octubre 26, 2020

Balance de medio año

por: Rafael Puente

Las únicas propuestas llegarán de nuestro propio campo popular, por eso creo que debemos empezar por hacer un auto-diagnóstico serio, y a partir de él avanzar en la recuperación de la participación, de la movilización y sobre todo de la conciencia política.

Este año 2011 no podía ser fácil, ya que había sido precedido y preparado por el tremendo susto del llamado “gasolinazo”. Dicho decreto de nivelación de precios de los combustibles —con su consiguiente derogación— puso al descubierto una serie de hechos que no podemos dejar de reflexionar:

  • La permanente y creciente subvención de los combustibles líquidos se ha convertido en un problema serio para el país, lo que otorgaba una lógica económica irrefutable al decreto en cuestión.

  • Sin embargo el decreto no era viable porque el país no estaba preparado para recibirlo, y no hablamos de una preparación psicológica (también importante) sino de la necesaria preparación económica. Ahí nos dimos cuenta de que el inconmensurable crecimiento macro-económico (expresado en las reservas fiscales) no había ido acompañado del correspondiente crecimiento en el nivel de la gente (empleo, salarios, bienestar familiar). Como nos damos cuenta —en plena crisis alimentaría mundial— de que los millones gastados en “obras” por alcaldías, prefecturas y gobierno central, son “obras” que sirven para ch’allar y celebrar (y poner una placa), pero que no sirven para comer.

  • También quedó al descubierto la debilidad institucional de YPFB, que apareció incapaz de controlar a las “socias” transnacionales, totalmente desinteresadas de producir petróleo (de ahí que cada vez producimos menos combustibles líquidos, y de ahí el incremento permanente e inevitable de la subvención).

  • En el plano político quedó a la vista el insuficiente relacionamiento entre el gobierno y la población, ya que sólo después del decreto el gobierno pudo saber que la población no estaba dispuesta a semejante sacrificio. Dicha insuficiencia tiene su punto neurálgico en la actitud de las dirigencias sociales, más interesadas en agradar al Presidente que en representar a las bases (probablemente éste sea el factor más preocupante de la coyuntura).

  • También en el plano político, se evidenció una confianza excesiva del gobierno en lo que podemos llamar su control hegemónico sobre la población, explicable a partir del desmesurado triunfo electoral de diciembre de 2009.

Toda esta serie de factores ha marcado el primer semestre del presente año, con sus secuelas de creciente desconfianza mutua entre gobierno y sociedad civil, de frustración política, de temor ante un futuro poco predecible; todo ello en contraste con la creciente esperanza y el sostenido optimismo en que vivimos los cuatro primeros años de este proceso (incluso en medio de aquel durísimo empate catastrófico que concluyó el 2008).

El gran déficit: Participación y movilización

Este déficit venía anunciándose desde el mismo año 2006, cuando la mayor parte de nuestras organizaciones sociales, comprensiblemente agotadas por seis años de lucha (por contar sólo desde el año 2000), como que delegaron al gobierno la construcción del nuevo estado, y se limitaron a movilizarse por pequeñas causas locales y sectoriales (revelando así un insuficiente nivel de conciencia política).

Pero precisamente el empate catastrófico mantuvo una vitalidad política que en momentos cruciales se expresaba de manera consecuente (recordemos los cercos al Senado, las marchas por la Constitución, los sucesivos referéndums). Con el triunfo total de diciembre del 2009 la desmovilización se extendió mucho más, y de su parte los sectores gobernantes y dirigenciales se olvidaron de la participación. Y empezaron a promulgarse leyes elaboradas desde arriba, y empezaron a surgir conflictos dentro de nuestro propio campo popular, y empezaron los transfugios —¡encima bienvenido!— de peligrosos elementos de la derecha hacia el MAS, y el autoritarismo empezó a prevalecer por encima del diálogo y la negociación. Y todo esto no es simplemente achacable al gobierno, tiene su raíz en la ausencia de movilización social, y por tanto de participación.

De esta misma raíz brotan otra serie de elementos preocupantes, como el hecho de que la producción minera mantiene en lo fundamental la estructura neoliberal (sólo se queda en el país el diez por ciento de los ingresos por explotación de minerales, ¡y todavía de ahí hay que descontar la devolución de impuestos a las exportaciones!). La pregunta es: ¿Cuándo la población se movilizó en defensa de los recursos minerales, como sí lo había hecho en defensa de los hidrocarburos? Por otra parte nos encontramos con que los propios sindicatos mineros de las empresas privadas son los que se oponen a la nacionalización de esas empresas, ¿dónde queda aquella Federación de Mineros de los tiempos de Patiño y compañía? Esto es algo todavía peor que desmovilización.

Otro elemento preocupante que tiene el mismo origen es la sistemática vulneración de los derechos de la Madre Tierra (en el plano hidroeléctrico, en el plano forestal, en el plano de la minería, en el plano del trazado de carreteras), y por tanto el olvido del paradigma delVivir Bien, que nuevamente aparece subordinado al paradigma del desarrollo (tal como nos lo predicara en 1950 el presidente norteamericano Truman), incluido su letal complemento de “Exportar o morir” (que nos puede llevar a morir exportando).

Otra inconsecuencia que se desprende de esta nueva situación creada por el “exceso de triunfo” fue la ley de amnistía para los vehículos chutos, que además de convertir al país en un futuro inmenso cementerio de chatarra internacional, además de contaminar el medio ambiente y congestionar las ciudades hasta límites insoportables, viene a plantear nuevamente, con angustiosa urgencia, el problema de la creciente subvención de los combustibles… Esto sin contar lo que supone perder una batalla estratégica con el contrabando.

¿Qué nos ha ido pasando?

Me atrevo a diagnosticar que la causa remota es la insuficiencia de conciencia política, que no es lo mismo que sentimiento político, ni que seguridad y decisión políticas, que sí había, y en grado sumo. El sentimiento, la decisión, pueden ser suficientes para saber lo que no queremos (no queremos modelo neoliberal, no queremos estado colonial), y así de fuerte fue la lucha del 2000 al 2005. Pero ahora, una vez en el gobierno, hace falta saber ¿y ahora qué queremos?, y para eso no bastan el sentimiento y la decisión, hace falta un nivel superior de conciencia, y al no haberlo no se está en condiciones de trazar y seguir una estrategia de poder, sino que de manera instintiva se difunde la actitud de “ahora nos toca”, y mucha gente se acerca al aparato del estado, no para cambiarlo sino para cobrar su parte de la herencia (y de ahí a cobrar la parte de otros sólo media un paso).

Comparado con todo lo dicho resultan insuficientes los aciertos del Gobierno en política internacional —ahí está el giro saludable que se le ha imprimido a la política marítima, ahí la actitud soberana respecto de la Convención de Viena—, pues no son éstos los que alimentan la esperanza política de la población.

¿Y la oposición?

Por su parte ni los partidos (?) de oposición ni los asambleístas y autoridades públicas de oposición aparecen tan huérfanos de ideas como antes. Ni aportan propuestas —que no tienen—, ni hacen críticas constructivas, ni son capaces siquiera de mantener la unidad entre ellos mismos. Por tanto de ese lado no van a venir propuestas que no puedan ayudar.

Las únicas propuestas llegarán de nuestro propio campo popular, por eso creo que debemos empezar por hacer un auto-diagnóstico serio, y a partir de él avanzar en la recuperación de la participación, de la movilización y sobre todo de la conciencia política.

Be the first to comment

Deja un comentario