octubre 28, 2020

La nueva herejía

por: Pilar Uriona Crespo

Hace un par de meses, casualidad de por medio, pude conocer el sugestivo trabajo de la feminista radical autónoma Silvia Federici. Buscando nuevas formas de explorar el vínculo entre colonialismo y capitalismo, llegué a acceder a una reseña de su libro “Calibán y la bruja”.En ella se resaltaba que lo novedoso del planteamiento de Federici estaba en analizar minuciosamente la transición del feudalismo al capitalismo, enfocándose en los modos en que el control sobre los cuerpos de las mujeres como medio de reproducción —y de sus saberes como instrumento de cuestionamiento a un sistema inhumano de organización social— fue una de las armas más eficaces para instalar la explotación económica propia del liberalismo y el neoliberalismo.

Así, la estigmatización de las mujeres como brujas o herejes y el recurso al oscurantismo para acallar voces disidentes frente al nuevo sistema tenía como propósito su descalificación como sujetas, la degradación social de aquellas que integraban los sectores campesinos, populares y pobres, así como la marginación de cualquier reflexión o propuesta que pudiera situar la organización de la vida en un orden distinto al que se impulsa desde una visión egoísta.

En este proceso, la persecución contra mujeres mendigas, esclavas y prostitutas, definidas como peligrosas y demoníacas, asumió una violencia indescriptible e indignante, sobre todo cuando su ejercicio se justifica señalando que la tortura es la mejor arma para descubrir quiénes están con el Bien y quienes con el Mal, conceptos enajenados que cada cual describe en función de sus principales miedos.

Los tiempos han cambiado, las hogueras ya no abundan y los autos de fe son sólo un vago recuerdo de la socialización de dictámenes vinculados con las ejecuciones. Sin embargo, la lógica inquisitorial sigue en pie.

En el siglo XXI, la nueva herejía se llama “terrorismo”, los perseguidos y perseguidas son aquellos sospechosos de practicarlo. Los centros de torturas y de obtención de confesiones arrancadas siguen existiendo: ¿Qué son sino Abu Ghraib y Guantánamo? Y el Bien y el Mal se entremezclan y, desde su abstracción, construyen imaginarios distorsionados, atravesados de pánico, propuestos, asimilados y compartidos nuevamente —como siempre— desde los pequeños círculos que emiten los discursos cínicos del poder.

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