octubre 29, 2020

La Historia: Páginas de ingratitud, injusticia y tenues redenciones

Parece que la mezquindad ha sido uno de los rasgos que ha marcado los reconocimientos en vida a quienes lucharon por la libertad, la democracia, las reivindicaciones y los derechos humanos, y sin duda las mujeres fueron las olvidadas, siguiendo una tradición milenaria de ingratitudes que durante centurias sepultó no sólo sus aportes, sino sus vidas.

Y uno de los testimonios más desgarradores de esta historia de ingratitud es la vida de una mujer extraordinaria, la de la Libertadora Juana Azurduy de Padilla, reconocida como Mariscala el pasado 6 de agosto, 149 años después de que muere en la más injusta y dramática miseria, paradójicamente un 25 de mayo de 1862, absolutamente abandonada, al grado infame de ser enterrada en una fosa común, ante la impotencia de su sobrino Indalicio que llora su dolor y rabia luego de que las autoridades le niegan unos míseros pesos para un entierro digno, porque estaban ocupados celebrando los festejos de la patria.

Para entonces ya nadie se acuerda de las más de 30 batallas que lidera la Libertadora con el ejército de leales ni de su entrega a los ideales libertarios por los que vio morir a sus cuatro hijos. La Mariscala luchó embarazada, perdió a su hija y además de quedar viuda, legó sus fuerzas a la independencia del Alto Perú, enfrentando no sólo las traiciones, sino también la aridez, las inclemencias del tiempo y el descuartizamiento de su heroísmo, quizá tan cruel como el descuartizamiento a la que fue sometida Bartolina Sisa, otra de nuestras Libertadoras.

Presagios y condenas unieron a las Libertadoras. Juana Azurduy nace en 1780 cerca de la de la Gran Charcas, hoy Sucre, meses antes de que Bartolina Sisa y Tupac Catari levantasen las armas contra el dominio español para sumarse a los levantamientos de los esposos Tupac Amaru y Micaela Bastidas, la otra Libertadora y revolucionaria de raíces indígenas y africanas que encendieron las llamas emancipatorias y las insubordinaciones populares en Arequipa, Cuzco, Huaraz y simultáneamente en La Paz y Cochabamba, bajo las resonancias de “Viva el rey y muera el mal gobierno” .Es el año donde en Chayanta, cerca al hogar de Juana, los hermanos Tomás, Nicolás y Dámaso Catarí dejan su impronta de insubordinaron de los indios ante las injusticias y las alzas tributarias que abonarían sus ideales libertarios de la Libertadora.

Siendo niña Juana aprende el quechua y el aymará, recorre las chacras, convive con las personas originarias de Toroca en las cercanías de Sucre y junto con ellos convive en el campo. Sin embargo, todavía muy pequeña primero pierde a su madre, doña Eulalia Bermúdez una hermosa indígena que legó su belleza a su hija y poco después a su padre de origen español Matías Azurduy.

Junto a su hermana Rosalía quedan bajo el cuidado de sus tíos Petrona Azurduy y Francisco Díaz Valle, quienes se hicieron cargo de las dos niñas. Esta registrado que esa suplencia estuvo marcada no por el afecto sino por la ambición de administrar las propiedades que las hermanas habían heredado, y que ante la ausencia de cariño y protección sincera la relación derivó en conflicto y tensionamiento, por lo que los tíos tomaron la decisión de que la sobrina díscola, ingresará en un convento para hacerse monja y ya preadolescente, como mandaban las costumbres de la época, Juana es internada en el prestigioso Convento y claustro de Santa Teresa de Chuquisaca, que a pesar de la rigidez no doblegaron su carácter ni mitigaron su belleza.

El historiador Valentín Abecia describía así a la Libertadora: “Juana tenía la hermosura amazónica, de un simpático perfil griego, en cuyas facciones brillaba la luz de una mirada dulce y dominadora”, belleza, fuerza, inteligencia y carisma que también sellarían su impronta por la historia.

