octubre 24, 2020

Los vericuetos del lenguaje y las palabras

Sonidos, silencios, miradas, sonrisas, pensamientos, sentimientos, movimientos corporales… Nuestro entorno, donde miremos, incluso el infinito, existe en la medida en que los nombramos a través de las palabras, que poseen un poder impresionante para seducirnos, conmovernos, pero también para herirnos y aniquilarnos.

Palabra adornada no es sincera.

Lao Tse

 

Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón.

William Shakespeare

 

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento.

George Orwell

Palabras que se transforman en lenguajes capaces de reinventarse permanente y, más aún, con las tecnologías de la información y la informática, que nos obligan a adaptar términos, a aprender nuevas formas de comunicación, a desplegar nuestras capacidades ante innovaciones que al parecer no tienen límites. Imagine hoy nuestra cotidianidad sin celulares, sin internet, sin televisión, sin sistemas satelitales, sin flash memory. Nos parece casi inaceptable y, para las nuevas generaciones, impensable!

La violencia comienza con el lenguaje

Sin embargo, las palabras nos siguen conmoviendo, nos siguen hiriendo. La esencia no ha cambiado y aunque sigan existiendo más de seis mil quinientas lenguas las paradojas y los dilemas cotidianos de las palabras y los lenguajes siguen cruzando nuestras humanidades desde lo más profundo de nuestro ser.

¿Quiere comprobarlo? Tan sólo imagine decirle hoy a un ser querid@, por facebook, twitter, teléfono o directamente, ¡INÚTIL!!!. Término suficiente para desgarrarle la autoestima, para robarle su seguridad. Y es que la violencia comienza con el lenguaje, con el poder que ejercen las palabras y con la carga histórica que conllevan.

Y aunque hoy la ciencia siga debatiendo sobre los orígenes del lenguaje y los enigmas que giran en torno al mismo, lo cierto es que desde siempre las palabras ejercieron una seducción y una fuerza probablemente indescifrable, mágica y también perversa.

Imagine que nos digan PECADORA. Más allá de la adscripción religiosa, estoy segura que coincidiremos en el peso negativo de la palabra: de hecho, nos evoca al pecado de Eva, a ese imaginario que denota culpabilidad y con el que por milenios las mujeres cargamos y por lo cual fuimos -condenadas- a parir con dolor y a encontrar la redención sólo con la fe en Cristo o en el cristianismo, en sus diversas vertientes.

Pecadora: tan sólo una palabra, no un discurso o un sermón, una palabra con un significado enorme, principalmente para las religiones de raíz judeo/cristianas, pero en la que se condensa un peso histórico de gran envergadura, porque ahí se asienta uno de los ejes sustantivos del patriarcado, del machismo y de la opresión hacia las mujeres.

Sin embargo, la historia guarda evidencias de que no siempre fue así, por ejemplo, al menos mil años antes de nuestra era para los griegos el pecado era simplemente -el fallo de una meta, no dar en el blanco-. Se refería concretamente al concepto de vivir al margen de lo esencial, por una actitud errónea no consciente. Pero la significación más antigua, la de los arameos, hace más de tres mil años, definía al pecado como ‘olvido’. Olvido de algo presente, “olvido” como dejar un objeto, a un lado o no tener presente a algo o alguien en un momento determinado, por diversas razones.

El pecado como lo entendemos en nuestro contexto hasta hoy viene de una concepción judeo cristiana, de un precepto religioso donde el mismo es un ‘delito moral’, una trasgresión voluntaria de normas o preceptos religiosos. Pecados que a su vez tienen diversas jerarquías como el pecado original, el venial, los capitales o el mortal, por lo que se les asignan castigos -pero graduales- según la magnitud de la transgresión y según las distintas creencias o corrientes religiosas al interior de lo judeo cristiano.

Pero para otras religiones como el budismo, el pecado no existe y, al término, a la palabra pecado se la entiende como ignorancia, como un “error moral”. Para el hinduismo, una religión de más de tres mil años de antigüedad, el pecado es una violación a las leyes de la naturaleza y se paga bajo la ley del karma, haciendo el bien a cualquier persona, no hablando o pensando mal de nadie.

