septiembre 16, 2021

Por encima del bien y del mal

por: Diego Flores *

Los periodistas reclaman un fuero especial, inconstitucional por cierto, demandan la aplicación de una ley que es inaplicable por obsoleta y por inconstitucional, a la que además la han proclamado como patrimonio del gremio.

Todos los hombres somos iguales ante la ley. Ese es un supuesto jurídico universal sobre el cual está sustentada la estructura normativa de todos los estados en la actualidad y sobre la que, además, se han consolidado acuerdos, convenios y declaraciones internacionales de los derechos humanos.

Hace unos días los médicos rechazaron cualquier forma de regulación, control y sanción a la mala praxis en el ejercicio de la medicina, arguyendo que por lo especializado de su trabajo solamente sus pares, sus iguales, es decir, otros médicos, pueden conocer, juzgar y si el caso amerita, sancionar sus errores o fallas en el ejercicio de esa profesión.

En la vida cotidiana, en la relación entre iguales, cuando una persona es insultada, difamada o calumniada injusta o falsamente; exige del ofensor disculpas y si éstas son aceptadas ahí concluye el hecho o, de lo contrario, si las disculpas no existen o no satisfacen, el ofendido tiene expeditos los caminos que le franquean nuestras leyes para defender su honorabilidad, su dignidad y la de los suyos.

Eso sucede entre personas iguales. Pero no siempre es así, si uno es insultado, calumniado o difamado, injusta o falsamente, por un periodista, a través de una radio, de un periódico o de un canal de televisión, puede atreverse a pedir una disculpa y esperar pacientemente si alguien le da una satisfacción. Si esto no sucede, ni modo ¡aguántese compadre!, porque pretender exigir que por la vía de las leyes se encuentre una reparación al daño causado es no solo imposible, sino que lo convierte a uno en un delincuente que atenta contra la libertad de expresión, contra el derecho de inviolabilidad de las opiniones de los periodistas, finalmente hasta contra la democracia. Que contrariedad, todo por haber sido ofendido, por haber sido agredido, a través de un medio de comunicación.

Cosa similar sucede con quien acude a un centro médico, se hospitaliza, le hacen una curación o una intervención y resulta que se pasó la anestesia, que apareció un virus hospitalario, que el diagnóstico del médico no era el correcto o se confundieron los resultados de los exámenes de laboratorio o, simplemente, el médico se equivocó, y no hay a quien quejarse. El imaginario popular ha acuñado aquella frase que sostiene que los delitos de los médicos no se descubren porque están tres metros bajo tierra.

Los periodistas reclaman un fuero especial, inconstitucional por cierto, demandan la aplicación de una ley que es inaplicable por obsoleta y por inconstitucional, a la que además la han proclamado como patrimonio del gremio. Obviamente esta ley tiene un valor enorme porque los pone a cubierto, a buen recaudo, del juicio ordinario al que estamos librados el común de los mortales, los protege, encubre, en una suerte de impunidad garantizada e institucionalizada.

La Ley de Imprenta, vigente desde 1925, fue pensada para defender a la sociedad y no a los periodistas. En realidad todas las leyes tienden a proteger el bien común, primero y luego los intereses personales. Pero con el transcurso del tiempo se ha distorsionado ese objeto y únicamente se la utiliza como escudo ante la demanda social de responsabilidad, profesionalismo en el trabajo de algunos periodistas, que mienten, difaman y calumnian con impunidad.

Y ojo que estoy tratando de ser suficientemente claro, los delitos los cometen los periodistas, no los medios de comunicación, éstos últimos apenas son instrumentos, como un revolver o un hacha, para la comisión del delito. La regulación, entonces, debe apuntar al periodista no al medio de comunicación, no al periódico, la radio o el canal

Tanto la salud como la información, son bienes públicos y quienes trabajan con ellas deben dar cuenta de su trabajo a la sociedad a través de sus instituciones y no buscar refugiarse en gremios, cofradías o logias que les brinden protección particular ante la justicia. Quienes realizan su trabajo con responsabilidad, con idoneidad y en el marco del respeto a los seres humanos, no deben tener temor alguno a que la sociedad los controle, los interpele, los juzgue y si es el caso, los sancione, en el marco de leyes claras y establecidas previamente a través de las instancias judiciales establecidas también previamente.

Es evidente que ante la andanada de despropósitos que se han registrado en los medios de comunicación en los últimos años, no solo en lo que se refiere al ataque al Presidente o a autoridades gubernamentales, sino con una cada vez mayor cobertura a la violencia, al sensacionalismo y la crónica roja, que afectan no solamente a los valores ciudadanos, sino también y peligrosamente a la dignidad y honra de muchas personas, sentenciadas por los medios sin investigación ni proceso alguno, ha crecido la demanda social de poner un límite a esta situación.

A los periodistas únicamente se les pide que informen la verdad, es mucho? Nadie les pide que oculten información, pero tampoco que la banalicen o la manipulen, sesgándola malintencionadamente, mucho menos que mientan. Sin embargo, esto último es lo que más se puede observar en el trabajo de los periodistas expresado a través de los medios.

A quien buscan favorecer con mentiras, qué objetivos esconden detrás de su trabajo, qué intereses se mueven detrás de los medios y de los periodistas, son preguntas que no me animo a responder por temor a caer en lo que observo; por eso mismo para que podamos tener claridad y precisión en nuestros criterios, nunca estará demás que, como todos, los periodistas también se rijan por una ley, una ley aplicable, actualizada, adecuada a los requerimientos y expectativas del Estado y la sociedad, es decir, nada más y nada menos que una ley que reúna las características que la ciencia jurídica y la técnica legislativa lo exigen y que se aplique a todos por igual.

Estar por encima del bien y del mal, quizá corresponda a santos o ángeles celestiales, si es que éstos existen. Para los hombres la justicia y las leyes de los hombres.

*          Ciudadano del Estado Plurinacional de Bolivia.

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