Juana no fue la alumna y adolescente tradicional, sumisa a los mandatos del convento; al parecer se dejaba cautivar por la lecturas, entre ellas la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, que además de religiosa católica se destaca sobre todo por escritora y que de manera -irreverente- transita por lo religioso y lo profano, atacar la hipocresía moral de los hombres con respecto a las mujeres, en sus diversos demanda derecho a la educación de las mujeres, aunque restringidas a las costumbres de la época, pero con la fuerza suficiente para traspasar los alegatos personales para generar empatías por esas demandas extendidas de las mujeres que reclamaban su derecho al saber, al conocimiento, a la natural inclinación por el saber que le otorgó Dios.

Pero además, se cuenta que la Libertadora Juana Azurduy abrazó la ideas de Sor Juana de la Cruz que abogó por la igualdad de los sexos y por el derecho de la mujer a adquirir conocimientos y por sus críticas encubiertas al sistema colonial, que obligaron a las cúpulas eclesiales a que le prohibiesen escribir. Prohibición de la que luego sería presa la propia Juana, la Libertadora, cuando las cúpulas del prestigioso Convento la expulsan a tan sólo ocho meses de permanencia en el claustro.

Los datos difundidos por la Red Informativa de Mujeres de Argentina, y que sintetizan una serie de investigaciones sobre la vida de la Libertadora, dan cuenta que siendo ya adolescente conoce a su futuro suegro, Melchor Padilla, amigo de su padre, un defensor de los derechos de los indios, por lo que es acusado de colaborar con las rebelión indígenas, además de ser apresado en una cárcel argentina para posteriormente morir lejos del suelo que le vio nacer. Y en esos azares de la vida Juana conoce a Manuel Ascencio Padilla joven chuquisaqueño -ilustrado- en la Universidad de Charcas, aunque no terminó sus estudios de leyes porque decidió casarse con Juana Azurduy,

Sin embargo, Manuel Ascencio ya había abrazado las ideas de la Revolución Francesa, las lucha por la libertad enarboladas también por su padre o la defensa de la igualdad diseminadas un siglo antes por las revueltas indígenas. Con la capitulación de Fernando VII luego de la ocupación de Napoleón en la España imperial el 25 de mayo de 1809 se inicia la revolución de Potosí. Manuel Ascencio se suma a la insurrección junto a los indios Chayanta, para salir triunfante y jurar su entrega a la causa revolucionaria, así como vengar a los patriotas fusilados en el levantamiento de La Paz.

Pero ante la tragedia histórica de la mezquindad, ingratitud e injusticia también se ensañarían contra Manuel Ascencio luego del asenso del general Vicente Nieto a la Real Audiencia que lo condenó a la cárcel por su participación en los levantamientos y se ordenó la confiscación de sus propiedades y bienes, los que Juana defendió con látigo en mano.

Y a pesar de las restricciones contra las mujeres tiempo después Juana se suma a las luchas de su marido junto a sus hijos, escribiendo la historia libertaria de Bolivia con su sangre y la vida de sus descendientes. En marzo de 1814 Juana y Manuel Padilla vencen a los realistas en una serie de batallas, a pesar de los contraataques que los obliga a dividirse junto a las tropas revolucionarias. División que marcaría las rutas de la tragedia y la infames injusticias, y que llevan a Manuel Ascencio hacia La Laguna, mientras que a Juana y a sus cuatro hijos pequeños, junto a un grupo de guerrilleros las circunstancias los obligan a internarse un refugio cercano al río dentro del valle de Segura, provincia de Tomina.

Y ante la angustia de las amenazas, de la muerte y la traición a Juana le llegan noticias de que su marido está en peligro. Sin dudarlo saldrá a su auxilio en medio de los avances españoles, para retroceder y cobijar a sus niños y enfrentar una de las más cruentas batallas, en medio de las rudezas de un monte desconocido, sin provisiones y con un escuadrón de escoltas asustados, que frente a los embates de las fuerzas españolas la abandonan en medio de la nada, sin refugio, sin provisiones y a merced de las plagas de insectos que rápidamente se apoderaron de los pequeños e indefensos cuerpos de sus hijos, a quienes Juana impotente, solo y profundamente desgarrada ve morir en brazos, primero será su amado Manuel, luego Mariano… y luego Julianita y Mercedes por disentería y paludismo.

