octubre 27, 2020

Movimiento social, educación popular y género: Una propuesta necesaria para escuchar y convivir

por: Luz Elena Martínez García *

El presente artículo es parte de una vivencia histórica en el caminar de los grupos populares en las últimas dos décadas. El propósito es compartir cómo se unen la educación popular y el enfoque de género para presentar elementos de cara al cambio social.

Hasta la década de los setentas, los educadores y los agentes populares encontraron en las propuestas freirerianas, de los teólogos de la liberación, pero sobre todo involucrándose con el pueblo, las respuestas a su búsqueda por mejorar el camino a la liberación: los propósitos, y las herramientas de la educación popular. Estas metodologías al encontrar sus propios resultados también se toparon con vacíos que no lograban explicar, porque en su propio andar se reproducían prácticas tan parecidas a las que cuestionaban que en realidad se confundían sin poder encontrar respuestas.

Identificaban en los gobiernos y estructuras sociales al enemigo a vencer, y en el mejor de los casos cuando se los lograba derrotar, surgían otros actores con iguales tendencias de dominación y control. También, si del movimiento social ascendían al poder algunos protagonistas de la educación popular, no hacían más que reproducir la cultura de dominación y no se lograban los cambios esperados.

Los mitos de las respuestas en las masas empezaban a quedar olvidados en los anaqueles de reflexiones colectivas y solitarias, mientras otros actores se pronunciaban al igual que sus males: las mujeres y los aumentos de violencia intrafamiliar y social, la falta de oportunidades reales para la toma de decisiones, la creciente «feminización de la pobreza» -a pesar de empezar a salir al mercado laboral-, la insistente discriminación a homosexuales.

De mujeres y “pueblos”

La repetición de mecanismos de dominación en un campo como la educación popular, cuyo objetivo implícito ha sido liberar a los sectores oprimidos, radica justamente en el concepto de «pueblo» del que se parte. Cuando los agentes populares en tiempos de la «década perdida», reflexionábamos sobre nuestros resultados, decíamos «el pueblo no aprende», «es que no ha llegado la hora»… El concepto de «pueblo», uniforme, homogéneo y genéricamente indiferenciado, no contribuye a combatir uno de los sistemas de dominación más antiguos en la historia de la humanidad. Sigue siendo portador de estructuras de comportamiento y prácticas sociales que atentan (se lo propongan o no) contra el segmento femenino de la sociedad.

Incorporar el enfoque de género en las técnicas y estrategias de educación popular significa que la participación sea sinónimo de «comunidad tomadora de decisiones», donde las mujeres, por su subordinación histórica, generalmente no son tomadas en cuenta, ni ellas mismas se sienten con el derecho de opinar y manifestar sus deseos. Es imperativo buscar mecanismos y capacitación necesaria que no reproduzcan en sus actividades lo tradicional ni lo subordinado, para que las mujeres fortalezcan su autoestima y sean valorados sus aportes y su trabajo.

En las organizaciones populares que utilizaron la educación popular no estaban las demandas de las mujeres, por la invisibilidad de su presencia, en la devaluación de lo cotidiano y por ser un asunto de poder. En la omisión de los asuntos (discursos) se encuentra la presencia del poder como diría Foucault.

Las mujeres preocupadas por atender sus problemas y aportar al cambio social elaboraron materiales desde su propia iniciativa partiendo de sus necesidades, con técnicas e insumos relativos a lo que ellas hacen, no a lo que los grupos populares pedían de ellas. ¿Cómo darle a la organización mayor trabajo si de cualquier manera ellas no dejan de realizar el trabajo doméstico? Esto también es un asunto de poder, otro elemento que fue madurando en las reflexiones de la educación popular, pero con mayor creatividad y franqueza desde la voz de las mujeres.

Ser para otros

Al explorar sus necesidades, las mujeres no plantean necesidades propias ni personales, siempre se refieren a las de la familia: reproducen la educación del ser para otros. Esto limita su desarrollo y, por supuesto, su participación real en la sociedad. Revisando las consecuencias o impacto de los primeros problemas identificados por ellas, reconocen problemas más profundos, algunos crónicos o tenidos como «insuperables», incómodos, o bien como enfermedades por preocupación, exceso de trabajo… pero que ya tienen que ver con ellas. Al plantearse soluciones, buscan invariablemente la colectividad (en distintas formas y complejidades) para encontrar tablas de salvación a sus problemas estratégicos de mujeres, que igual mejoren su posición social pero que también sigan solucionando los de la sociedad.

Las propuestas de empoderamiento empiezan a ser atractivas cuando llevan consigo suficiente análisis en todas las etapas del proyecto, pero sobre todo cuando no dejan de considerar el diálogo y la sensibilización de los demás actores sociales de la comunidad (las autoridades, otras organizaciones, los hombres, las demás mujeres, los agentes gubernamentales, promotores sociales etc.).

Caminando juntos

La experiencia no ha sido fácil, pues los intentos para generar mayor poder individual, para tomar decisiones por sí mismas traen muchas veces más violencia o maltrato del que ya existía, sin que los o las agentes populares lo puedan evitar o intervenir.

Otros actores en esta conjunción han sido los hombres, quienes se suman en reducido número y lentamente a estas propuestas para revisar su ejercicio de violencia y el cómo caminar juntos. Tan difícil como incorporar a los hombres han sido las alianzas con más mujeres. Estas adiciones implican diversidad, más no enemistad.

Esta nueva forma de ver viejos asuntos ha sido producto de la constante evaluación que fueron capaces de tener las organizaciones y los educadores populares, así que esta etapa del proceso también deberá ser parte de la incorporación del enfoque. El movimiento de mujeres, o las mujeres que participamos utilizando el análisis de género no escapamos a la reproducción de prácticas del poder de dominio.

Si el germen de la sociedad está en las relaciones de género, empecemos a mejorarlas, fortaleciendo nuestra práctica educativa desde este enfoque, promoviendo cambios y cuestionando constantemente si éstos satisfacen a todos y a todas, volviendo siempre a nuestras fuentes, al germen de la sociedad.

*          Socióloga mexicana, especializada en estudios de género. Universidad Autónoma de Coahuila.

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