existencia de sistemas sociales, económicos y políticos contrapuestos. El mensaje de la conducción política colombiana y los medios de comunicación hegemónicos, no ha cambiado: su lenguaje es agresivo, belicoso, xenófobo y permanentemente amenazante.

    El periodista José Vicente Rangel, exvicepresidente y excanciller venezolano, señala que la provocación en política siempre ha estado en la base de cualquier aventura. Dos períodos constitucionales de Álvaro Uribe, dos de Juan Manuel Santos y el próximo de Iván Duque, cuyo lenguaje provocador antes de tomar posesión del cargo, es el mismo de sus predecesores.

    La oligarquía y la derecha colombianas tienen planes políticos y militares contra Venezuela, no de ahora, con motivo del desarrollo del proceso bolivariano contra el cual aducen razones  de carácter ideológico, sino de muy atrás en el tiempo, durante otros gobiernos venezolanos. Desde el intento de usurpación de los derechos venezolanos sobre Los Monjes, la provocación de la fragata Caldas en el Golfo de Venezuela

    El poder fáctico colombiano ha estado involucrado en múltiples operaciones contra Venezuela: comerciales financieras en la frontera, con el contrabando de extracción, con la actuación de grupos paramilitares, infiltrando unidades a través de la frontera a fin de generar actos terroristas en territorio venezolano.

    Uribe instrumentó una alianza con la oposición venezolana golpista, a la que orientó y financió abiertamente, e incluso se lamentó, en una insólita declaración, no haber tenido tiempo –siendo presidente– para atacar militarmente a Venezuela (a lo cual, por cierto, Chávez le contestó que lo que le faltó fueron cojones).

    Santos, sibilino y de la aristocracia bogotana, intrigó en organismo internacionales y en gobiernos de la región para adelantar una campaña consistente en afirmar que con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, Maduro había acabado con la democracia venezolana, y se negó a reconocer su reelección.

    El atentado que quiso acelerarlo todo

    El 4 de agosto, durante la parada militar por el aniversario de la Guardia Nacional un grupo terrorista atentó con drones DJI M600 -de última generación, con un rendimiento de vuelo mejorando y una mayor capacidad de carga, utilizados con fines industriales y profesionales de diversos rubros, incluidos los militares- cargados de explosivos contra el presidente Maduro, para intentar conseguir por la vía del magnicidio lo que la oposición de ultraderecha no ha podido conseguir en una veintena de elecciones.

    Tampoco lo logró con el golpe de Estado de 2002 contra el presidente Hugo Chávez, ni con el sabotaje petrolero de 2002-2003, ni con la desestabilización y las guarimbas de 2014 y 2017 desarrolladas éstas por sectores radical proestadouniodenses de la oposición venezolana, con el apoyo y financiamiento de Washington, Madrid y Bogotá, el aliento de  la jerarquía conservadora de la Iglesia católica y los medios hegemónicos cartelizados, nacional y trasnacionales.

    Ni siquiera con las sanciones y la guerra económica, y la guerra de Cuarta generación, con campañas de intoxicación mediática, sabotajes y actos violentos, con apoyo de la Organización de Estados Americanos y los gobiernos del llamado Grupo de Lima.

    Según los expertos, uno de los drones usó como explosivo pólvora y pentrita y el otro pólvora y C-4 (explosivo plástico de uso militar utilizado en las operaciones de bandera falsa de la Red Gladio de la OTAN y  también por agentes de la CIA para derribar la aeronave de Cubana de Aviación sobre Barbados, en 1976 (murieron 73 personas), y en el asesinato del excanciller de Salvador Allende, Orlando Letelier, en Washington, ese mismo año.

    Obviamente el Comando Sur estadounidense no detuvo sus planes por el fracaso del atentado con drones, que debía provocar –de acuerdo al plan- un asesinato en masa de líderes civiles y militares en Venezuela, el caos social y una guerra civil, sino que sigue tratando de generar divisiones en las Fuerzas Armadas bolivarianas, para impulsar algún levantamiento en guarniciones castrenses, como lo intentaran en el Fuerte Paramacay.

    Los frustrados magnicidas confesaron que recibieron entrenamiento en la finca Atalanta en el departamento colombiano Norte de Santander, donde aprendieron a manejar drones, a cambio de 50 millones de dólares y residencia en Estados Unidos (no en Guantánamo).

