octubre 29, 2020

Cuerpo y poder

La genealogía del cuerpo, no está del lado de los dioses, no remite a ningún origen divino, a ningún comienzo esencial, donde todo es perfecto. Los cuerpos no tienen origen metafísico, los cuerpos son constructos sociales impregnados de historia y al mismo tiempo, destruidos por la historia. Desde este punto de vista, no hay cuerpos originarios, no hay cuerpos portadores de la verdad, no hay cuerpos esenciales, porque el origen y la esencia no existen, fueron inventados paso a paso, por el oscuro accidente de la procedencia.

La procedencia, nos remite a una fuente “humana, demasiado humana”, en cuya raíz está el hastío, el conflicto, la guerra. La procedencia de los cuerpos nos refiere a la sangre, a la raza o a la tradición lejana de una historia efectiva, mediada por una dicotomía jerárquica valorativa, a partir de la cual se instaló la diferencia. Los cuerpos no son iguales, hay cuerpos que valen más que otros, hay cuerpos cuyo valor es tan insignificante que no valen nada, son cuerpos de desecho. La dicotomía jerárquica, instala la diferencia racial, la diferencia sexual, la diferencia respecto al género y en relación a la sexualidad: lo blanco vale más, que lo negro; el macho es más, que la hembra; el varón es más, que la mujer; la heteronormatividad pesa más, que la homosexualidad. De ahí que, la procedencia, en cuanto, pertenencia al grupo, enraizada en el cuerpo, nos descubra que no hemos sido creados por dioses, en un primer amanecer de los tiempos, que no somos perfección divina, sino accidente marcado por el dolor y la sangre.

Pensar el cuerpo, es restablecer los diversos sistemas de sumisión, es reabrir el juego azaroso de las dominaciones, en cuyo centro el cuerpo aparece como el espacio privilegiado del ejercicio del poder. No hay poder sin cuerpo. El poder sólo puede ejercitarse sobre la vida. Los cuerpos son vida. A partir de este ejercicio, la relación de dominación, impone obligaciones y derechos a los cuerpos, los dociliza, los “amansa”, los controla, los vuelve cuerpos útiles para la función productiva y reproductiva tanto de la propia vida, como de la riqueza, es por eso, que el poder impone una serie de reglas destinadas a satisfacer su violencia.

El poder siente placer al imponer las reglas, ellas le permite la continuidad de su dominación. Pero la regla, también permite que se haga violencia a la violencia y, que otra dominación en resistencia, pueda doblegar a aquellos mismos que dominan. Es un error pensar, que el cuerpo no tiene más leyes que su fisonomía y que escapa a la historia. El cuerpo está aprisionado por una serie de regímenes de poder, por opresiones múltiples que lo atraviesan, está escindido por la explotación del trabajo, está esclavizado por lo cotidiano, está intoxicado por venenos culturales y leyes morales, y sin embargo, resiste, emerge siempre de sus propias profundidades.

La emergencia, ese punto de surgimiento, ese principio y ley singular de una aparición,se da precisamente en este estado de correlación de fuerzas. La emergencia, instala el lugar de enfrentamiento, un no lugar, una distancia, los intersticios que dejan las reglas vacías, violentas, sin finalidad, hechas para servir a éste o aquel poder. Por esos intersticios, se cuelan, emergen las fuerzas siempre presentes, de los dominados. Esta fuerza, esta contra-memoria, lucha incluso contra sí misma por imponerse, y en momentos de debilidad, se disfraza incluso de alto valor moral y cae en lo mismo que criticaba. Es por eso, que la historia, no es otra cosa, que el eterno retorno del misterio en saber: quién se adueñará y utilizará en la siguiente vuelta de los tiempos, las reglas del poder, contra aquellos que las habían impuesto.

Nuestro presente inmediato, nos habla precisamente de estos avatares sociales, ideológicos y políticos a los que se enfrenta hoy, el reconocimiento social del cuerpo homosexual. La homosexualidad como un derecho sexual. Los mismos inventores de reglas, manifiestan su rechazo frente a aquellos cuerpos que han decidido vivir su sexualidad en forma distinta a la “heteronormatividad” moralmente aceptada. Ven nuestra práctica sexual como una trasgresión, un desafío a los mandatos sociales de la familia patriarcal y de la Iglesia colonial y, por tanto, su expresión es reprobada, censurada, violentada por quienes la conciben como una desviación o una enfermedad. Merced a esta postura, la discriminación se ha encarnizado en el cuerpo homosexual, en actos como: negar o anular derechos, limitar oportunidades de trabajo, burlarse, excluir, rechazar, hacer menos, ver diferente a las personas, maltratar, no respetar, dar un trato de inferioridad. Estas situaciones son vividas cotidianamente por quienes damos vida a la diversidad sexual.

El poder de turno, en las sociedades modernas, ha propiciado el reconocimiento de la sexualidad como un derecho: la identificación del cuerpo como un espacio sexualmente controlado, manipulado, reprimido y sometido al ejercicio dominante de la heterosexualidad como un mandato institucional legítimo. Sin embargo, la expresión de otras orientaciones sexuales, disidentes de la socialmente reconocida, se enfrenta aún hoy, a la discriminación, la exclusión o la violencia social que genera su trasgresión. Entonces, ¿Cómo creer en la doble moral, en la “honestidad” del poder y sus reglas, si sabemos de antemano que es deshonesto y grotesco, y que su existencia es congénita a su ejercicio violento y de dominación?

Be the first to comment

Deja un comentario