octubre 28, 2020

Inflación, Gasto Público y Salarios

por: Dr. Rolando Morales Anaya

Los precios suben por dos razones: el real desequilibrio entre oferta y demanda y el pronóstico (o creencia) de un desequilibrio futuro. Éste es más peligroso que el primero. El real desequilibrio entre oferta y demanda puede originarse en el aumento de la demanda o en la caída de la oferta. Generalmente (no siempre) el incremento de los ingresos de las familias, de las empresas o del Estado puede provocar mayor demanda y hacer subir los precios. Algunos fenómenos como el conocido familiarmente como desabastecimiento provocan lo mismo. El desabastecimiento puede generarse por fenómenos naturales que afectan a la agropecuaria y al transporte, por el aumento del precio de la divisa o por el alza de precios a nivel internacional. El alza de precios permanente y dispar es conocida con el nombre de inflación. Todos estos factores están presentes en nuestra economía desde hace unos tres años y lo estarán todavía por lo menos por otros tres. Desde el lado de la demanda, hay un incremento importante en los ingresos de las familias y del Estado como resultado de la bonanza externa que conoce Bolivia; hay crisis en el sector agropecuario tanto por factores naturales como por el descuido de este sector y los precios a nivel mundial seguirán subiendo debido al incremento sostenido de la demanda china y de los otros países asiáticos y al desvío de la oferta de productos agropecuarios hacia fines industriales y la producción de energía. Luego, hay condiciones objetivas para suponer que Bolivia sufra tensiones inflacionarias este año y los siguientes. Sin embargo, desde el lado de la demanda, hay una condición importante para que se constituya en un factor inflacionario: el gasto de los ingresos de las familias, de las empresas y del Estado. Hasta el gasolinazo del 26 de diciembre pasado, las familias y las empresas no parecían preocuparse por la inflación pues mantenían importantes cantidades de dinero en sus cuentas bancarias y los bancos tenían dificultad de canalizar esos dineros hacia el crédito pues muy pocos lo demandaban. El gasolinazo despertó a la bestia dormida. Familias y empresas empiezan a preocuparse por la conservación del poder adquisitivo de sus ahorros, buscan alternativas para ello. No pueden mantenerlos en dólares porque el Banco Central disminuye su precio periódicamente. No les conviene mantenerlos en moneda local, pues la inflación los erosionará. Luego, lo único que pueden hacer es comprar bienes y piensan que lo mejor es comprar bienes inmuebles. Tratándose de la demanda de bienes inmuebles, su efecto inflacionario es aún suave, pero poco a poco incidirá en la demanda de otros bienes, alimentando la inflación.

Sin embargo, es el sector público el que más preocupa. Tomando como base el año 2005, el ingreso del sector público (SPNF), estimado para el año 2011 en el Presupuesto General del Estado, se ha multiplicado por 3.6 veces, significando cerca del 60 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). En principio esto puede ser una buena noticia pero no lo es tanto. Los médicos dicen que es bueno tomar un vaso de vino todos los días, pero echarse encima una botella cada hora no lo es tanto. La comparación es buena, pues en ambos casos, el exceso provoca daños en la medida en que no se lo puede asumir. Tenemos una administración del Estado históricamente débil en sus diferentes niveles y se ha perdido la práctica de la planificación como consecuencia del cierre del ministerio de este sector después de las reformas neoliberales de los años noventa, de tal manera que se ha perdido el principio y las técnicas de la evaluación de costo/beneficio del gasto público tanto el corriente como el de inversión. El incremento del gasto público fue a la par del aumento del ingreso. A precios corrientes subió prácticamente lo mismo y a precios constantes se multiplicó 2.4 veces. Todos saben por qué subió el ingreso, pero, hay desconocimiento sobre las razones por las cuales el gasto subió tanto y cómo se lo puede justificar en términos de costo/beneficio. Algunos rubros importantes del gasto público como son los de educación y salud subieron en un 90 por ciento, es decir, con un incremento mucho más bajo del aumento del 3.6 veces del gasto total. Los gastos de inversión son cada vez más grandes en el presupuesto, pero, su ejecución sigue siendo baja, apenas alcanza a un 60 por ciento de lo programado. Los gastos de las fuerzas armadas y de la policía subieron en más del 70 por ciento. Los de las fuerzas armadas llegan a 294 millones de dólares y los de la policía a 270 millones de dólares. Estos son importantes rubros que ameritan análisis costo/beneficio, pues, en el caso de la policía no se aprecian mejoras en la seguridad ciudadana con el incremento de su presupuesto y en el de las fuerzas armadas difícilmente se podría justificar la compra de caballos, aviones, barcos y equipamiento de guerra. La población recibe información fragmentada sobre los gastos y se sorprende. Se menciona que el avión presidencial que tuvo un costo cercano a los 40 millones de dólares es un útil de trabajo, pero si es sólo para trabajar se puede comprar unidades similares en unos 4 millones de dólares. Se dice que no hay que preocuparse por el costo del satélite que Bolivia piensa lanzar al espacio porque está financiado por un crédito chino, pero un crédito no es regalo, como hay que pagarlo entra al rubro del gasto. Una vez más, no se sabe cuál es la relación costo /beneficio de esta millonaria inversión.

Luego, el gasto público preocupa tanto por su monto y su importancia en la economía como por su estructura, pues ambas variables inciden en la inflación. Por su monto porque incrementa la demanda en forma importante, por su estructura, porque no está orientado a incrementar la producción, en consecuencia, no mejorará la oferta. Pero, existe otra razón más importante aún de preocupación: la pérdida de confianza en el manejo de la cosa pública que puede alimentar expectativas inflacionarias muy difíciles de combatir.

En esas circunstancias, queda muy claro que las políticas monetarias aplicadas por el Banco Central orientadas a absorber dinero de manos del público y disminuir el precio de las importaciones poca incidencia tendrán para parar la inflación, pues, por una parte, el estado echa miles de millones de bolivianos a la economía a través del gasto público y por otra, pide al Banco Central de recoger una parte de ellos.

En las últimas semanas se ha presentado un panorama económico y político preocupante con la reivindicación obrera para el aumento de salarios sobre la base de la inflación observada el año pasado. Queda muy claro que un aumento salarial sin la disminución del gasto público en otros rubros generará más inflación la que a su vez provocará nuevas demandas de incrementos salariales y desestabilizará al gobierno. Pero a la luz de los datos mencionados anteriormente, sobretodo del crecimiento en 3.6 veces del gasto público, sería poco ético y poco razonable no escuchar las demandas laborales. La única salida posible ante este dilema es recortar algunos rubros del gasto para dar paso al incremento salarial. Determinar qué rubros podrían ser recortados amerita el estudio en detalle de su relación costo / beneficio. Instalar la posibilidad de hacer este ejercicio será muy beneficioso para el país ahora y en el futuro. Creo que se lo está logrando.

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