octubre 25, 2020

Género y revolución productiva agraria comunitaria: algunas reflexiones

por: Pilar Uriona Crespo *

Con el presente artículo cerramos en el semanario la discusión suscitada en torno al estado del ejercicio del derecho al acceso a la tierra reconocido a las mujeres del área rural. Considerar el avance del saneamiento, la titularidad y los horizontes discursivos que guían la reivindicación de un espacio físico propio sobre el cual trabajar para auto-sustentarse son elementos básicos para afianzar una política equitativa de tierras, así como lo es generar iguales oportunidades entre hombres y mujeres a la hora de fomentar una productividad sustentable, ecológica y paritaria.

Luego de la aprobación y promulgación del texto de la Ley 144 o Ley de Revolución Productiva Agraria Comunitaria en junio pasado, quiero proponer una lectura de la misma empleando para ello el prisma del género. A través de éste, es posible analizar el cuerpo de esta nueva norma, sus directrices y la finalidad que la alienta develando, enfocando y problematizando lo que implica no haber explorado, al construirla, el modo en que en este ámbito pesa e influye no haber encarado los efectos de la diferencia sexual si lo que se pretende alentar es la reformulación de la base material y económica que, de acuerdo con el paradigma del Vivir Bien, debe garantizar la sobrevivencia digna.

Llama mi atención principalmente que entre los principios que orientan la ley y fungen como directrices para delimitar sus alcances exista un vacío esencial: se rescatan la armonía y el equilibrio con la Madre Tierra, la complementariedad y corresponsabilidad para obtener la soberanía alimentaria, la transparencia, el vivir bien, la reciprocidad y solidaridad, la alimentación adecuada y la soberanía alimentaria. Pero nada se dice de la urgencia de que se consideren también como valores la equidad de género y, sobre todo, la paridad que, como señala Claudette Appril, más que obtener la proporcionalidad política representativa entre mujeres y hombres, “tiene por objeto asegurar que dos entidades distintas, pero del mismo valor intervengan de forma igualitaria en la toma de decisiones” 1. Debo sin embargo reconocer que al abordar el tema de la alimentación adecuada sí se considera que el acceso a la misma como derecho debe garantizarse evitando cualquier discriminación o distinción negativa en base al género.

Omisiones y silencios

Una primera preocupación que quiero compartir aquí tiene que ver con la omisión del concepto género. Como sabemos, aunque sea de forma intuitiva, aquello que no se nombra sólo llega a existir como un vacío, se mantiene como sombra y deriva en el silencio. De esta forma, prescindir de una palabra y, peor aún, de un concepto como elemento que define una visión de mundo y la significa, lleva implícita una sentencia: negar a lo que no se designa un lugar en el campo de las representaciones, de la subjetividad y de los imaginarios compartidos.

En la Ley 144, los sujetos colectivos nombrados y reconocidos son los pueblos indígena originario campesinos y las comunidades interculturales y afrobolivianas, punto importante cuando se tiene en cuenta que cada una de estas identidades culturales aporta miradas interesantes sobre la organización económica y sus posibilidades plurales.

Sin embargo, empleando los lentes de género, es central reconocer que dichos pueblos, naciones y comunidades no están integrados —ni siquiera en el nivel más micro o local— por sujetos idénticos, con posiciones equiparables. En su interior conviven hombres y mujeres diferentes y múltiples en sus vivencias y prácticas, en su posibilidad de producir no sólo bienes de consumo y alimentos, sino también historia y política.

Dejar en el aire el género y su bien conocido carácter como constructo social y cultural de las relaciones sexuales negativizando y esencializando la parte “femenina” hace que el silencio se transforme en olvido, ocultando con ello que la pluralidad descansa en la coexistencia y en la construcción y recreación constante de las relaciones y de aquellos “nexos dinámicos y mutuamente determinantes que se establecen entre hombres y mujeres y que muestran que si cambia la posición de una también se transforma la del otro” 2. No por nada instancias como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) han señalado en varios informes que cerrar la brecha de género y fomentar un mayor acceso y participación de las mujeres en la producción traerá consigo un aumento que oscila entre el 20 a 30 por ciento en los países en desarrollo, lo cual llevaría asimismo a una reducción del número de víctimas del hambre en el mundo del orden del 12 al 17 por ciento 3.

