octubre 30, 2020

La condena de las mujeres comenzó con el Génesis

Creó, pues, Dios al hombre a su imagen;

a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.

Génesis 1:27

La historia ignorada: Lilith

Lilith fue la primera mujer, la culpable. Quiso crecer libre para no vivir atrapada y decidió volar, no se dejó gobernar. Ni heroína ni princesa no se dejó someter e, independiente en su forma de ser, no se dejó someter, para crecer libre, como canta bellamente Pedro Guerra.

Pero vayamos al origen. Según registros de la literatura Rabínica y la Cábala antigua Lilith fue la primera esposa de Adán mucho antes que Eva. La historiografía judía sostiene que Dios crea con barro de la tierra a Lilith y Adán, por lo que Lilith y Adán gozan del mismo status social y viven en plena igualdad, habiendo engendrado a Shendim, Linin y Ruchin. El desencuentro entre Adán y Lilith surge cuando él quiere obligarla a ponerse debajo: «¿Por qué he de acostarme debajo de ti? -preguntaba-: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual», Lilith siente la gran ofensa por ser su igual y, negándose a la subordinación, huye del jardín del Edén.

Adán ofendido se queja a Dios por el abandono y éste envía a sus ángeles a que busquen a Lilith para que retorne al Edén. Los ángeles recorren toda la tierra hasta que la encuentran en el Mar Rojo, un lúgubre lugar en el que habitaban demonios. Infructuosamente los ángeles quieren disuadirla para que vuelva con Adán, pero ella se rehúsa y como castigo Dios, según afirma la historiografía, condena a Lilith para que todos los hijos que engendrara muriesen, pero previamente pariría hasta cien hijos al día con desgarradores dolores de parto.

Por ese motivo Dios crea a Eva de una costilla de Adán, sustituyendo el génesis y primigenia igualdad por la sumisión de la mujer a su marido e instaurada desde el mandato divino. Por lo que Lilith, posteriormente, se dedicaría a seducir en las oscuridades a los hijos de Adán y Eva, además de mutar en serpiente, para seducir a la propia Eva. Según las tradiciones judías medievales Lilith intenta vengarse asechando a los niños menores de ocho días, incircuncisos.

El mito de Adán y Eva y el pecado original

A partir de entonces para el mundo la presencia de Lilith durante los siguientes siglos se ensombrece y no figura en libros -sagrados- como la Biblia o el Corán que configuran otra realidad al presentarnos a Eva como la primera mujer. ¿Distorsión histórica?, engaño?, tergiversación intencional? Quien sabe. Lo cierto es que los libros -sagrados- registran que durante el sexto día de la formación del mundo Adán fue creado primero y Dios, al verlo solo, decidió que necesitaba una compañera, quien fue creada partiendo de una costilla del hombre. Sin embargo, para probar su fidelidad y obediencia Dios les da el mandato de no comer fruto de un sugestivo y misterioso árbol, el de la ciencia del bien y del mal, y que si contravenían el mandato morirían.

Aparece en escena la encarnación suprema del mal, la serpiente, que tienta y engaña a Eva para que coma del fruto prohibido y se lo dé a Adán y, como registra el Antiguo Testamento, Dios los castiga con el dolor, la vergüenza ante su desnudez, con la muerte y el trabajo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19) y, además, condena a Eva con la maternidad: “parirás a tus hijos con dolor” (Génesis 3:16).

Desde entonces, para las religiones judía, cristianas y católica las mujeres estamos condenadas, como Eva, a vivir subordinadas, con el -pecado original-, pariendo y dando vida con desgarradores dolores, en desvelos eternos para proteger y cuidar, pero eternamente pecadoras, iniciando una historia de sumisión y culpa eterna. Y si bien Lilith desaparece de la historiografía religiosa, su figura asociada a la vil serpiente tentadora estará presente encarnando el mal, los pecados carnales o la condena a los infiernos, aunque la memoria larga y cierta mitografía desde diversas culturas reivindicará su fuerza transgresora y liberadora.

Las “cortesanas sagradas”

Para comprender la complejidad de la historia, de los mitos de origen y de sus superposiciones es necesario indagar en otros antecedentes y así comprender la significación de sus desplazamientos, como aquellos estudios que sostienen que pocos miles de años antes de Cristo, en realidad Lilith y Eva, además de otras figuras bíblicas, son tan sólo superposiciones de antiguos mitos de origen mesopotámicos, tanto sumerios, asirios como babilónicos. En ellos se afirma que Lilith tiene como antecedente a Ishtar, la diosa del amor, la guerra, la vida, la fertilidad y la procreación. La diosa Ishtar es asociada también a la ritualidad creadora de la sexualidad en cuyo honor emerge la prostitución sagrada en su ciudad Uruk, también sagrada, y que adopta el nombre de “ciudad de las cortesanas sagradas”, porque en honor a sus dioses se entregaban a ellos para garantizar la procreación de la naturaleza, de las plantas, los animales y los humanos. Ishtar misma era la principal “cortesana de sus dioses” y en consecuencia, tenía muchos amantes divinos, pero si no protegían a su pueblo podía causarles la muerte.

