octubre 24, 2020

Carnaval: seducción de misterios, de herencias Sumerias, de idolatrías Uru Chipayas y divinidades católicas

La historiografía registra que los mundos al revés, los reinos del carnaval tendrían su origen hace más de 5.000 años cuando los habitantes circundantes a los ríos Tigris y Eufrates en la baja Mesopotamia, los sumerios considerados como una de las primeras y más antiguas civilizaciones del mundo que ostentaba un complejo poder estatal, cuyas riquezas eran usufructuadas por los soberanos descendientes de Dioses Creadores y por tanto, considerados intermediarios entre los dioses y los hombres.

Civilización que en esa intermediación define un panteón de divinidades de gran complejidad, junto a una serie de rituales de agradecimiento a sus espíritus y dioses, cuyas mitologías, magias y expresiones teológicas, develando que fueron los creadores del carnaval cuando en su templos con música, cantos, disfraces, danzas y desenfrenos espirituosos manifestaban su agradecimiento por la fertilidad de Nammu, la Diosa Madre que hacía posible que en otoño florecieran los campos, señal sumeria de que sus dioses resucitaban y retornaban para habitar con sus habitantes. Y en señal de devoción y agradecimiento quienes trabajaban la tierra se reunían bellamente disfrazados y enmascarados delante de hogueras para celebrar rituales de fertilidad a la tierra y alejar a los malos espíritus de las siembras y la cosecha.

Celebración en la que además eran venerados sus principales dioses el sol, la luna y las estrellas con libaciones de cerveza destilada, descubierta por ellos hace más de cinco mil años, quienes controlaban también el pasado y el futuro de los sumerios, y que encontraban conexiones para revelarles sus habilidades y capacidades a objeto de dotarles de todo lo que necesitaban saber, lo que les permitió erigirse con una civilización sobre la que luego se levantarían civilizaciones posteriores como la egipcia o la judeo cristiana, ésta última con la que tejeríamos lazos enormemente profundos.

Y en esta suerte de azares y misterio el origen del carnaval en este lado del mundo al parecer se remonta a unos cuantas centurias posteriores a la de los sumerios, cuando los habitantes del mundo de las oscuridades los Urus descendientes de los chullpas, establecen ritos de celebración y conexión con sus dioses subterráneos, para entonces aún no se había develado ante ellos el poder creador del sol y los habitantes Urus tenían como hábitat a la oscuridad, al frío, al viento y a la aridez de un extenso territorio volcánico, que a pesar de la densa salinidad era dador de vida.

La leyendas y la memoria larga de esos pueblos recuerdan todavía que sus dioses entonces Quwak y Wari, deidades vinculadas al volcán Sajama y que justamente al rededor de lo que hoy conocemos como febrero, celebraban y agradecían a la fertilidad de su entono árido y de aguas gélidas con cánticos y bailes.

Misterios que se han quedado anclados en nuestros orígenes mitológicos y en esas hebras que han tejido hasta hoy la memoria de pueblos y culturas como la de los Uru Chipayas, de los Muratos y la de los Iru-Itus, —hombres de agua como se autodenominaron— de origen tan antiguo y común como el presente, en medio de territorialidades tan extendidas e históricamente abandonadas como las riberas de los lagos y de los ríos, como el hábitad de los Chipayas en el lago Coipasa, de los Muratos en el lago Poopó o de los Iru-Itus en río Desaguadero, pero que hasta el presente comparten no sólo el abandono estatal, sinó las mismas cosmogonías, la lengua y las ritualidades, el haber sido considerados pre-hombres, pre humanos, hombres de agua o habitantes previos a los que vendrían luego de la irrupción del sol sobre la faz de la tierra.

La mitografía de origen, los estudios y documentos que recogen una serie de investigaciones y testimonios especializados en la etnohistoria andina y particularmente prehispánica afirman que los Chullpas vivieron en una época en la que reinaba sólo la oscuridad y el frío, pero que fueron advertidos de que todo cambiaría el día en que el sol saldría para iluminar al mundo, pero muchos desoyeron la profecía, no se prepararon para el cambio y cuando apareció el sol con su gran poder iluminador los Chullpas fueron quemados por la intensidad de sus rayos, excepto aquellos que tomaron en cuenta las recomendaciones de los dioses y que se prepararon para preservar sus vidas, refugiándose en profundas cavernas, cuevas subterráneas y debajo de las aguas de los lagos Poopó y Coipasa y del río Desaguadero, los Urus, que salvaron sus vidas, su origen y sus antiguas y profundidades históricas, incluidas sus cosmogonías y ritualidades como las del carnaval.

