octubre 24, 2020

“No pienses en lo que tu país puede hacer por ti, sino en lo que tú puedes hacer por tu país”. Los fascinantes entretelones de las discursividades del poder

El poder de seducción de las palabras, el cuidado discursivo del poder, el carisma sumado al talento y enmarcado en el cuidado del qué y cómo se lo dice no es nada nuevo, pero sí lo fueron los íconos del siglo XX que hicieron historia gracias la elocuencia de sus discursos y a la amplificación de los escenarios mediáticos como Eva Perón, Martín Luther King, Ernesto Che Guevara, John Fitzgerald Kennedy, Fidel Castro o Mahatma Gandhi, entre los más emblemáticos.

 

Y es que detrás de cada gran discurso definitivamente hay un cuidadoso trabajo y, como afirman los estudiosos del análisis del discurso, “detrás de todo gran presidente hay un gran escritor”, aunque en las esferas del poder sean estrategias cuidadosamente guardadas. Porque el poder del discurso y los discursos del poder configuran los universos simbólicos de nuestras cotidianidades y la memoria colectiva sobre la que erigimos nuestros mitos, al grado de definir los legados políticos que serán recurrentes a lo largo del tiempo, más allá de la paradoja de la fugacidad, la elocuencia o el magnetismo de las palabras.

Alquimia y frases emblemáticas

“No pienses en lo que tu país puede hacer por ti, sino en lo que tú puedes hacer por tu país”: esta es sin duda una de las frases más emblemáticas de la política del siglo XX pronunciada hace algo más de cincuenta años por el joven presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy, en una suerte de alquimia en la que confluyeron su carisma, su buena apariencia, aplomo, personalidad, fotogenia, así como la cadencia de su voz y sus movimientos.

Sin embargo, la historia registra que esa alquimia tuvo como responsable a otro protagonista: su asesor Theodore Sorensen, entonces también joven abogado, quien acompañó la carrera del presidente desde los años cincuenta cuando asumió la senaduría, aunque a lo largo de su vida fue conocido y estigmatizado como “el escritor fantasma que hizo brillar al presidente”. Pese a ello, Sorensen fue considerado también como un estratega y un asesor de gran lucidez intelectual y pertinencia política, capaz de traducir discursivamente las coordenadas del presidente Kennedy y con sobrada confianza como para frenar aquello que creía impertinente.

Sus allegados recuerdan: “Era de los pocos que le decía “no” cuando creía oportuno, justamente para potenciar su liderazgo y evitar falencias o errores evitables, como lo registran una serie de memorias y registros”. Y es que el rol de Theodore Sorensen, precisamente era el de conocer en detalle los puntos de vista y el pensamiento de John Fitzgerald Kennedy, al grado de escribirle los mejores discursos con las frases y las palabras precisas para consagrarlo como uno de los más extraordinarios representantes de la Casa Blanca.

Y es que tanto Kennedy como Sorensen conocían perfectamente la importancia de la acción discursiva y el efecto amplificador de los medios de difusión masiva ante las audiencias, principalmente televisivas. Ambos construyeron una relación afectiva de confianza, respeto, admiración y crítica, como inherente a la lealtad que Sorensen profesaba, tal como relata en su biografía “Counselor, a life at the edge of the history (Consejero, una vida en el filo de la historia) publicada el 2008: “Me confió secretos que habrían podido arruinar su carrera política, su imagen pública y, quizás, acabar con su matrimonio”. “Era mi héroe”“Era joven, guapo, lleno de glamour, rico, un héroe de guerra, un graduado de Harvard”“En los paseos largos en avión encontramos que disfrutábamos de la compañía del otro, bromeando, hablando de política y planificando su futuro”, recordaba.

Trabajaron juntos once años, compartieron los mismos ideales y aspiraciones comunes bajo las sombras de la admiración, por lo que para biógrafos y estudiosos de JFK la relación de Sorensen y el presidente llegó a tal punto en el que no se sabía qué palabras pertenecían a quién; aunque hay que recordar que el presidente Kennedy contaba en su haber con un éxito editorial de superventas cuando era tan sólo un joven graduado de Harvard. Este fue su tesis “¿Por qué Inglaterra se durmió?”, en la que analiza los problemas del gobierno británico para prevenir la Segunda Guerra Mundial y la política del apaciguamiento, hoy conocida como la política de la conciliación. Además, portaba uno de los prestigiosos galardones de las letras recibido en 1957, el Premio Pulitzer, que le fue concedido por una serie de biografías denominado “Profiles in Courage”, aunque se dice que esta obra contó con la colaboración de Sorensen, pero desde las sombras.