Sin embargo, de este lado del mundo dicha mitografía no fue rescatada, quizá por el peso de los textos sagrados que impidieron que esas historias profanas lleguen a nosotros, a pesar de que dichas civilizaciones fueron el sustento de sus cimientes históricas, particularmente la Sumeria, una de las civilizaciones más antiguas donde diosas como Ishtar son ampliamente veneradas, irradiando su poder a gran parte del Oriente Medio, cuna religiones como las judeo cristianas donde esta diosa, conocida como Inanna, se erigirá durante siglos como la Reina del Cielo y Señora de la Tierra, sintetizando el arquetipo de la Diosa Madre, como afirma el experto mitólogo Joseph Campbell.

Ishtar fue hija de Sin, dios masculino de la Luna, lo que la encumbró como dama bélica y a la vez exponente del amor, la libertad con matices de -licenciosidad-, la intemperancia y la violencia caprichosa. También encarnaría dimensiones astrales al grado de personificar a planetas trascendentes para la vida humana como el Sol, la Luna, Venus y a conglomerados de estrellas y constelaciones, por lo que se afirma que la palabra estelar, entendido como todo el firmamento lleno de estrellas, se inspira precisamente en Ishtar o Inanna, por lo que desde entonces se la representa como una estrella de ocho puntas.

Desde su faceta de divinidad amorosa Isthar o Inanna fue protectora de las prostitutas y de los amores extramaritales, las que culturalmente eran aceptadas con naturalidad y no tenían connotación especial en la antigua Babilonia, puesto que la unión matrimonial era un contrato, solemne por cierto, cuyo objetivo era el de perpetuar a la familia como sostén del estado y como generadora de riquezas, pero en el que no se hablaba de la obligatoriedad del amor o de fidelidad amorosa.

La sacra hierogamia

Ishtar no fue una diosa del matrimonio, ni una diosa madre. El matrimonio sagrado o la sacra hierogamia que se representaba todos los años en el templo babilónico, sin implicaciones morales, tenía como fin generar ritualidades en honor a la fertilidad, aunque nutriéndose de tonos litúrgicos.

¿Pero qué era la prostitución sagrada o la sacra hierogamia? Se estima que hace más de tres mil años a.C. en el Oriente Medio, particularmente en Babilonia, en las ciudades cananitas y luego en la ciudad griega de Corinto se practicaban actos de amor carnal al interior de lugares consagrados o templos, como una de las formas de culto a Ishtar y que para asegurar su veneración se consagraban vírgenes al servicio del templo, dedicándolas a la prostitución sagrada, es decir a la prostitución selectiva. En dichos templos moraban jóvenes y bellas sacerdotisas que consagraban su tiempo al servicio de la diosa que incluía actos de fornicación con horarios fijos de culto y que no aceptan desviaciones más allá del acto sencillo y directo.

Las prostitutas sagradas o sacerdotisas tenían gran prestigio. Los antiguos escritos registran que el tratamiento del que eran objeto fuera de los templos era honorable. Se afirma también que los adolescentes debían consagrar su primer acto sexual a la diosa Ishtar o Inanna, en un ritual dotado de gran solemnidad, por lo que dicho acto debía consumarse al interior del templo. Sn embargo, actuales registros afirman que sobre esta forma de veneración carnal directa a la diosa hay escasas referencias documentales, aunque se encontraron representaciones en arcilla en los depósitos de algunos templos de Oriente Medio y algunas referencias en escritos de Heródoto, Diodoro Sículo y en Luciano, las que se replicaron en escritos posteriores como la Biblia en la que se califican a estos rito como actos “abominables” de las canaanitas, como adoradores de una diosa lasciva de origen babilónico.

Tres mitos diversos

Investigaciones recogidas por la historiadora María Isabel Brito Stelling dan cuenta que la diosa babilónica Innana/Ishtar encarna a su vez tres diferentes mitos y, por tanto, tres maneras distintas de su reinado divino con ritualidades igualmente particulares: la divinidad y sacralización del amor carnal, la divinidad sensual, concernida especialmente con el sexo extramarital y la dimensión marcial de la diosa en tanto Señora de las Batallas asociada con Venus, la estrella de la tarde.

Y en esa suerte de rastrear la memoria y los mitos de origen de la opresión de las mujeres se develan leyendas que entremezclan quimeras, pasados y esperanzas como la Leyenda de los siete velos, inspirada precisamente en la diosa Ishtar, señora del firmamento, poderosa diosa del amor y de la guerra que tuvo como primer esposo a su hermano Tammuz, posteriormente conocido como Adonnis en las culturas fenicia y siria, un mortal que al contraer matrimonio con Inanna le garantizó la fertilidad de la tierra y la fecundidad de la matriz.