    Tras el atentado terrorista, la mayoría de los presidentes (¿conocían el plan?), mantuvieron silencio, minimizaron el incidente con drones, relativizaron el atentado o silenciaron la tentativa de magnicidio y el acto de terrorismo, y cuándo no, recuperando las nociones oscurantistas de siempre, lo calificaron como un “montaje”, “autoatentado” o “maniobra”. En los hechos estaban validando el (su) fracaso..

    Colofón

    Quedan muchas interrogantes: ¿Qué pasaría con los pueblos: aceptarían una guerra? ¿Es este todo el escenario deseado por todo el gran capital? ¿Qué actitud tomarían China y Rusia, por ejemplo? ¿Qué pasará en EEUU con las elecciones parlamentarias? ¿El gran capital seguirá apoyando a Trump o preferirá su reemplazo por Pence? Sin duda hay que llamar a una actitud activa por la paz, crear conciencia de los peligros que corre Latinoamérica toda. Es la paz o la destrucción. Es el futuro de la región.

     

  • El turbio papel de EE.UU. en el conflicto palestino-israelí

    El turbio papel de EE.UU. en el conflicto palestino-israelí


    Por Martha Andrés Román-. 


    Washington-. El papel que Estados Unidos pretende desempeñar en el conflicto entre Israel y Palestina resulta hoy aún más cuestionable tras su decisión de recortar 200 millones de dólares previstos para programas en Gaza y Cisjordania.

    Un comunicado del Departamento de Estado difundido este viernes atribuyó esa medida contra los palestinos a una orden del presidente Donald Trump, y dio a conocer que tales fondos se redirigirán a ‘proyectos de alta prioridad en otros lugares’.

    La decisión fue adoptada luego de que esa agencia federal examinó si el financiamiento estaba en función de los ‘intereses nacionales de Estados Unidos’.

    Como resultado de esta revisión, reorientaremos los más de 200 millones de dólares del Fondo Económico de Apoyo originalmente previstos para el ejercicio fiscal 2017, que debían financiar programas en Gaza y Cisjordania, indicó la declaración.

    El Departamento de Estado detalló que para ello tuvo en cuenta ‘los retos que afronta la comunidad internacional a la hora de distribuir ayuda en Gaza, donde el control de Hamas pone en peligro la vida de sus ciudadanos y deteriora su ya de por sí terrible situación humanitaria y económica’.

    La retirada de la ayuda económica a los palestinos se produce en momentos en que la administración Trump se prepara para develar un muy anunciado plan de paz en el Medio Oriente, bautizado por Washington como ‘acuerdo del siglo’, que parece destinado al fracaso incluso antes de su divulgación.

    De acuerdo con el diario USA Today, un elemento polémico de esa estrategia es que el desarrollo económico de Gaza y Cisjordania estaría sujeto a concesiones por parte de los palestinos, incluido el otorgamiento del control permanente de Jerusalén a los israelíes.

    La Organización para la Liberación de Palestina condenó ayer la decisión de cancelar la ayuda y consideró que Estados Unidos hace ‘uso del chantaje barato como herramienta política’.

    Hanan Ashrawi, miembro del Comité Ejecutivo de la entidad, declaró en un comunicado que el Gobierno norteamericano ‘intimida y castiga a un pueblo bajo ocupación’, a lo que añadió que ‘el pueblo y el liderazgo palestino no se dejarán intimidar y no sucumbirán a la coacción’.

    Varias fuentes coinciden en que la medida resulta un castigo después del rechazo del presidente palestino, Mahmud Abbas, a sentarse a la mesa de diálogos con Israel para cerrar el plan promovido por el país norteño.

    El Comité Central de la organización política palestina Al-Fatah, dirigido por Abbas, ha ratificado su rechazo al acuerdo estadounidense, al considerarlo un proyecto dudoso destinado a liquidar la causa de Palestina.

    Tales objetivos serán confrontados y terminados por la firmeza de nuestro pueblo y la adhesión de nuestros líderes a nuestros derechos nacionales y sacrificios, expresó el mes pasado en un comunicado.

    El anuncio de este viernes también provocó el rechazo de demócratas del Capitolio, quienes estimaron que la medida afectará a una parte del mundo ya volátil y socavará los esfuerzos de Estados Unidos para resolver el diferendo.

    ‘Después de un año y ocho meses en el cargo, el presidente Trump aún debe anunciar algo remotamente parecido a una política coherente para abordar el conflicto palestino-israelí’, manifestó el senador Patrick Leahy en una declaración.