Para muchos el presidente JFK era el hombre de las ideas centrales. Sin embargo, para otros, Sorensen era el artífice de la perfección discursiva y el responsable de colocar las palabras precisas que se inscribirían en la historia, como se evidencia en el discurso de posesión del presidente JFK en 1961: “La antorcha pasa a una nueva generación de estadounidenses”. O cuando siendo presidente justificó la intervención en Vietnam con una política asentada en “la promesa de conquistar el alma y el corazón” de la población vietnamita amenazada por el comunismo. Claro que el drama de la guerra luego se transformaría en una espantosa y cruel contienda bélica de destrucción masiva.

El espectáculo de las figuras políticas

Aunque a partir de entonces JFK, desde la escena mediática y la acción discursiva, marca la diferencia en la política americana y en la cultura popular, al grado que su rival político Richard Nixon llegó a afirmar que “tenía la virtud de elaborar frases que penetraban el alma americana”, fue definitivamente él quien consolida la espectacularización de la figuras políticas a través del lente televisivo y las condicionantes de la telegenia, esa capacidad de cautivar a las audiencias a través del carisma, la simpatía, el atractivo físico, la naturalidad y seguridad, con la buena presencia física, junto con la precisión discursiva, y la seducción a través de miradas, sonrisas, gestos o énfasis, pausas o silencios durante cada una de sus alocuciones.

Además de la sobriedad contemporánea, seria y casual de la indumentaria de JFK, fiel a su propio estilo, pero que atraía enormemente a fotógrafos del mundo y, obviamente, a los lentes televisivos y de la efectividad comunicativa de la acción discursiva o de sus alocuciones, lo que cautivaba a las audiencias era también la confluencia de una serie de cualidades antes inéditas: juventud, carisma asociado con el de famosas y bellas estrellas del cine hollywoodense, simpatía personal, el simbolismo de heroísmo juvenil en medio de la naciente contracultura, sus alocuciones casi siempre con matices conmovedores y altamente convocantes, así como el sello de modernidad, elegancia y sobriedad que imprimió su esposa al rol de primera dama. Pero sobre todo, su acercamiento a la gente y a los medios de difusión, que no permitían improvisación.

Aspectos que lo consagraron como una figura mediática y un ícono de la cultura popular de los años sesenta, aunque su muerte, el magnicidio televisado en vivo y directo lo erigió como una de las figuras míticas y de enorme poder simbólico del siglo XX, junto a otras emblemáticas figuras como las de Martín Luther King, el Che Guevara o Mahatma Gandhi, también asesinados, cuyas muertes, en tanto hechos noticiosos televisivos principalmente, sellaron la memoria de varias generaciones, por el impacto precisamente de la difusión simultánea del “en vivo y directo”.

Sorensen: estratega comunicativo

Theodore Sorensen por su parte sufrió una gran devastación personal luego del asesinato de JFK a tan sólo mil días de su mandato. Tras algunos años de depresión quiso retomar la actividad política y ocupó el puesto de senador en reemplazo de Robert Kennedy, también asesinado: “Tenía que hacer algo para continuar con los valores políticos de aquella familia”, registró en sus memorias. Años después, Jimmy Carter lo invitó para que asuma la dirección de la CIA, pero su nombramiento causó polémica, ya que Sorensen fue objetor de conciencia y, ante las presiones, en su renuncia afirmó: “No sabía que para ser director de la CIA tuviera que matar a alguien”.

Posteriormente Sorensen trabajó en un prestigioso consorcio de abogados en Nueva York, que representó a prominentes figuras mundiales como Nelson Mandela o Anuar el Sadat, desde su experiencia como estratega comunicativo los registros evidencian que apoyó a presidentes, como Bill Clinton o Barack Obama. En una entrevista del 2007 sostuvo: “Nunca fui sólo un escritor de discursos”. Un año después, a sus 82 años, murió y el ‘New York Times’ anticipó el titular de su obituario: “Theodore Sorenson, el escritor de discursos de Kennedy”, escribiendo mal su nombre y malinterpretando su propio trabajo.

Poder mediático y liderazgo

Los años sesenta sin duda determinan los liderazgos mediáticos, principalmente desde la televisión. Aunque desde hace treinta años los recursos comunicacionales se han ido perfeccionando y configurando una importante historia que tiene un hito fundacional clave, el uso de la propaganda política, la información, el cine y todos los medios de difusión masiva a disposición, ya en la década de los años 30, en la Alemania nazi bajo la dirección de Adolfo Hitler, el Führer, de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels y de Leni Riefenstahl, actriz y cineasta se llevó a extremos asombrosos la efectividad mediática, la de-formación o re-formación en la estructuración de mensajes, y que hoy siguen constituyendo las plataformas conceptuales sobre las que se asientan las más sofisticadas propuestas y estrategias de marketing o comunicación política y liderazgos.

