octubre 24, 2020

¿Técnica o tortura?

por: Pilar Uriona Crespo

En una ponencia presentada el 2001 en el Instituto del Mundo Árabe de París, con el nombre de “La violencia de lo mundial”, Jean Baudrillard sostenía que “la caída de las Torres Gemelas es el acontecimiento simbólico mayor de este tiempo” pues transmite “la fragilidad de una potencia mundial”.

Coincido plenamente con este filósofo en su apreciación, ya que, al igual que él, creo que atacar o invalidar un emblema de poder, mellarlo o destruirlo es el primer paso para generar fisuras, desmitificar y desestabilizar aquellos presupuestos que pretenden difundir la idea de que toda potencia mundial está por encima del bien y del mal.

Y matizo la misma incluyendo una reflexión mía: si un acto de agresión violenta genera tal impacto en los imaginarios e introduce la inseguridad y la incertidumbre como monedas de cambio en una sociedad que se creía totalmente resguardada de estas sensaciones, recuperar la confianza y re-posicionarse como referente de supremacía requerirá también recurrir a una contraofensiva eminentemente simbólica.

Así, el operativo realizado el1 de mayo para acabar con la vida de Osama Bin Laden ha tenido este efecto teatral y catártico para que quienes vivieron la tragedia del 11 de septiembre en Nueva York sientan, aunque sea por un momento, que se recuperaba el orden conocido: la justicia vencía al terror y se saldaban las cuentas pendientes.

Sin embargo, días más tarde, este “triunfo” se vio empañado cuando la CNN y otros canales de televisión difundieron la noticia de que el director de la CIA, Leon Panetta, reconoció en una entrevista que la información clave obtenida para ubicar a Bin Laden provino de dos prisioneros sobre quienes se aplicó “técnicas de interrogación coercitiva”, eufemismo que se emplea ahora para evitar pronunciar la palabra “tortura”.

Evidentemente, en nuestro siglo se palpa mejor que nunca la trascendencia de aquella máxima que proclama que “el fin justifica los medios” y que se registra como una constante histórica del ejercicio despótico de poder. Pero si bien cuando la misma se crea, el contexto donde pretendía aplicarse reivindicaba la monarquía como gobierno y promovía un ejercicio arbitrario de la fuerza para dominar con el temor, hoy en día se recupera esta frase como verdad incuestionable dentro de una discusión que pretende ser democrática, pero que termina siendo despolitizadora.

Queda claro entonces que el enfoque asumido por la lucha contra el terrorismo no ha pretendido basarse en un discurso ético donde se combata al mismo condenando la violencia que destila y que siempre atenta contra los derechos humanos. Más bien, ha posicionado un lenguaje y una práctica de guerra que en cuanto tal quita a la acción política cualquier posibilidad de ofrecer un espacio común de diálogo, fin al que debería tender.

En este caos, el cambio de significados es central para mantener la tiranía del miedo. La tortura se transforma así en una acción necesaria y justificable, dejando de ser una aberración inaceptable para transformarse en “el merecido” de quienes parecen no tener humanidad, pues son sobre todo objetivos que hay que doblegar o eliminar.

Si como señala Hannah Arendt, el lenguaje es pensamiento congelado, tergiversar su sentido, enredarlo y acomodarlo a lo que conviene es un acto desvinculante al que deberíamos resistir interpelando los subterfugios con que pretendemimetizarse. La tortura como práctica que espantó al mundo cuando se conocieron los niveles de crueldad empleados en Abu Ghraib y Guantánamo no ha dejado de aplicarse y es inmoral e hiriente afirmar, como lo hacía el ministro consejero de Estados Unidos en España, Arnold Chacón, que “ese país ha respetado siempre los derechos humanos de los presos de guerra y que, en todo caso, EEUU actuó mejor con Bin Laden que éste con sus víctimas”.

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