octubre 20, 2020

Los demonios, la especulación y la carencia

por: Pilar Uriona Crespo

Cada momento histórico tiene sus propios demonios. Algunos de ellos logran identificarse, son encarados y, finalmente exorcizados. Otros, sin embargo, son demonios cuya existencia parece ser perenne. Orientan las acciones humanas, se filtran en los imaginarios, instigan a adoptar ciertos comportamientos en la práctica cotidiana. Y, a pesar de las buenas intenciones, de las utopías y el idealismo, estos demonios potentes garantizan su reinado. Así, en la coyuntura actual, el dinero y el proceso de acumular ganancias e incrementarlas en beneficio personal —así como el protagonismo mediático— son los demonios que ejercen la hegemonía.

En las últimas semanas, el problema del alza de precios de los alimentos ha demostrado que, si bien para la política pública erradicar la pobreza y el hambre pueden ser metas loables, para la sociedad no es una prioridad generar solidaridades vinculadas a la seguridad alimentaria. Así, negociar con la carencia, especular y esconder alimentos se transforma en un negocio rentable, pero a la vez se constituye en el elemento que desencadena nuevas problemáticas que, tarde o temprano, tendrán un efecto rebote y aquejarán a quienes lucran con ello. Generar inseguridad alimentaria provoca pues otro tipo de incertidumbres, pues cuando no logramos acumular suficiente para pagar el precio del mercado y acceder a bienes de sustento diario la frustración y la ira se van apoderando de nuestras acciones. Y la violencia verbal y física, el enojo crónico y buscar las oportunidades para desfogar estos demonios secundarios se transforman en un modo de vida y en una amenaza para la paz.

Culpar al cambio climático, al incremento del consumo de ciertos alimentos o a la crisis financiera global no puede servir como justificativo para evitar la toma de conciencia colectiva. Esta debe apuntar a hacer evidente que el cambio climático, por ejemplo, no distingue entre comerciantes y consumidores, o a visibilizar el ciclo que nos vincula y responsabiliza en la construcción de una convivencia digna que requiere dejar en claro que negar solidaridad implica autolimitarse.

Quien hoy lucra con el hambre sólo se encuentra momentáneamente en una situación de privilegio, pues a quien oprime y asedia para obtener su ganancia no podrá responderle con resignación por mucho tiempo. La pobreza y el hambre son demonios más radicales, virulentos e incontenibles en su furia que el capital. Y siempre le han sido antagónicos. Esperemos no estar cerca cuando se desencadenen.

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