octubre 30, 2020

Carnaval en las minas y el campo

La tradicional fiesta del Carnaval, extendida a lo largo y ancho del territorio nacional, tiene particularidades que suelen pasar desapercibidas, sobre todo en los centros mineros y las poblaciones agrarias del norte de Potosí. Si bien en lo general sujetan sus las costumbres a lo establecido, en lo particular se diferencian notablemente de cualquier otra práctica en nuestro país.

La T’inka

Este elemento ritual ya en extinción establece un lazo de reciprocidad simbiótica entre patrón y obrero. Quizá los viejos mineros recuerden esta práctica propia de la mina, aunque también se extendió en las haciendas. Se caracteriza porque el primero obsequia a los trabajadores o agricultores, en agradecimiento a su trabajo, un obsequio simbólico: un paquete con confites, un puñado de coca, cigarros, mixtura, serpentina, licor o cerveza, estos en más abundancia. El valor pecuniario del regalo es ínfimo, pero cumple el papel de propiciar una “alianza estratégica” obrero-patronal para garantizar la fuente laboral, para lo cual el obrero debe “pagar”, con ese obsequio, al Tío, o a la Pachamama, el Achachila, la Cumbrera. La T’inka, entonces, está destinada a garantizar la existencia de los elementos esenciales que sustenten la labor minera o agrícola, en forma exitosa para ambos, para el patrón y el trabajador.

Carnaval en el área rural

En esas poblaciones el carnaval tiene un lazo temporal con la fiesta de Todos Santos, y en otros lugares, empieza el 20 de enero con la fiesta de San Sebastián (“juchuy pujllay” o carnavalito). La fiesta de compadres y comadres están inmersos en ese mundo mágico, pues al realizarles las visitas, están garantizando su apoyo, moral pero también económico, a las pandillas o comparsas. Cada familia se prepara adecuadamente para enfrentar el carnaval, pues es usual que las comparsas, formadas por impetuosos jóvenes, visiten de improviso cualquier casa, que se conocía antiguamente como “El malón”, es decir “comparsas que invaden una casa sin previo aviso, la casa de tal o cual chica, con objeto de divertirse bailando y hacer consumo de bebidas y bocadillos”, a expensas de los dueños de casa. Para ello elaboran chicha y comida. Las Casas de Fiesta son distintas, están a cargo de las grandes pandillas, las que al son del charango, acordeón y guitarra, pasan la fiesta bailando por calles y plazas “con las mozas garridas, de cuerpos robustos y su andar cadencioso, que ejercen singular atracción”.

En el carnaval, el diablo anda suelto

En la Anata, los comunarios rebosan de alegría, se echan con flores y confites y se golpean con los frutos del membrillo, el durazno o el ‘mak’unko’ (el amargo fruto de la papa), en enfrentamientos de pandillas antagónicas. Las comparsas empiezan su celebración dos meses antes, dedicándose a componer las coplas para el taquipayanaku (duelo entre hombres y mujeres, a través de la canción y la poesía), al son con las tarkas, huancaras y pinkillos. En esta época el diablo anda suelto, y es de temer, pues muy acorde con la fertilidad de la tierra que empieza a dar sus primeros frutos, la época es propicia para el enamoramiento. Las comparsas asedian más que en ninguna otra fecha, a las jóvenes que han elegido como compañeras. Los padres de familia están advertidos por lo que pueden negar el permiso a sus hijas para inscribirse en las comparsas, o atenerse a las consecuencias. A éstos se les advierte: “tranquen puertas, guarden sus hijas, encierren a sus animales, por que en Carnaval, el diablo no responde”. Ergo, el diablo roba, —mujeres, productos y animales, por igual— y no tiene castigo por ello.