Un origen que luego sería indagado para develar sus misterios, algunos los vincularían con la cultura Wankarani, Arawak o incluso con la antigua polinesia, lo que no cambió en todo caso fue el frío, la aridez y salinidad del territorio Uru Chipaya, la lejanía en la que continúan habitando sus herederos en la provincia Carangas, el pueblo de Sabaya, los entornos del lago de Coipasa o del rió Laka Jahuira que a pesar de la adversidad les permite la subsistencia gracias a la agricultura y la pesca, principalmente, que los ha convertido en expertos productores de quinua, cañahua o ajata. Aunque, como en siglos anteriores, durante largos periodos siguen apelando a la migración a territorios vecinos como el chileno o peruano en busca de mejores días.

Quwak y Wari se mantienen en el panteón de las máximas deidades Uru Chipayas, con los carnavales siguen vivas en la memoria y aparecen año tras año, a pesar de la superposición de mitos, realidades e historias, porque estos dioses han tenido la fuerza y la tenacidad para resistir los embates violentos del imperio aymara, de la fuerza inquisidora de la colonia española y del abandono republicano y contemporáneo, pero que no pudieron doblegar a una civilización tan antigua como el mundo antes de la aparición del sol y a sus deidades que habitaban el Uracharku, los mundos del fuego; la de los estremecimientos terrestres y estallidos estruendosos de los volcanes.

Y en esa superposición de cosmogonías, historias y cotidianidades producto de invasiones, extirpación de idolatrías, las celebraciones Uru Chipayas al parecer se transforman en lo que hoy conocemos como el carnaval de Oruro, las deidades de las oscuridades volcánica Wari en tiempos coloniales los curas agustinos que se asientan en Oruro con el mandato de convertir a los nativos y extirpar las idolatrías, imponen el culto a la Virgen de la Candelaria, como develan las investigaciones de Teresa Gisbert, y la entronizan en Sabaya para extinguir los cultos antiguos al volcán y a las deidades Uru Chipayas, siglos después la santa se convertiría en la Virgencita del Socavón, patrona y —Mamita— del carnaval de Oruro.

Sin embargo, el desplazamiento de la originaria celebración prehispánica Uru Chipaya a Oruro durante el periodo colonial evidenciaría la permanencia de ritualidades en lo que luego se conocería como la gran fiesta de Ito y su danza “llama llama”, a pesar de la férrea prohibición del colonizador que obliga a extinguir ese tipo de ceremonias “paganas”, ritualidades “demoníacas” y festividades “profanas” desde el siglo XVII pero que persisten bajo los ropajes de las nuevas santidades cristianas y de los disfraces que se cubren a las deidades originarias, hasta que con el correr de los siglos se convierte en un ritual profundamente católico, la gran fiesta de Ito, las ritualidades subterráneas y danzas como el “llama llama” se erigen como la Fiesta a la Virgencita del Socavón con la fuerza mágica y envolvente de “la Diablada”, danza en la que convergen las reverencias a las deidades de los mundos subterráneos, como los de volcanes, minas y profundidades, como el tío de la mina, para fundirse en expresiones de devoción, agradecimiento y anhelos.

Paralelamente en parte del mundo europeo, de aquel que se desplaza a la denominada mesoamérica con “el descubrimiento de América”, el carnaval se consolida como una celebración pública que se realiza antes de la Cuaresma Católica con presencia de desfiles, danzas y disfraces, con márgenes de permisividad, explosiones de descontrol y ritualidades mundanas cuyos orígenes se superpondrían a las celebraciones paganas realizadas en honor a Dionisio de la mitología clásica griega, dios del vino e inspirador del éxtasis y la locura ritual producida por las bebidas espirituosas como el vino.

Pero Dionisio, como muchas otras deidades del panteón griego, será descrito como femenino o «masculino-femenino», facetas que se dejarán entrever también entre los mortales en sana cordura o bajo el cobijo del vino o de los sinfín de licores ya inventados para entonces.

Posteriormente, durante el imperio romano, Dionisio será conocido como el dios Baco, el dios del vino, capaz de poner fin a las preocupaciones y de posibilitar la conexión entre los vivos y los muertos, del culto a las almas a través de la música, además de ser el patrono de la agricultura, y de ahí la conexión con las ritualidades impuestas a los originarios de los Andes en honor a la fertilidad de la tierra, así como patrono del teatro, deduciendo su nexo con la danza y la teatralidad ritual de lo que sería el carnaval y la recreación constante de diversos personajes.