Y ante el dolor de la pérdida y las angustias de su avanzado embarazo continúa en las trincheras sacando valor de las entrañas para sobreponerse y dar a luz a su hija Luisa Padilla a orillas del Río Grande, en medio del ataque realista y las amenazas traicioneras de un puñado de hombres combatientes que supuestamente la custodiaban, pero que dentro suyo tenían la codicia de arrebatarle inmisericordemente el botín de guerra de las tropas revolucionarias que ella, la Libertadora, cuidaba con fervor, argumentando que su comandanta estaba enferma y débil, mientras que al otro lado, las fuerzas traidoras habían fijado un puñado de monedas, 10.000 pesos en plata por la cabeza de Juana. Un grupo de traidores criollos que al mando del nefasto Loayza complotaron y arremetieron contra la teniente coronela sin doblegarla, al grado de obligarla a se alce altiva frente a ellos con su hija en brazos y espada en mano -que le fue obsequiada por el general Belgrano- para defenderse.

Algunos registros dan cuentan que la Mariscala ordenó el ataque a su tropa de indios amigos en quechua, mientras que otras fuentes afirman que ella misma armada de valor, coraje e indignación con la espada en una mano y la niña otra, le arrancó la cabeza a Loayza de un solo sablazo de derecha, para luego montar a caballo con su pequeña hija Luisa en brazos y zambullirse juntas en el río para salvar su vida llegando sana y salva al otro lado de la orilla.

Valiente Libertadora por la independencia que junto a su esposo, libran juntos las batallas de Tarvita, El Salto, Quila Quila, Potolo, Aiquile, Las Cañadas, Presto, Las Carretas, La Laguna y El Villar, hasta que la tragedia vuelve a la vida de la Libertadora, cuando en la gesta insurgente desplegada dramáticamente en Charcas y que un oscuro 14 de septiembre de 1816 le arrebatan la vida a Manuel Ascencio Padilla, como el epílogo sangriento y desgarrador de El Villar. Otros registros afirman que para entonces se habían sumado a los esposos otras valientes mujeres, de las que poco se conoce e incluso se afirma que la figura de la Libertadora llegó a convertirla en un mito entre los indios e indias revolucionarias, que veían en ella a Gregoria Apaza o Micaela Bastidas, como una presencia vívida de la propia Pachamama, como a la Madre Tierra defensora y protectora. En un acto de justicia póstumo Manuel Ascencio Padilla sería nombrado Coronel del ejército argentino del norte cuando su cabeza estaba clavada cruelmente, a pedido de Manuel Belgrano.

El escritor argentino Pacho O’Donnell en su obra “Juana Azurduy, la teniente coronela” describe así la batalla del Villar: «Juana avanzaba casi en línea recta, rodeada por sus feroces amazonas descargando su sable a diestra y siniestra, matando e hiriendo. Cuando llegó a donde quería llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas, sudorosa y sangrante, lo atravesó con un vigoroso envión de su sable, lo derribó de su caballo y estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su montura conquistó la enseña del reino de España que llevaba los lauros de los triunfos realistas en Puno, Cuzco, Arequipa y La Paz», epopeya por la que en 1816 la Libertadora Juana Azurduy fue ascendida por el General Manuel Belgrano al grado de Teniente Coronel del Ejercito Argentino… la ingratitud de las fuerzas bolivianas emergería con su máxima mezquindad, la ingratitud.

Los registros históricos dan cuenta que luego del asesinato de Manuel Asencio Padilla, de los principales jefes guerrilleros y de cientos de revolucionarios Juana Azurduy de Padilla se desplaza a Salta para combatir junto a Manuel Güemes, quien la protegió. Sin embargo, después del asesinato de Güemes en 1821, Juana entró en una profunda depresión, se encuentra sola, abandonada y no es ajena a la infamia de la traición y la ingratitud de la tierra que la vio nacer.

En una carta escrita en 1830 dirigida a las autoridades de la provincia de Salta, manifiesta un desgarrador testimonio:

“A las muy honorables juntas Provinciales: Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V. H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución.(…) Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V.E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas; ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V.E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme”.