Género y comunidad

Referirnos a la comunidad como un espacio dentro del cual nos manejamos con los mismos códigos, asumimos iguales reglas de juego y una visión del mundo plenamente compartida es ante todo una idea lírica, cuya fuerza evocativa puede ser un recurso útil a la hora de construir un modelo económico y social inspirador y paradigmático. Ello porque el campo discursivo termina por definir de quien lo pronuncia y de quien lo recibe. Sin embargo, delimitar lo que implica construir comunidad a la luz del enfoque de género permite recuperar otras miradas según las cuales la consolidación de una economía plural requiere resignificar lo comunitario como el sitio donde la sobrevivencia cotidiana y la sustentabilidad del medio ambiente sólo puede tener cabida a largo plazo si se ejercen de manera comprometida entre hombres y mujeres la interdependencia y la cooperación.

Desde la práctica feminista, ambos elementos se fusionan en un principio guía, el de la solidaridad, que se ha expresado materialmente en la economía del sustento. Esta, aplicada al campo de la producción agrícola, cuando no cede al consumismo sino que busca como meta la implantación del comercio justo y porque no se identifica con la naturalización de la explotación de las mujeres en el campo del cuidado como obligación o destino ineludibles, coadyuva a evitar el desgaste de recursos y de seres humanos.

En este sentido, se contribuye a que germine lo que Vandana Shiva define como “economía viva”; es decir, una forma de relación que fomenta la construcción de espacios y la puesta en marcha de procesos donde la ética vinculante es la de compartir equitativamente los recursos de la tierra “para satisfacer necesidades de comida y agua y crear medios significativos de vida” 4.

El carácter revolucionario

Introducir en los debates públicos elementos importantes pero no clasificados como tales es, aunque frágil, un gesto revolucionario. Incluir el género en lo que implicará la aplicación de la Ley de Revolución Productiva Agraria Comunitaria también lo es, a pesar de que la ley como discurso oficial omita designar este concepto. Con todo, referirnos a la pluralidad de mujeres que trabajan sus parcelas, siembran y cuidan las cosechas, las reparten para nutrir a sus familias o las venden para proporcionarse otros alimentos con los que no cuentan lleva a develar realidades que deben considerarse para alcanzar la justicia social. Es central por tanto insistir en que el género permite mostrar que la producción comercial es propia de los hombres y la doméstica de las mujeres. Ambas, en un entorno paritario, no deberían reproducir y reforzar roles diferenciados sino que deberían apuntar a complementarse e intercambiarse. Esto sí que sería revolucionario.

Si con este artículo he querido poner en evidencia la complejidad que implica tratar de pensar la participación de las mujeres rurales desde la especificidad de sus identidades y de su construcción histórica y cultural como sujetas diversas, es urgente reabrir diálogos que busquen registrar las vivencias de las mujeres en su inserción a la economía rural, la micro y la pequeña empresa y el espacio de la producción familiar y artesanal en la que basan su sustento.

*     Escritora e investigadora

1    Claudette April, ¿Qué implica el concepto de paridad? Asociación de Mujeres Juristas. Themis. Madrid, 1997.

2    Sonia Montecino, Madres y huachos. Santiago de Chile, 2007.

3    FAO, Estado de la agricultura y la alimentación. Mujeres y agricultura: Disminuyendo la brecha de género para el desarrollo. 2011.

4    Vandana Shiva, Manifiesto para una democracia de la tierra. Justicia sostenibilidad y paz. Paidós. Buenos Aires, 2006.

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