Sin embargo, el dios Baco ostentará un linaje de enorme importancia, fue uno de los hijos del dios Zeus con su amante Sémele y biznieto de la diosa Afrodita, la diosa del amor, la lujuria, la belleza, la sexualidad y la fertilidad, sin duda, referentes incuestionables de enorme seducción para tan fascinante investidura, que se superpondrán a los universos míticos de las culturas originarias de los Andes, incluidas la de los Uru Chipayas.

Durante el medioevo europeo las celebraciones griegas en homenaje a Dionisio y las celebraciones romanas en honor a Baco se extienden al amparo del catolicismo con una suerte de paradojas en las que se entremezclan la religiosidad y las formalidades litúrgicas de la Cuaresma y el paganismo, como frentas a las represiones religiosas impuestas y que al amparo del pecado original condenaron la sexualidad y el erotismo al mundo de los infiernos. En todo caso, la historiografía siguiendo las distintas vertientes de la ritualidad carnavalera coinciden en que su origen tiene raíces —paganas— ajena a las liturgias de Cuaresma, pero convergente en fechas de celebración.

Ceremonias “paganas”, ritualidades “demoníacas” y festividades “profanas”, herencia de los Uru Chipaya, del medioevo inquisidor y colonial, posiblemente también de los sumerios, de Dionisio, Baco y la Cuaresma que se recrean siglo tras siglo, año tras año durante el carnaval, con una polifonía de expresiones culturales, despliegues de artes e intersecciones culturales traducidas en ritualidades que se danzan en máscaras, bordados cada vez de mayor sofisticación, joyerías mestizas e innovadoras, en modas de policromías de enorme belleza, que se van gestando desde octubre con una serie de convites, ensayos y encuentros, en medio de ahorros y esperanzas, que luego confluirán en la Gran Procesión o Entrada que se extiende a lo largo de varios kilómetros al son de la potencia mágica y envolvente de las bandas y de miles de bailarines y bailarinas que depositan sus sueños, esperanzas y promesas en los recorridos que les conducen hasta la Mamita, la Virgencita del Socavón, cuyo santuario a más de 3.000 metros de altura coloca a la capital orureña como la sede del folclore boliviano y a la festividad como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, declarada por la UNESCO el 18 de mayo del 2001.

Carnavales en los que se condensan cosmovisiones, humanidad, materialidad e inaterialidad, tradición, modernidad y reedificaciones de cosmos, naturaleza, familia o dinámicas sociales.

Celebración y ritualidad que se ha convertido en una de las representaciones más importantes de nuestro país, en la que se entremezclan paganismo, religiosidad católica, majestuosidad folclórica, despliegue de interculturalidad; sin embargo, los legados de las culturas Uru Chipayas año tras año quedan invisibilizadas, su religiosidad y la fuerza del espíritu poderoso de Wari se debaten entre los olvidos humanos y estatales, y como negándose a desaparecer cotidianamente las deidades del Uracharku a pesar de su salinidad, aridez, frió, inundaciones, ausencia de recursos y políticas productivas día tras día no abandonan a sus pobladores, bendiciéndoles austeramente con la quinua, las papas y algunos frutos de las aguas cada vez más amenazadas por la contaminación y el abandono, como demostrándonos de manera férrea que las divinidades están encarnadas en la naturaleza misma, con sus deidades subterráneas como las vertientes, los sonidos del Sereno que bendicen la magia de los instrumentos de música, de los vientos intensos que ahuyentan la amenaza de las inundaciones o redimen la bendición de las lluvias sobre los escuálidos sembradíos. O de la intensidad del brillo de las estrellas que vela por los sueños de quien las mira.

Ritualidades que la endeble modernidad no ha podido comprender en su magnitud y que las religiosidades desde las prehispánicas, medievales hasta las cristianas, a pesar de las superposiciones, que no han logrado acallar y quizá por ello los carnavales en esa suerte de misterios, de causas y azares, reivindican los nexos comunes de Wari, Wiracocha, Dionisio o Baco, posibilitando esas conexiones entre la vida, la muerte y el misterio que nos une desde lo pagano o religioso, enmascarados o no, ataviados con disfraces cotidianos o festivos en medio de música, bailes, descontrol o desenfrenos, expresiones tan profundamente humanas como la fuerza y los ciclos creadores de la naturaleza, los misterios de la espiritualidad o las fantasías efímeras, a la que difícilmente se le pueden poner fronteras…

 

*     Feminista —queer— y periodista

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