    Es el pueblo palestino, prisionero virtual en un conflicto cada vez más volátil, el que sufrirá más directamente las consecuencias de este insensible e insensato intento de responder a las preocupaciones de seguridad de Israel, agregó el legislador por Vermont.

    A su vez, la representante del partido azul Nita Lowey (Nueva York) se dijo muy preocupada por el impacto de esa determinación del ejecutivo de Trump en la estabilidad y las perspectivas de paz.

    J-Street, una organización judía liberal que aboga por mejores relaciones entre Israel y Palestina, denunció los recortes de ayuda como ‘un escándalo moral y un gran error estratégico’.

    ‘Esta es solo la última acción de este Gobierno para castigar cruelmente a los civiles y marginar y socavar el liderazgo palestino’, estimó la agrupación, citada por The New York Times.

    La movida se dio luego de que esta semana el asesor de Seguridad Nacional del mandatario republicano, John Bolton, declaró a Reuters que la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Medio ‘es un mecanismo fallido’.

    ‘Creo que hace mucho debimos tomar medidas para reducir los fondos’, apuntó Bolton, quien agregó que gran parte de los gastos de ese organismo ‘van realmente a perpetuar el estatus de refugiado del pueblo palestino’.

    La decisión se une a otros pasos dados por Trump que han acrecentado la consideración de las autoridades palestinas de que un plan ideado por Washington tendrá un gran sesgo a favor de Israel.

    Entre las polémicas medidas adoptadas por el presidente, las cuales despiertan grandes cuestionamientos sobre el papel que Estados Unidos pretende jugar en el proceso, la más criticada fue el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y el traslado de la embajada norteamericana a esa ciudad.

  • El Pentágono sospecha que los bombarderos chinos se entrenan para atacar a EE.UU. y sus aliados

    El Pentágono sospecha que los bombarderos chinos se entrenan para atacar a EE.UU. y sus aliados

    Los bombarderos del Ejército Popular de Liberación de China (EPL) están actualmente mucho más activos y operan de forma frecuente cada vez más lejos de sus costas nacionales, por lo que el Pentágono cree que podrían estar entrenándose para atacar objetivos estadounidenses y de sus aliados, afirma el informe ‘Poder Militar de China’, que el Departamento de Defensa de EE.UU. presenta anualmente ante el Congreso del país norteamericano. (más…)

  • Colombia anuncia oficialmente que dejará el bloque de Unasur

    Colombia anuncia oficialmente que dejará el bloque de Unasur

    El presidente de Colombia, Iván Duque, ha cumplido con su promesa de retirar al país de la Unasur, a la que calificó en una entrevista para RT de una institución «creada como una fachada por el chavismo para fracturar el sistema interamericano y buscar la legitimación de sus aspiraciones dictatoriales». (más…)

  • El ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki: ¿Fue realmente necesario?


    Sin una necesidad militar real, ¿por qué Estados Unidos lanzó un ataque nuclear contra las dos ciudades japonesas? ¿Qué estaba detrás de esta decisión y en qué contexto político se produjo?


    Hoy se cumplen 73 años del 6 de agosto de 1945, que pasó a la historia de la infamia como la primera vez que se utilizó un arma nuclear en combate. Ese día, el bombardero estadounidense B-29 lanzó una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. (más…)

  • Alianza del Pacífico: movimientos en la tectónica de bloques


    por Sergio Martín-Carrillo y Aníbal García Fernández *-. 


    Esta semana se celebró en Puerto Vallarta, México, la XIII Cumbre de Presidentes de la Alianza del Pacífico. A la misma asistieron los presidentes Sebastián Piñera (Chile), Martín Vizcarra (Perú), Juan Manuel Santos (Colombia) y Enrique Peña Nieto (México). Estos dos últimos en periodo de transición en sus países -al haber ya nuevos presidentes electos- y con Martín Vizcarra debutando en este tipo de cumbres tras la dimisión a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski. (más…)

  • China: «No habrá ganador en la guerra comercial global»

    China: «No habrá ganador en la guerra comercial global»

    El presidente de China, Xi Jinping, asegura que no habrá un ganador en la guerra comercial global e insta a rechazar las ideas de unilateralismo en el comercio, según declaró este miércoles en la ceremonia inaugural de la X Cumbre de los BRICS, celebrada en Johannesburgo (Sudáfrica), informa Reuters. (más…)

  • Los impulsos destructivos contra UNASUR


    Por José Galindo * -.