Se da cuenta?, una sola palabra que connota tantas cosas. Imagine la carga discriminatoria y racista que todavía tiene la palabra INDIO o INDIA, una sola palabra en la que se condensan más de 500 años de colonialidad, dominio, exterminio, desgarres culturales, discriminación, racismo y subalternidad; a pesar del error original de Cristóbal Colón que pensó llegar a la India pero se encontró con las Américas y desde entonces se la utilizó peyorativamente y para marcar nítidamente las diferencias, desvalorizando los saberes, cosmovisiones, organizaciones sociales, ritualidades o la historia de millones de personas y de pueblos DIFERENTES.

Y al igual que las mujeres en los mundos católicos del primer milenio, los indios, hombres y mujeres del continente se consideraron seres sin alma y desde entonces se les condena a la marginalidad, a pesar de los esfuerzos de Fray Bartolomé de las Casas por defenderlos de inimaginables atrocidades como las relatadas en su obra “Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias”. Y si bien coadyuvó a que se las frenen, en el imaginario del continente lo indio se gravó bajo el estigma de lo subalterno.

Poder recrear, inventar, reivindicar

Sin embargo, entre las potencialidades de las palabras y los lenguajes está la reinvención, la posibilidad y capacidad para trastocar los significados, como la de convertir el insulto en reivindicación, en punto de cohesión y es el siglo XX el que evidencia estos cambios, profundos sin duda.

Cuando en las primeas décadas del mismo los afro norteamericanos demandan por sus derechos civiles -y casi de manera paralela los afro franceses, particularmente el poeta Aimé Césaire- apelan al insulto “negro”, de profunda carga despectiva, también para reivindicar su identidad negra, su historia y su cultura, al grado de convertirse, ambos, en movimientos de exaltación de la negritud, de articulación de ideales intercontinentales por alcanzar el respeto a sus derechos, inicialmente civiles, hasta movimientos independentistas, a pesar del dolor de la remembranza, de las canciones, poemas, cuentos, novelas, ensayos, o himnos religiosos a través de los cuales hacen escuchar sus intensas voces en las que descubren que hace cientos y miles de amaneceres, lunas y soles, días lluviosos, atardeceres o huidas dejaron de pertenecer al África.

Aimé Césaire poeta, literato y defensor de los derechos -de los oprimidos-, selló su paso por la historia porque puso su actividad literaria al servicio de sus ideales y compromiso, profundamente anti-coloniales y condensadas en una palabra, “negritud”.

Lo negro, la negritud hecha reivindicación posteriormente permearía, por ejemplo, la música, desde el jazz al hip hop de hoy, el cine, la plástica, el deporte, los graffiti, las estéticas juveniles interconectadas a lo largo del mundo, reificando dinámicas sociales, íconos, estéticas y propuestas en distintas partes del mundo, como testimonio de esa memoria larga anclada en el imaginario mítico y cotidiano de las personas de origen africano.

Algo similar ocurriría después con lo indio. El insulto se convirtió en arma reivindicativa, en cohesión para demandar respeto a los derechos de indígenas, pueblos originarios/nativos y campesinos, que a fuerza de resistencias centenarias hoy están presentes en todos los escenarios de decisión estatal, aunque claro, no exentas de tensión, contradicción, exclusión, violencias, clientelismo, pero también con propuestas, con compromisos, aunque sean los menos.

La fuerza de los prejuicios

Palabras y lenguajes que cotidianamente nos enfrentan al desafío de frenar el irrespeto, la subalternidad, el sexismo, la cosificación, la misoginia, las homofobias (lesbofobia, transfobia, bifobia). Y es que la fuerza de una sola palabra no está exenta de historia, de prejuicios.