La respuesta del gobierno salteño también fue indignante y miserable que como mísera limosna apenas le otorgó “50 pesos y cuatro mulas” para llegar a la “nueva nación de Bolivia”. Infamia que también viviría en suelo boliviano, ya que uno de los pocos momentos en los que volvió a sonreír fue cuando de manera sorpresiva recibió la visita del libertador.

Simón Bolívar, acompañado de José Antonio de Sucre, el caudillo Lanza y otros, en su humilde vivienda para manifestarle su reconocimiento y homenaje por sus luchas libertarias y se cuenta que la colmaron de elogios en presencia de los demás, y dícese que le manifestó que la nueva república no debería llevar su propio apellido: “Bolivia no debía llevar su nombre sino el de Padilla, su mayor jefe revolucionario”… y se le concedió una pensión mensual de 60 pesos que luego Sucre aumentó a cien, una pensión vitalicia que bajo el gobierno de José María Linares en 1857 le es arrebata, ignorando su soledad, su entrega a las luchas libertarias, su soledad por la pérdida de su marido, de sus niños, ignorada por los criollos que en ese momento ostentan el poder y con sus escasos bienes también saqueados… a nadie le importa, pesa más la infamia y la ingratitud.

Alguna fuente informativas afirman que la Libertadora falleció en la madrugada de un 25 de mayo de 1862 “en su casa y en comunión de la Santa Madre la Iglesia, doña Juana, mayor de ochenta años, viuda del Coronel Padilla, vecina de esta Parroquia. Para morir recibió todos los Santos Sacramentos necesarios, y después de rezado su oficio con cruz baja se sepultó en el Panteón General de esta ciudad”. Así reza la partida de defunción. No hubo toque de silencio, tambores a la funerala, ni salva de fusilería en honor a la coronela muerta, porque la tropa de la guarnición estaba “demasiado ocupada en los festejos del 25 de mayo”.

Mientras que otras registran que murió en total abandono y sólo acompañada por su sobrino y que fue enterrada en una fosa común un 25 de mayo ante la indiferencia de quienes celebraban la independencia conquistada por ella, y recién un siglo después, en 1962, en conmemoración del centenario de su muerte, a sugerencia de Joaquín Gantier y siguiendo las indicaciones dejadas por Indalecio Sandi, el niño que la acompañó en sus últimos días, se extrajeron los restos humanos que se supone pertenecen a Juana Azurduy para depositarlos en una urna en la Casa de la Libertad.

Y aunque nos conmuevan los homenajes póstumos, los himnos, las estatuas, nada compensa la infamia de la ingratitud EN VIDA!!

Juana Azurduy

Flor del Alto Perú

No hay otro capitán

Mas valiente que tu

Truena el cañón

Préstame tu fúsil

Que la revolución

Viene oliendo a jazmín

Tierra del Sol

En el alto Perú

El eco nombra aun

A Tupac Amaru

Tierra en armas que se hace mujer

Amazona de la libertad

Quiero formar en tu escuadrón

Y al clarín de tu voz atacar

Himno compuesto por Ariel Ramírez / Félix Luna e inmortalizado en la voz de Mercedes Sosa

Ojalá esta historia de ingratitud, de infamia e indignidad nos enseñase a ser mínimamente agradecidos con quienes hoy nos permiten transitar por la democracia, como tantos olvidados, y ni que decir, con las mujeres, a quienes durante centurias se las sepultó con sorpresiva rapidez. Ojalá se redimieran estas injusticias con mujeres como Domitila Chungara, referente fundamental en la lucha y reivindicación de los derechos en Bolivia, y que hoy supera los 70 años, junto a la figuras de otras históricas mujeres mineras como Aurora Villarroel de Lora, Angélica Romero de Flores, Luzmila Rojas Rioja y Nelly Colque de Paniagua, quienes tuvieron el valor, tenacidad y heroísmo para cercar a la dictadura de Hugo Banzer con una histórica huelga de hambre en 1977 y que detonó un movimiento nacional para recuperar la democracia en el país.

*     feminista queer y periodista

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