    Consideremos, brevemente, a iniciativas como el ASEAN, el Banco Europeo o la Unión Monetaria del Golfo. Latinoamérica, lastimosamente, volvería a la retaguardia del mundo al no seguir éste ejemplo de integración y creación de bloques regionales, si UNASUR llega a desaparecer.


    Preguntémonos por un segundo si las políticas desarrolladas y promovidas desde la instauración del “orden de Bretton Woods” han dado resultado. Preguntémonos luego si volver a aquellos tiempos valdría la pena. El portazo diplomático de los gobierno de derecha de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay le dan a UNASUR podría ser un nuevo tiro en el pie de un continente que como diría Galeano, “no parece hacer otra cosa que trabajar para su propia perdición”. Por otro lado, nunca, o casi nunca, se puede volver atrás.

    De todos modos se puede afirmar que aún existe un descontento y un agotamiento de la geopolítica unilateral de los EE.UU. a través de organismos financieros internacionales que han provocado transformaciones significativas en el sistema mundial, posiblemente irreversibles y con consecuencias aún imprevistas para el capitalismo como un todo. Dos décadas no pasaron en vano, por muy estrepitoso que pueda ser su fin.

    Como diría Oscar Ugarteche “El sistema financiero que contemplamos en la actualidad, de origen caduco y con metas que benefician unilateralmente a los EE.UU., se ha transformado hoy en un Complejo Financiero Bancario cuyo proceder puede resultar más destructivo que el propio Complejo Militar Industrial que emergió en EE.UU. luego de la Segunda Guerra Mundial”.

    Este nuevo Complejo del que habla Ugarteche no sólo ha arrinconado a las economías del Sur, sino que también ha provocado desastres sociales en las propias economías desarrolladas, abriendo la posibilidad de plantearse la construcción de nuevas arquitecturas financieras cuyo principal sello sería no sólo un multilateralismo de Tercer Mundo sino también una reducción de la influencia estadounidense como principal centro mundial de decisión en cuanto a políticas financieras.

    El problemático giro hacia la derecha que emprende Argentina no desmiente la afirmación precedente, sino que la confirma, de la misma forma que lo hace la debacle política y económica de Brasil; casos que demuestran los efectos perversos que pueden tener políticas económicas nacionales de espaldas a Latinoamérica como región. Colombia y Paraguay, de la misma forma, podrían no estar haciendo otra cosa que apretar el nudo de una soga en su cuello al dejar UNASUR.

    La restauración conservadora no se está dando tan tranquilamente como lo hiciera en los años 90s, con el neoliberalismo extendiéndose bajo el manto protector del intervencionismo estadounidense, sino convulsamente, con diásporas de violencia y resistencia en Venezuela, Nicaragua, Brasil y Argentina. Sin el consenso de la sociedad civil y sin el liderazgo de la Casa Blanca. Muy diferente a como ocurrió antes.

    Efectos devastadores

    No es secreto para nadie que la era inaugurada por EE.UU. en la Conferencia de Bretton Woods sentó las bases no sólo para la consolidación de este país como el principal hegemón en el sistema mundo capitalista durante el siglo XX, sino que también fue el momento de mayor globalización del capital en el planeta.

    Los tres pilares erigidos en aquel julio de 1944, que conocemos hoy como Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y Organización Mundial del Comercio (OMC, aunque ésta tardó un poco más en nacer), se encuentran actualmente deslegitimados, luego de la crisis financiera de 2008, la caída de los precios del crudo en 2014 y el debilitamiento de la hegemonía estadounidense frente al ascenso de Rusia y China como potencias geopolítica y económica, respectivamente.

    Ciertamente la obra final del FMI no es del gusto de muchos países que se sometieron a sus designios. Estas tres instituciones de Bretton Woods establecieron las condiciones para un proceso de acumulación mundial basado en el empobrecimiento y endeudamiento de los países del Tercer Mundo que hizo posible el nacimiento de un capitalismo capaz de generar ganancias masivas a partir de prácticamente la nada, para beneficiar ya no a un Estado (los EE.UU.) sino a una pequeña élite especuladora cuya capital reside actualmente en Wall Street.

