octubre 27, 2020

El dedo en la llaga: A propósito del Día Internacional de las Mujeres en Bolivia

El 8 de marzo nos despertó con cohetillos, mixtura y serpentinas, libaciones y ofrendas a la Pachamama. Pero esa alegría nada tenía que ver con el Día Internacional de las Mujeres, sino con una de nuestras más apreciadas festividades nacionales. Nos pilló en día feriado, en martes de “ch’alla”. En La Paz, además, nos encontró en medio del pesar que provoca ver nuestra “ladera este” desplomada y a centenares de familias deambulando entre refugios y campamentos, con la mirada perdida y el corazón acongojado después de haber perdido sus hogares y, dentro de ellos, todo lo que poseían.

Que este contraste de imágenes —en que la fiesta coexiste con la tragedia, con lo inesperado e impredecible que sacude las vivencias habituales— tenga por escenario justamente una fecha emblemática e histórica para los feminismos es altamente simbólico. Sobre todo, porque la lucha por la igualdad sexual no ha sido nunca un camino llano, despojado de contradicciones, sinsabores y enfrentamientos agónicos y antagónicos.

Así, trazar puentes solidarios y esclarecer los distintos nortes que orientaron y orientan las luchas por la igualdad política de las mujeres implica combatir en dos frentes: uno, asignando al derecho a la diferencia un contenido interpelador para debilitar desde lo socio-cultural las lógicas excluyentes que también se hacen presentes en la institucionalidad democrática; y dos, reafirmando el argumento de que, dado que la opresión de las mujeres es una situación política específica, ésta debe ser enfrentada sin tratar de asimilarla a otras exclusiones o jerarquizando las mismas, lo cual puede llevar a suponer que, una vez superada la exclusión mayor o la que se considera fundamental, las demás quedan resueltas por añadidura.

Si bien estas tácticas han sido a su vez antídotos eficaces que, mezclando ingredientes diversos y, sobre todo, incluyendo altas dosis de creatividad, han evitado que las prácticas de poder jerárquico fundamentadas en la exclusión de las mujeres se practiquen sin cuestionarse, ya sea de formas explícitas o solapadas, en esta edición queremos reflexionar sobre el 8 de marzo y todo lo que evoca sin idear recetas y curas, sino más bien colocando el dedo en la llaga.

Es decir, reexaminando críticamente los discursos, las posiciones y las prácticas políticas y sociales que han hecho que la discriminación y exclusión de las mujeres se enraícen en el imaginario social como formas de relación y que sigan incrustadas en el mismo como una estructura poco objetada desde lo público.

Visibilizar lo que supone responsabilizar a las mujeres como únicas actoras de la economía del cuidado, denunciar la violencia sexual y el feminicidio, insistir en que el Estado debe garantizar el ejercicio de dos derechos esenciales como el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y el de acceder a la justicia —que implica incluso cuestionar órdenes normativos discriminantes—, exigir que en la institucionalidad ejecutiva figure un Ministerio de las Mujeres y articular un feminismo comunitario que proponga eliminar no una sino todas las formas de opresión, son algunas formas de redirigir las miradas políticas, sociales, económicas y culturales hacia esa llaga que permanece abierta, que molesta, duele o rebela y obliga nuevamente a asumir la crítica feminista como un enfoque vital, como una secuencia de prácticas que preceden a la teoría y como un movimiento múltiple y comprometido en la lucha por la justicia social.

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