octubre 25, 2020

Fran Lebowitz: mordaz, honesta y adorable

por: Pilar Uriona Crespo

Ser graciosa/o es una condición natural. No existen técnicas, consejos, ejercicios físicos o mentales que permitan incrementar la capacidad humorística. Se nace con ese don, al igual que se nace predispuesta/o a alcanzar una cierta estatura, a tener un color de ojos y una fisonomía especial.

Pero transformar la ironía y el ingenio con los que se nace en elementos creativos, útiles para sacudir la pasividad cotidiana requiere un esfuerzo reflexivo, solitario y auto-impuesto. El humor literario y artístico, entonces, es transformador en la medida que surge de una detenida disposición a no dar nada por hecho y abrirse así a la observación social.

A sus 62 años, la escritora judía y ensayista crítica Fran Lebowitz no ha abandonado dicha disposición. Más bien, ha reafirmado su decisión de intervenir opinando y disertando sobre temas polémicos que hacen a la política mundial y norteamericana y de explorar vigorosamente otras formas de conciencia con las que convivimos e ignoramos, por ejemplo, la visión infantil del mundo. Para Fran, quien jamás deja de sonreir levemente cuando se presenta en las entrevistas, las niñas y los niños encarnan otra dimensión y por ello pueden ser definidos como “animales que hablan, casi miembros de otra especie”.

Así Lebowitz, aún sin buscarlo, termina transformándose en todo un personaje, toma la palabra y se presenta al público con total desparpajo, planteando máximas, ridiculizando límites e indagando o preguntando a su entorno, de manera franca y sin aires de superioridad, si el modo en que la organización social y económica predominante traduce humanidad y en efecto valora la expresión anímica transformadora con que aportan al mundo el habla y la escritura.

Pero comprometerse con la libertad como sustrato para crear exige hacer diferenciaciones: la más importante es tener en cuenta que lo que una/o escribe no expresa lo que una/o es. Como acto íntimo, que posee su propio tiempo, la escritura nos enfrenta a profundos temores y, como bien apunta Lebowitz, nos impone un marco relacional “con la pluma y el papel, con el tiempo, con el pánico de no ser suficientemente capaz o con el miedo de serlo y asumir expectativas propias y de otros”.

En esta conexión de impresiones es imperativo no olvidar que disertar y escribir son actos que tienen senderos propios. Uno no potencia al otro, ya que se puede ser un/a notable escritor/a y poseer escaso talento para hablar en público.

Compartir estas visiones siendo brutalmente honesta y directa, empleando la ironía punzante sin descalificar, pero evidenciando una lucidez envidiable hace que Fran Lebowitz me permita sentirme en sintonía con su mordacidad constructiva y amable y que pueda definirla en dos palabras: absolutamente adorable.

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