octubre 25, 2020

México y la narcorealidad

por: Hugo Guzmán/ ALAI

Hay una nueva jerga en México: narcopolítica, narcomantas, narcolimosnas, narcofosas, narcocultura, narcoremates, narconiños, juvenicidios. Efecto gramatical de una tragedia cotidiana que suma más de 30 mil muertos en una nación asolada por el tráfico de drogas y el crimen organizado, que reportaría a las organizaciones de narcotraficantes entre 25 mil y 40 mil millones de dólares de ganancias anuales.

El Secretario de Salud de México, José Ángel Córdova, declaró que los quince mil muertos registrados por “la guerra” entre y contra los narcotraficantes durante el 2010, no es la primera causa de muerte en este país, porque la diabetes es la que, en rigor, mata más mexicanas y mexicanos al año (75 mil).

Manera de intentar atenuar el efecto más elocuente de la narcorealidad impuesta a este país de 110 millones de habitantes, que prácticamente en sus 32 estados de la República Federal conoce de la presencia y acción de los cárteles de la droga.

Las finas “líneas” de coca parecen nada ante los anchos “corredores” del narcotráfico que se extienden por todo México, desde el Norte industrial hasta el Sur indígena.

Las informaciones -las que salen- dan cuenta de que los narcos han penetrado no sólo territorios, comunidades y segmentos sociales, sino estamentos de gobiernos locales y estatales, mandos y tropas militares y policiales, grupos de la Iglesia Católica y de la clase política, lo que llevó al Presidente Felipe Calderón a referirse al mal que puede producir el nexo de políticos con los cárteles, mientras analistas hablan del “Estado fallido”.

No hay que olvidar que legisladores, gobernadores y altos jefes militares y policiales están buscados o fueron procesados y encarcelados por asociarse y ser parte de cárteles del narco.

De acuerdo a un informe de Alejandro Poiré, vocero de seguridad nacional de México, durante el 2010 hubo 15 mil 273 asesinatos y el 89% de ellos fueron ejecuciones. Las regiones con más número de crímenes fueron Chihuahua, Sinaloa y Tamaulipas.

El funcionario dijo que los narcos y el crimen organizado practican, además del tráfico de drogas, el secuestro, la extorsión, la trata de personas y la piratería.

Según datos de la Consultora Kroll México, en este país se mueven al año entre 25 mil y 40 mil millones de dólares por el tráfico de estupefacientes.

Un reporte de la BBC indicó que desde Estados Unidos entran a México, al año, entre 19 mil y 29 mil millones de dólares por la droga, lo que equivale a un dos ó tres por ciento del Producto Interno Bruto del país.

El Informe Mundial de Drogas 2009, de las Naciones Unidas, señaló que el Cártel dirigido por Antonio Beltrán movió 5 mil 800 millones de dólares en 20 años, a lo que se agrega el hecho de que la revista Forbes puso a Joaquín “El Chapo” Guzmán, jefe del Cártel de Sinaloa, como uno de los hombres más ricos del mundo con una fortuna superior a los mil millones de dólares.

Varias investigaciones académicas y de organismos internacionales hablan de medio millón de mexicanos empleados en el negocio del narco y un académico dijo a este periodista que es probable que unos 50 mil indígenas trabajen para grupos de traficantes de droga.

Nuevas modalidades

Pasada la primera década de este Siglo, las operaciones del narcotráfico y el crimen organizado no se limitan al trasvasije y venta de la droga (cocaína, marihuana, anfetaminas, efedrina, y todo tipo de estupefacientes), sino que abarcan las ejecuciones (realizadas en fiestas, restaurantes, parajes rurales, centros de rehabilitación de drogas, calles), bloqueo de carreteras y autopistas urbanas, colocación de lienzos (mantas) en puentes y lugares visibles, difusión de comunicados, sepultación de ejecutados en fosas, colocación de cuerpos colgados de puentes urbanos, construcción de parroquias y entrega de limosnas a la Iglesia, realización de remates de propiedades incautadas a los narcos, control social en comunidades y, se estima, capacidad de negociación con grupos de poder empresarial y político.

A partir de esas acciones surgió una nueva jerga en México y se habla de narcopolíticos, narcomantas (lienzos usados para enviar mensajes), narcolimosnas, narcofosas y narcobloqueos (grandes camiones y buses colocados en autopistas) y narcoremates.

Asoman nuevas modalidades de crímenes, como ejecutar a jóvenes en fiestas, lugares de estudio y trabajo, muchos de ellos agredidos por haber abandonado la droga o alguna banda narco, e integrarse a centros de rehabilitación o a comunidades de apoyo que les ofrecen estudio y trabajo. Los narcos van sobre ellos y los ejecutan. Son tantos los casos que ya en México se habla de juvenicidios.

También hay denuncias de jóvenes muertos producto de errores y arbitrariedades de militares y policías.

