octubre 30, 2020

A cuatro décadas

por: Rafael Puente

Siempre resulta doloroso hablar de compañeros que han muerto, y más aún cuando no queda claro cuál fue la fecundidad de esa muerte. Y probablemente, después de Ñancahuazú, sea Teoponte el recuerdo más doloroso. Después vendrán otros intentos —tan heroicos como inútiles— como los de la CNPZ (Comisión Néstor Paz Zamora, alusión directa a Teoponte) pero de menor extensión trágica. El denominador común es la pregunta por el sentido de dar la vida digamos que antes de tiempo, en contraste con lo ocurrido en las grandes luchas populares que van desde los Katari hasta el 52, pasando por la llamada Independencia y por la guerra de Zárate Willka. Porque en estos casos el sentido viene dado por la voluntad decidida de masas movilizadas y convencidas, mientras que los mártires de Teoponte —y de los otros hechos que expresan voluntades individuales o de pequeños grupos aislados— se nos aparecen dramáticamente solos en su sacrificio.

Más allá de sentimientos de solidaridad, y del tremendo respeto que merece la muerte libremente asumida, no nos queda otro análisis político de esos hechos que el de calificarlos como fruto del voluntarismo —evidentemente revolucionario, pero voluntarismo al fin—, por lo demás muy propio de la juventud intelectual. No está en juego el sentido liberador que puede tener en determinados momentos la lucha armada, sino el sentido que puede tener dicha lucha cuando no es parte de una movilización de masas. Porque lo más dramático de esos sacrificios —que no dejan de tener un carácter colectivo, pero colectivo de grupo, no colectivo de masas— es el aislamiento en que quedaron.

El alevoso asesinato de los jóvenes de Teoponte —ordenado por el presidente Ovando— no produjo ninguna reacción popular, como no la producirá el otro asesinato —igualmente ordenado— de los jóvenes de la CNPZ, ni el encarcelamiento de los restantes miembros de la CNPZ, ni el del grupo Zárate Willka, ni el de los últimosguerrilleros del EGTK. La sociedad no los descalificó, menos aún los condenó, pero sí los dejó solos, a ellos que murieron por cambiar precisamente esa sociedad. Es una lección triste pero inexorable: No vale adelantarse a la propia sociedad, al propio pueblo, al propio país; sólo tiene sentido ser parte de una lucha más amplia.

Pero tampoco podemos quedarnos ahí, ya que todo sacrificio tiene algún sentido, aunque no sea total. Y Teoponte también nos ofrece ese sentido. No sólo porque desenmascaró la verdadera entraña de un gobierno que pretendía dárselas de patriótico y popular, sino porque dejó a la vista determinados valores que pueden seguir iluminando la vida de generaciones posteriores. Y esos guerrilleros caídos —ni siquiera en combate— han quedado como símbolos valederos de lo que puede ser la consecuencia con las propias convicciones (con la fe cristiana consecuente, con el amor a la patria, con la solidaridad entre compañeros) que contrastan con las actitudes individualistas y prebendales de muchos revolucionarios de hoy en día. Por tanto, al cabo de 40 años, no sólo debemos recordar la guerrilla de Teoponte como un intento político fallido, sino como la existencia —más allá de cualquier error o acierto político— de actitudes éticas que sí nos siguen marcando un camino. Quién nos diera tener hoy compañeros de la talla humana de Benjo Cruz, de Néstor Paz, de los hermanos Quiroga Bonadona, o de tantos otros que se nos fueron antes de tiempo…

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