El juego y el ritual

El sábado de ch’alla es el día dedicado a brindar en los talleres industriales y los centros de trabajo. Se trata de una fiesta ofrecida por los obreros al patrón del taller, quien es adornado con mixtura, y serpentina, al igual que sus herramientas e instrumentos de trabajo. Confite y serpentina, junto a bebidas alcohólicas se derraman generosamente y se ch’alla a la Pachamama, ceremoniosamente, con recogimiento, deseando al dueño prosperidad en su trabajo, pues de ello depende la del trabajador. El patrón se obliga a retribuir invitando bebida y comida. Los obreros bailan reunidos por oficios o especialidades con guitarras y acordeones. La chicha se enseñorea ante cualquier otra bebida.

El domingo está reservado a los comerciantes los que cha’llan sus puestos de venta y comercio. El lunes es el turno de los transportistas. Todo en medio del ‘Juego del Agua’, en el que chisguetes y globos, reemplazaron definitivamente a la harina y los ya olvidados ‘cascarones’ de huevo de antaño. Desde los balcones echan agua en bañadores, y nadie puede quejarse. Grupos de jóvenes recorren las calles del pueblo, cogen al amigo, familiar o conocido, para echarle agua, sin que falten aquellos que los introducen a una bañera. Participan hombres y mujeres de todas las edades y condición social, que recorren las calles en vehículos, llevando agua en cantidad suficiente para jugar en las calles.

Los bailarines de las comparsas salen, perfectamente ataviados, “para visitarse mutuamente en las casas”, donde bailan incansables, al son de instrumentos autóctonos. Visitan a sus madrinas, quienes les reciben con bebida y comida. Bailan y alegran la casa de aquellas y se divierten por varias horas. Luego invaden las plazas y allí bailan con entusiasmo, casi frenéticamente.

El martes de Cha’lla está dedicado a las casas, las que son arregladas con serpentina, flores y mixtura. Los dueños esperan las visitas de las comparsas, pues son ellas las que alegran el hogar y piden que durante el año no necesite mucha refacción, ni que se produzcan desperfectos de consideración y además aumente la renta, si está destinada al alquiler. En las casas en construcción se organizan fiestas con familiares y amigos y allí bailan, beben y comen. Al brindar el primer vaso, se les desea la próxima conclusión, “sin novedades que lamentar”.

El miércoles, empiezan los paseos al campo, y dan comienzo a los aptapis; visitan las chacras y prueban los primeros frutos de la tierra. Todos contribuyen a la fiesta, con singani o pisco, caldo, humintas, platos de ajíes, todos llevan su cuota de licores y comida para que nadie quede sin atención. La profusión de bebida es tal que se puede degustar distintos “preparados” o finos licores, encargados especialmente para la ocasión. Al final las comparsas regresan del campo, dan vuelta la plaza y van a las Casas de Fiesta donde bailan hasta el amanecer. En los pueblos aparecen las “Carpas” que acogen a los que no pueden ir a las Casas de Fiesta o simplemente quieren seguir tomando y bailando en otro ambiente, lejos de las miradas indiscretas de sus amigos y conocidos.

El jueves continúa la fiesta franca. El viernes da principio a la cuaresma. Llega el sábado y domingo de tentación, días de enorme expectativa, pues la gente se prepara para despedir al carnaval, bailando y bebiendo. Ya no se juega con agua. El domingo está destinado al día de campo más importante del carnaval.

Allí se propicia un ritual de data ancestral. Cientos de jóvenes forman una inmensa comparsa que baila alrededor de la plaza principal del pueblo. El ‘cabecilla’, sale de la villa y se dirige, campo traviesa, a visitar una población gemela, que está a una hora de viaje, a paso de baile. Invaden la población, donde les esperan las comparsas del lugar. Protagonizan en la plaza, bailes de pandilla, al son huayños y cuecas. La juventud no da ni pide tregua, los lances amorosos, son ahora más expresivos, mas abiertos, dejando al margen la ambigüedad. Retornan las comparsas como llegaron, en medio de alegría y baile. Los bailarines se preparan para el largo recorrido, en el que deben cumplir el ritual de la Pacoma, o robo consentido de la mujer, con la que formarán un nuevo hogar, aunque a veces “el diablo anda suelto y es de temer”.

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