    Esto fue posible gracias a una gradual, lenta, pero continua transformación donde el BM y el FMI pasaron de ser centros de decisión para que EE.UU. se consolide por encima del resto de las potencias que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, a una suerte de policías financieros para los países del Tercer Mundo. Su última etapa, la más conocida, se da luego de 1974, cuando creado el G-7, el FMI puede concentrarse enteramente en expandir políticas monetarias neoliberales en países endeudados y empobrecidos.

    Los resultados fueron negativos en primer lugar para los países del Tercer Mundo, que vieron profundizada la desigualdad heredada desde la era colonial.

    La desigualdad se profundiza en Latinoamérica gracias a “procesos y tecnologías” dictadas desde el FMI y el BM. Lo particular de esta situación, y esto nos lo advierte Ugarteche en su libro “La Gran Mutación”, es que su éxito en difundir el neoliberalismo en el mundo termina irónicamente con una nueva crisis de acumulación del capital en el mundo que debilita los cimientos del propio capitalismo, que ya no depende de la producción sino enteramente de la especulación bancaria. La desigualdad se extiende incluso en el Primer Mundo, pero se hace intensa e insoportable en el Tercer Mundo, hasta provocar terremotos sociales y económicos que amenazan la existencia de los propios Estados Latinoamericanos.

    Se trata de una transformación con efectos negativos de inmediata expresión, caracterizados por una concentración de la riqueza devastadora en muchos casos.

    Frankenstein y la respuesta desde el Sur

    La desigualdad entre naciones es también un resultado de la globalización impulsada por Bretton Woods luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando los diferentes Estados del mundo comienzan a hacerse consientes de las diferencias del ingreso per cápita entre ellos, dando lugar a una división entre países del Primer y Tercer Mundo, estos últimos recientemente descolonizados pero con grandes problemas sociales, políticos y económicos.

    No obstante, es la propia globalización neoliberal la que ahora traslada esta desigualdad a los propios Estados desarrollados, que se ven afectados por la transformación apuntada por Ugarteche. De alguna manera, aunque el FMI sigue siendo uno de los principales brazos operativos de los EE.UU., da nacimiento a un Complejo Financiero Bancario que va más allá de la soberanía y los intereses de los propios EE.UU., actuando muchas veces en contra de los intereses de este propio país, como en 2008 y la explosión de la burbuja inmobiliaria. Es, como dice el autor, “una autonomía de la banca”, una especie de independencia del orden creado para beneficiar a los EE.UU.

    Este monstro que vive en Wall Street pasó a convertirse en una suerte de Frankenstein que lastima a su propio creador. El daño causado, por supuesto y en un principio, afecta principalmente a las economías más ligadas a los EE.UU., y sobre todo a las más desarrolladas, que siguieron la tendencia hacia la creación de un capitalismo especulativo. Esto obligó a los Estados afectados por esta nueva criatura a ejecutar las nacionalizaciones más grandes de la historia, mucho más costosas que cualquier otra en la historia de Latinoamérica, con decenas de millones y millones de dólares destinadas a salvar a los bancos “demasiado grandes para caer” en 2008, y generando por primera vez en mucho tiempo crisis políticas en países otrora modelos de la democracia liberal. Trump, el Brexit y el ascenso de los populismos de derecha en el Primer y Tercer Mundo son consecuencias naturales de aquella transformación.

    Las consecuencias en el Tercer Mundo, por otra parte, fueron diferentes en un principio: las economías emergentes y sub desarrolladas no se ven totalmente afectadas, y con el impulso de China, país que no se alineó a las políticas dictadas desde EE.UU. a través del FMI, crecen al mismo tiempo que los países tradicionales del centro capitalista decrecen o involucionan. Puede que la apertura de China al mercado mundial desde finales de los 90s explique hoy el apogeo en ciernes, pero ciertamente aquello no hubiera sido posible bajo un esquema de desarrollo dictado por el FMI o el BM, diseñado para mantener el orden de centro y periferia en la división internacional del trabajo.

    Esto coincide con la entrada en escena de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sud África), que no sólo amenazaron con desplazar a los EE.UU. y la Unión Europea como los nuevos ejes del capitalismo mundial, sino que también amenazaron aquel edificio cuidadosamente construido luego de Bretton Woods. En ese sentido, la llegada de Trump y el ascenso simultáneo de la derecha en Latinoamérica y en Brasil pueden ser considerados como un retroceso de una dinámica que de todos modos sigue su curso desde China. La guerra comercial advertida por China recientemente confirma la existencia de resistencias en éste proceso de transformación, como era de esperarse.

