octubre 24, 2020

Subversión de las jerarquías Carnaval y anata

por: Edgar Arandia Quiroga

El carnaval, con sus ritos laicos, forma parte hace décadas, de la sociedad consumista que desea divertirse en lugares donde ofrecen una serie de servicios, ligados a una semana de intensos festejos. Río de Janeiro, Venecia y en Bolivia, Oruro, Santa Cruz, La Paz, Tarija y en cada lugar de nuestra amplia geografía donde se festeja de variadas formas y de manera frenética. En nuestro país el Carnaval es muy importante, porque reúne en la fiesta el entramado social disperso y fragmentado durante todo el año, en muchas ocasiones, confrontado en las luchas sociales; sin embargo estos festejos tienen la virtud de retejer el arco iris de la diversidad plurinacional.

Antes de la llegada de los conquistadores ibéricos, en territorios andinos se celebraba el Jacha Anata o tiempo de jugar, un ritual pre-siembra para la fertilidad de la tierra, realizada cada mes de febrero o marzo, coincidiendo con el Jallupacha o tiempo de las aguas. Para esta etapa agrícola, la música tiene que ser interpretada con determinados instrumentos como la tarq’a, pinqillu, mohoceño considerados los apropiados para estimular la fecundidad y dedicado a la memoria de las almas y los muertos, apelando siempre al retorno simbólico.

Los bailes y la música son los componentes indispensables que corona el ritual con la ch’alla a la Pachamama que incluye la mixtura, frutas, confites, alcohol y vino de ch’alla. Parte de este ritual trascribe Paredes Candia:”Los indios exclamando ¡Huipha! que es su grito de alegría, se echan con flores y confites, con la denominación de chayahua y se golpean las espaldas con el fruto del membrillo o la lucma, embutidos en unos aparatos colgantes, tejidos de hilos de lana de colores diversos y pintorescos llamados huichi-huichi”.

Toda esta expresión cultural fue trasladada a las urbes y sufrió variantes, mientras que en el área rural dura un mes, en la ciudad de La Paz se acomoda entre los meses de febrero y marzo, por tratarse de una fecha movible. Para estas fechas las mieses están maduras, el ambiente tibio que hace propicio el goce y el jolgorio.

En la ciudad de La Paz, la división tradicional del carnaval empieza el jueves de comadres que fue rescatado del olvido, el viernes de ch’alla en las oficinas públicas, continua el sábado en la que los niños de las escuelas y los jóvenes de colegios son los protagonistas, apareciendo los primeros disfrazados. Es costumbre también que en talleres y fábricas se ch’alle.

El domingo es el Corso infantil, con la participación exclusiva de niños que se presentan, acompañados de sus padres, en la Av. 16 de julio.

La Entrada de Carnaval es programada para la tarde, presidida por la Municipalidad, con los pepinos por delante, que junto al chuta, son los personajes más emblemáticos del carnaval paceño, además de grupos de disfrazados que ingresan burlándose de los políticos de turno y ridiculizando a los personajes nacionales e internacionales.

Aquí, las jerarquías desaparecen y el mundo se invierte, los poderosos son escarnecidos por el pueblo, en una especie de revancha de los más sufridos. Todo es válido para divertirse, la imaginación y creatividad se encargan de hacer divertir a la gente que acude a la entrada. El juego con agua y —antes de su prohibición durante la Guerra del Chaco, la harina— se expande por las calles y en todos los barrios de la ciudad se vive un ambiente de euforia y alegría.

El día lunes se lleva a cabo el Jiska Anata, una entrada de danzas indígenas y mestizas que le dan un toque de belleza y una singular muestra del patrimonio cultural de La Paz, en la que grupos de lujosas morenadas, chutas, negritos, doctorcitos, kullaguas y diferentes fraternidades y comparsas irrumpen por el centro de La Paz.

En las noches, las miles de fiestas en locales y plazas convierten a la hoyada en una enorme caja de resonancia. Una alegría frenética está preparando el martes de ch’alla. Este día se preanuncia con el estallido de cohetes, fuegos de artificio y las casas y mercados se adornan con serpentinas, globos, flores. Se echan pequeñas cantidades de alcohol o vino de cha’llar a los lados de las puertas, en las esquinas de las casas y los puestos de los mercados, como ofrenda a la Pachamama.

Es un día familiar y festivo, en los hogares se preparan las parrilladas que se adivinan en los humos que suben desde las miles de terrazas de la ciudad, también se come el puchero, un plato pantagruélico con frutas de la estación, como duraznos, peras, lúcumas, con varias clases de carnes, igualmente la chanfaina de riñón de vacuno, aderezado con ají colorado y en todas las ocasiones con libaciones de cóctel de tumbo y abundante cerveza. Para los paceños, especialmente, al decir de don Zenón Fernandez :”Todo hay que ch’allar porque dicen que todas las cosas y especialmente la casa son como personas, que tiene hambre y tiene sed, por eso hay que darles de comer y beber” Se ch’alla para que todo ande bien.”

El día miércoles, a principios del siglo XX, los fieles, después de escuchar misa y recibir la cruz de ceniza, se dirigían al campo, para empezar la Cuaresma comiendo el Aptapi; donde cada amigo, fraterno o familiar aportaba con algo para una comilona en comunidad, luego del banquete empezaba el baile y las libaciones que —generalmente— concluían al día siguiente.

El sábado y el domingo, llamados de tentación, se continúa con la fiesta en locales públicos y barrios, bailando y bebiendo. Es el momento de los chutas, conocidos también como aljeris y corocoreños, que se instalan en la zona del cementerio para realizar la salida del carnaval.

En los últimos años, se revitalizó el desentierro y entierro del pepino, convirtiéndolo en un show mediático, como un performance de arte contemporáneo.

Toda estas conexiones entre las tradiciones dela Edad Media europea y la cultura indígena ha producido un carnaval singular que se diferencia del carnaval cruceño, del orureño y tarijeño, sin mencionar la riqueza simbólica de los centros mineros que durante siglos han madurado unas prácticas culturales relacionadas al Supay, la divinidad de la Manqa Pacha, el mundo de abajo.

Veamos ahora las relaciones históricas, empezando por asegurar que el carnaval se origina en diferentes prácticas paganas, no solamente de las saturnales romanas. La palabra misma tiene un origen un origen altomedioeval. Así en el año 965 en un acta redactada en Subiaco, se menciona carnelevare, como a uno de los tres momentos del año previsto para el pago de rentas a una abadía. Otros términos usados a partir de esa fecha son carnisprivum y carnislevamen, del latín tardío y que ordenan la privación de la carne.

En un principio se designaba a los días que precedían al período de penitencia, previsto por el cristianismo; la Cuaresma, presente en el calendario litúrgico desde el siglo IV. Dada la inminencia de un largo período de privaciones y de abstinencia, los campesinos recurrieron a sus referentes culturales pre cristianos, como el paso de una estación a otra y comportándose precisamente de manera contraria a lo establecido por la Iglesia para afrontar la dura penitencia. Se consumía lo que quedaba de las provisiones del invierno y con ello se pretendía la fertilidad y la abundancia futura. Esta ligazón permitió que el carnaval se fundiera sin problemas con el anata andino. Toda la tradición europea del carnaval tuvo una asimilación sincrética de variada forma en las distintas regiones bolivianas y es una parte muy importante del patrimonio cultural porque revela un imaginario extraordinario de las concepciones de la vida y la muerte.

*          Director del Museo Nacional de Arte Artista y antropólogo

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