Ello provocó que estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN) organizaran marchas en contra de los juvenicidios y repudiaran “la guerra contra el narco” que desarrolla el gobierno y levantaran consignas como “Si le dan a uno, le dan a todos”. Los universitarios plantearon su rechazo a “una Guerra que nadie pidió pelear”.

Impacto social

Otro fenómeno es el dinero metido en la Iglesia Católica. Ello incluye la construcción de parroquias a manos de los narcos. Además, se efectúan entregas de limosnas a creyentes en varias comunidades del país.

En declaraciones a la revista Proceso, el vocero de la Conferencia Episcopal Mexicana, Manuel Corral, indicó que “los tentáculos del narcotráfico pervierten y corrompen a quien se les pone enfrente. Se extienden por todos lados. Ahora brincaron a la Iglesia, que no había vivido antes una situación semejante o al menos no la conocíamos”.

Hablando para La Jornada, el rector de la Basílica de Guadalupe, Diego Monroy, planteó que la descomposición generada por el narcotráfico “ha llegado a todos los niveles: gobierno, empresarios y religiosos”.

Son extendidos los comentarios de que en varias zonas del país es cotidiano el aporte del crimen organizado a comunidades e iglesias católicas, a parte de las actividades de devoción de parte de los mismos narcotraficantes.

El efecto ha llegado a segmentos de artistas, y hoy existen diversidad de grupos y compositores que crean melodías dirigidas a los narcos y su base social, las cuales incluso se entonan en los funerales de los integrantes de los cárteles o grupos del crimen organizado. Hay quienes hablan de narcocultura.

Una funcionaria de un organismo público que debe efectuar actividades laborales en varios puntos de México, contó a este periodista que cuando va a comunidades a supervisar proyectos sociales, es observada por los narcos quienes consultan a los vecinos qué se está haciendo.

Un empresario de la construcción narró que cuando llega a algunas provincias, los narcos le piden prestada maquinaria y quieren coordinar la prioridad de las obras.

Un profesional de las comunicaciones contó que en actividades como filmaciones o trabajos de prensa en zonas o localidades controladas “socialmente” por los narcos, ellos siempre están vigilando y revisando las pautas de trabajo.

Claro que la supervisión -por definirlo de alguna manera- a la labor periodística ha terminado en la ejecución de profesionales de la prensa a manos de bandas criminales.

Las cosas han llegado a un punto que ya se menciona a los narconiños. Menores de edad que realizan “trabajos” para los cárteles, llegando a cometer crímenes. Se conoció el caso de Erick, que tuvo que comparecer ante un juez del estado de Morelos, acusado, nada más y nada menos, que de delincuencia organizada, narcomenudeo y posesión de vehículo robado. Se informó por la prensa que Erick estaba bajo órdenes de Julio Hernández, “El Negro”, lugarteniente de un poderoso jefe narco: Edgar Valdés, “La Barbie”.

En la lista de peculiaridades está el remate de objetos y propiedades incautados a bandas criminales, donde se ofertaron joyas, helicópteros, diamantes, automóviles, pistolas, relojes de marcas finas, medallas religiosas de enorme valor, una avioneta, crucifijos, entre otras cosas. Un narcoremate donde llegaron muchos postores, en medio de una tensión propia de la ocasión.

De acuerdo a diversidad de testimonios, no es un mito que hay poblados y localidades que sobreviven del ingreso del dinero del narcotráfico y es allí donde se instala la principal base social de los Cárteles, y de la existencia de condominios o zonas urbanas donde se presume que están asentadas viviendas de narcos, algunos quizá muy importantes.

Un variopinto de dramáticas y complejas situaciones donde los protagonistas son “capos”, “soldados” y miembros de cárteles como el del Golfo, Los Zetas, La Familia, Sinaloa, Juárez, Tijuana y otros, amparados por jefes –algunos ya muertos- como los hermanos Arellano Félix, Miguel Ángel Treviño o “El Chapo Guzmán”.

Además, se suman bandas criminales que ellos contratan, como Los Aztecas o Los Mexicles, que efectúan secuestros y ejecuciones.

A estas alturas el narcotráfico en México parece una gran industria, generadora de miles de millones de dólares en ganancias y frente a una institucionalidad que propina golpes pero no logra la desarticulación.

Con un problema cuya solución no radica sólo en México, por el alto nivel de consumo y por lo tanto de mercado generado en Estados Unidos, cuyas bandas mantienen su poder y no parecen recibir golpes mortales.

No es menor que alrededor del 70% de las ganancias del narcotráfico se quedan en territorio estadounidense u otros países desarrollados. Según la ONU, al año, en Estados Unidos se consume cocaína por un valor que llega a los nueve mil millones de dólares.

Parte de la narcorealidad que, todo indica, seguirá en escena.-

2011-03-01

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