    El cuestionamiento al BM y el FMI ya no viene solamente de Estados latinoamericanos arruinados por sus políticas impuestas desde los años 70s, sino de Estados que se muestran exitosos en el sistema mundo capitalista y que sugieren la creación de nuevos organismos multilaterales de financiamiento que sirvan a intereses más allá de los EE.UU. Consideremos, brevemente, a iniciativas como el ASEAN, el Banco Europeo o la Unión Monetaria del Golfo. Latinoamérica, lastimosamente, volvería a la retaguardia del mundo al no seguir éste ejemplo de integración y creación de bloques regionales, si UNASUR sí llega a desaparecer.

    En este sentido, debemos retomar las conclusiones del 60 Aniversario de la Conferencia de Bandung en 2015, donde el presidente chino Xi Jinping propuso tres puntos para construir “una comunidad de destino compartido para toda la humanidad”, a partir del impulso de la cooperación entre Asía y África; la expansión de la cooperación Sur-Sur para acelerar el crecimiento entre economías en desarrollo; y, finalmente, promover esta misma cooperación entre naciones desarrolladas y en desarrollo. Concretamente, se propone profundizar la cooperación regional y trans-regional, ofreciendo condiciones convenientes para facilitar el comercio y la inversión para construir un patrón incluyente de cooperación entre Asia y África.

    Se da a entender, entonces, que la era de unilateralismo de EE.UU. es no sólo rechazada desde los bloques emergentes, sino que se formulan propuestas para reemplazarla. La tendencia del norte es, sin embargo persistente, y hoy más testaruda que nunca, con Trump imponiendo de forma nada diplomática sus condiciones incluso a sus aliados de la OTAN, como se pudo observar durante ésta última semana.

    Conclusiones

    A lo largo de su historia el FMI ha sufrido transformaciones significativas que eventualmente lo llevaron a jugar el papel destructivo que todos conocemos. De ser el supuesto encargado para evitar una crisis económica como la de 1929, a una policía financiera del Tercer Mundo, a ser, finalmente, el principal difusor del neoliberalismo en el Tercer Mundo.

    No obstante, posiblemente el resultado más llamativo de estos cambios es haber pasado de ser una herramienta del unilateralismo estadounidense en su política exterior, a un partero de un sistema de acumulación que le dio autonomía a la banca, afectando los intereses y la estabilidad de los propios EE.UU. La desigualdad parece dejar de ser una característica del Sur y pasa a afectar también a los países del Norte.

    Es decir, lo sorprendente en esta situación no es que el FMI y el BM hayan sido nocivos para el desarrollo de Latinoamérica y el Tercer Mundo, desde siglos afectados por males coloniales, sino que hayan sido parte del nacimiento de lo que Ugarteche llama el Complejo Financiero Bancario, sujeto importante de una nueva etapa del capitalismo signada por la decadencia de los EE.UU. económicamente.

    Decadencia que se hace peligrosa para el mundo entero tomando en cuenta, tal como señala Ravenhill, que la crisis de 2008 ha demostrado cómo una crisis doméstica puede convertirse rápidamente en una crisis mundial.

    Presenciamos esta nueva gran mutación donde parece avizorarse el fin de la hegemonía económica de los EE.UU. y sus aliados, y la posibilidad de un nuevo orden, también capitalista, pero que viene acompañado de nuevos fenómenos de carácter también sistémico pero que actúan en contra del capitalismo. Una crisis de sobreproducción dentro de la tendencia periódica del capitalismo pero que viene acompañada de un deterioro ambiental planetario que amenaza los propios cimientos del capitalismo mundial; una autonomía de la banca y el mencionado nacimiento del Complejo Financiero Bancario que también amenaza los intereses del actual hegemón del capitalismo: los EE.UU.; y una interdependencia que se transforma desde la época de Breton Woods para dar paso a un multilateralismo regional donde las alianzas sur – sur se hacen más necesarias que nunca.

  • Convoca OTAN de urgencia al Consejo Atlántico

    Convoca OTAN de urgencia al Consejo Atlántico

    Bruselas-. El secretario general de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), Jens Stoltenberg, convocó hoy de urgencia al Consejo Atlántico para volver a tratar la contribución financiera de los aliados con la alianza militar. (más…)