Al morir Tammuz la leyenda cuenta que desciende a los infiernos obligando a que Ishtar o Inanna enfrente sus miedos, a pesar del dolor e ira indescriptibles y vaya en busca de su amado en el inframundo constatando con desesperación que las corrientes de la fertilidad sobre la tierra se secaban.

Sin embargo, a pesar de la muerte, Tammuz seguirá fuertemente unido a Ishtar aunque durante seis meses al año debía vivir en el mundo de los muertos e Isthar sufrirá su pérdida; sin embargo, en primavera saldrá nuevamente y todos se llenarán de gozo. Con pasión y determinación la diosa cruzará los siete vestíbulos del submundo, y en cada uno de ellos se irá despojando de una de sus pertenencias: un velo o una joya, que representan lo oculto, las cosas que escondemos de los demás y, sobre todo, de nosotros mismos/as.

Y en esa suerte de desplazamientos míticos e históricos, los cultos a Ishtar/Inanna alimentarán la mitografía de Lilith y, siglos después, generarán el culto a la Afrodita corintia, donde al parecer la prostitución ritual habría continuados hasta el periodo romano, tal como registran los escritos que relatan las experiencias que se desarrollaban entonces en los templos corintios, antes de la destrucción de la ciudad en el 146 a.C.

Las coincidencias remotas y primigenias

Lilith e Ishtar condensan arquetipos de liberación, irreverencia, rebeldía e independencia y en las religiones judeo cristianas a lo largo de los siglos transitarán como mujeres satánicas, demonios cautivantes, capaces de dar vida y reinar en los inframundos. Deidades que, a pesar del silencio religioso en torno a ellas, siguen seduciendo con su esencia de erotismo femenino, sexualidad proscrita desbordante, de naturalezas fértiles pero peligrosas por su capacidad de dar vida y por traducir los misterios de las vidas vegetales, animales y cósmicas.

Los orígenes del patriarcado

Mitos, historia, fantasía o quimera a pesar de los milenios y las distancias, físicas o culturales, esculpieron nuestras memorias largas con las mismas narrativas, como bien afirmaba el máximo estudioso de la mitología, Joseph Campbell: “Los mitos han existido desde siempre, están en la raíz de cada pueblo, de cada tradición conocida, son la base de nuestra inmensa riqueza cultural. En tiempos remotos, los seres humanos encontraban en ellos pautas y ejemplos, consejos, direcciones y vías para encauzar la trayectoria que debían dar a sus propias vidas. Veían en ellos el camino que podía llevarles al descubrimiento y a la realización del sentido de la existencia, ese oculto y ansiado sendero que nos lleva al conocimiento de nosotros mismos, a saber que somos uno con los demás y con toda la naturaleza que nos rodea”.

Campbell, desde su erudición mitológica corrobora los diversos hallazgos afirmando que al final de la Edad del Bronce y en el amanecer de la Edad del Hierro (alrededor de 1250 a.C. en Levante) existió una especie de rebelión contra el poder femenino que instauró a la fuerza una cultura patriarcal. En el seno de esta revolución patriarcal se eliminó la veneración a diosas o dioses de la fertilidad, y comenzaron a triunfar héroes masculinos con valores patriarcales como la capacidad de acción, la valentía, la fuerza bruta, la capacidad de herir y defenderse…pero también, como nos muestra la Historia de Occidente, la práctica de aniquilar y destrozar culturas y de expoliar los recursos de los pueblos más débiles y pacíficos.

Para Coral Herrera, la arqueología demuestra que durante los últimos 40.000 años de la Prehistoria humana sólo se rendía culto al Principio femenino, a la Madre Naturaleza, o a la Gran Madre Tierra, todas ellas variantes de un mismo mito. Por ello las constataciones de esos pasados se tradujeron en producciones simbólicas antropomorfas de esculturas, relieves y grabados de todos los continentes, exclusivamente femeninas. Y es esencial recordar este principio y a estas mujeres, diosas creadoras y tenaces que compartieron la misma historia de las sirenas, las amazonas, las hetairas de los griegos -prostitutas sagradas, sabias, dadoras de vida- que, a pesar de milenios de invisibilización, de tergiversaciones histórico/religiosas, de inquisiciones extirpadoras de idolatrías, de imposiciones o posesiones demoníacas, de configuraciones monstruosas que las describe como pecadoras y ángeles caídas, cimentaron nuestras memorias. Con todo, las dualidades heredadas del árbol del bien y del mal no pudieron penalizar con el olvido a Lilith, Ishtar, Afrodita o Isis, porque sus legados emergieron luego con María, la madre de Jesús o con María Magdalena, la discípula favorita, la esposa, ambas condenadas en vida a huir hasta sus últimos días por la amenaza permanente de la lapidación, de la muerte.

*     Feminista queer y periodista

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