Por ejemplo, los que encierra la palabra “puta”. El sólo verla plasmada en este modesto texto estoy segura que provocará más de una incomodidad, muchas molestias, algunas repulsiones, la que suscita una grosería no apropiada. Sin embargo, en su origen está lejos del insulto o la vejación contra las mujeres. El diccionario etimológico registra que la palabra PUTA proviene del latín -putta-, cuyo significado no es otro que MUCHACHA. En la mitología antigua romana PUTA era el nombre de UNA DIOSA MENOR DE LA AGRICULTURA y que literalmente significa PODA y en su honor se celebraba un bacanal sagrado, en el que las personas se prostituían para honrar a su diosas.

Otros registros, extractados de varias páginas de la red, afirman que la palabra en cuestión viene del verbo putare -pensar- y estaba asociada a los romanos que convertían a los griegos en esclavos luego de vencerlos en sus guerras. Aunque se reconocían vencedores y superiores en lo militar, se dice que en cuanto a cultura y otros conocimientos como la filosofía o las letras se sentían inferiores a los griegos, por lo que utilizaban a las personas notables como maestro de sus hijos y a las mujeres griegas como esclavas, aunque reconocían que, además de saber del amor, estas mujeres conocían otras ciencias por lo que las calificaron de putas, mujeres griegas pensadoras de capacidades intelectuales, artísticas y políticas.

Por tanto, la palabra «puta» no existió para los romanos con la acepción actual, por lo que en algún momento de la historia se transformó en un vulgarismo moderno y en un sinónimo de prostituta.

En todo caso, los registro históricos evidencian que la prostitución evidentemente era una actividad muy antigua, pero bajo lógicas rituales y religiosas, practicada por los Sumerios, según las evidencias arqueológica, desde el siglo XVIII a.C. en la antigua Mesopotamia y ya entonces se reconocían la protección a los derechos de propiedad de las prostitutas, plasmadas en el Código de Hammurabi, en cuyos acápites se reflejan claramente regulaciones para los derechos de herencia de las mujeres que ejercían dicha profesión.

Como se ve, tan solo una palabra -en este caso, prostituta- encierra miles de años de historia. Por ejemplo, Heródoto, historiador y geógrafo griego que vivió entre el 484 y el 425 a.C. o Túcides, historiador y militar también ateniense del mismo periodo en sus escritos registran que en la gran Babilonia las mujeres al menos una vez en su vida tenían que acudir al santuario de la diosa Millittá, para practicar sexo con un extranjero como muestra de hospitalidad, a cambio de un pago simbólico.

Las prostitutas también existían en culturas fenicias, pero como prácticas rituales y religiosas, en honor a la diosa Astarté o Ashtart (en fenicio), una deidad que asimilaba la figura mesopotámica/sumeria de la diosa Inanna, la de los acadios, Ishtar y la de los israelitas Astarot, Asera o Ashêrâh y cuyo eje común y recurrente fue el culto a la madre naturaleza, a la vida y a la fertilidad, además de la exaltación del amor y los placeres carnales. Posteriormente los registros dan cuenta que la prostitución también la ejercieron los hombres. Los datos históricos más elocuentes se los encuentra en la antigua Grecia y Roma.

Sin embargo, la prostitución no sería exclusivamente humana. Estudiosos de la biología o la entomología han evidenciado que entre algunas especies animales, como la de los pingüinos que intercambian sexo por piedras adecuadas para la construcción de nidos, o las prácticas entre una especie de chimpancés enanos en la que las hembras ofrecen sexo a cambio de comida, pero además como mecanismo para resolver conflictos. Intercambios que se extendieron a las dinámicas humanas y que derivaron ya no en un intercambio, sino en relaciones de explotación, subordinación y de las peores formas de violencias, con redes macabras de tráfico y explotación sexual, principalmente de niñas y adolescentes.

Pero más allá del peso histórico de las palabras y los lenguajes esta nota ha querido develar el umbral de algunos significados que desgarran el alma, de algunos significados que denigran la dignidad humana, aunque su esencia e historia esté lejos de ello; pero también para amplificar el sentido reivindicador de otras y cuyas capacidades movilizadoras no dejan de sorprendernos. Palabras y lenguajes de vericuetos, de misterios, magias, pero sobre todo, de gran poder, poder noble o perverso.

*     Feminista queer y periodista

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