Asimismo, en las últimas décadas del siglo XX entran en el escenario político la revolución sexual, el feminismo y las luchas de las mujeres, demandando el ejercicio y reconocimiento de sus derechos, los movimientos sociales como los beatneaks y los hippies, los movimientos antiguerra, las reformas emergentes del Concilio Vaticano II y, en América Latina, la Revolución Cubana con sus figuras emblemáticas y magistrales en el manejo discursivo como Ernesto Che Guevara y Fidel Castro. Asimismo, se amplifican las tensiones y miedos ante la amenaza de la guerra fría y se conocen las atrocidades de la invasión a Vietnam.

Gracias al poder mediático, se amplifican esperanzas ante avances en la efectividad de la píldora anticonceptiva y gracias a las pantallas televisivas y cinematográficas, la radio, las industrias culturales y sus medios impresos se consolida el protagonismo de la juventud y las sociedades se impregnan de los mismos referentes, gracias a los metalenguajes de artistas y músicos que marcarían páginas imprescindibles en la historia como Bob Dylan, los Beatles o los Rolling Stones.

Junto al surgimiento de la moda unisex, liderazgos como los Martin Luther King, Mao Tse Tung o Malcom X, las barreras culturales parecen diluirse y la influencia mediática configura también nuevas formas de percibir y ver al mundo. Aparecen así nuevas ciencias, como las de la comunicación y la comunicación política, con expertos y entidades que invierten millonarias sumas para acercarse a la efectividad de los discursos, principalmente los audiovisuales, como la publicidad y la propaganda.

Las profecías académicas de Marshall Mc Luhan sobre la aldea global se cumplen al pie de la letra. Se abren rutas para los escritores fantasma, para asesores y estrategas comunicativos de enorme influencia y que hoy son imprescindibles para la mayoría de los y las presidentas y mandatarios/as del mundo. El “Media training” o el entrenamiento mediático para los políticos y personajes públicos es parte ineludible del éxito en la escena pública, sean artistas, empresarios, líderes sociales y obviamente voceros de toda naturaleza.

Los “comunipólogos”

La máxima de William Shakespeare, que señalaba que “el mundo es un escenario y todos los hombres y mujeres son meros actores”, es hoy parte de la cotidianidad, por lo que se perfeccionan estrategias comunicativas estatales, principalmente las gubernamentales, dando paso a otra especialidad, la de los -comunipólogos-, como los denomina el académico español José Luis Dader, profesionales encargados de tejer con hilos de oro no sólo los discursos, sino los contactos de funcionarios de gobierno con los medios. Ellos son nuevos expertos que en las últimas décadas principalmente asumen posiciones estratégicas y privilegiadas en las modernas democracias, sobre todo en países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o España, así como Brasil, Argentina, Chile o Venezuela, y cuyos planteles de asesores de comunicación adquieren protagonismos decisivos en la efectividad discursiva de sus mandatarios. Claro que la misma está sustentada en cuidadosos análisis prospectivos de sus particulares contextos y las exigencias específicas propios de las coyunturas políticas, sociales, económicas o culturales, lo que obliga a generar estilos o estructuraciones propias pero, además, habilidad e inteligencia para generar empatías con las audiencias, cercanías mediadas gracias a discursividades cada vez más exigentes no sólo en credibilidad, sino en legitimidad. Y como bien se dice en los laboratorios comunicativos, “las batallas no siempre las ganan los más fuertes, sino los que demuestran mayor inteligencia y versatilidad para llegar a la gente”.

Las claves comunicativas que nos legaron los expertos de la oratoria griega hace miles de años siguen tan vigentes hoy como entonces, aunque se sofisticaron a la luz de las tecnologías, los legados de Goebbels, Riefenstahl, los genios del cine de inicios del siglo XX o las claves de Theodore Sorensen, siendo las plataformas sobre las que se mueven las estrategias comunicativas para seducir, convencer o conmover: La idea es “elevar la vista” de los oyentes, hacerlos pensar en cosas inalcanzables y luego decirles que las podemos conseguir, como lo hizo JFK en sus discursos, donde señalaba que “nosotros elegimos ir a la luna” y a poco el hombre pisaba evidentemente la luna. Sin olvidar la insistentes frases de Sorensen: “Si no tienes ideas, el discurso fracasará por muy bien escrito que esté” o “El final tiene que ser memorable, digno de recordar”…

*     Feminista queer y periodista

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