septiembre 22, 2021

Evo: democratizar para profundizar el cambio

La gran coalición formada en las luchas callejeras contra el neoliberalismo rampante de Sánchez de Losada, hoy resquebrajada, puede —¡y debe!— ser reconstruida porque los sectores populares que desertaron de esa alianza en los años recientes tienen más motivos para volver que para quedarse.

Días pasados el presidente Evo Morales inauguró en Cochabamba el “Primer Encuentro Plurinacional para Profundizar el Cambio” con el objeto de analizar las transformaciones que han cambiado, de manera irreversible, a la sociedad boliviana y las estrategias que deberán adoptarse para que este significativo proceso llegue a buen puerto. Lo que la prensa denominó como “Cumbre Social” reunió una multitudinaria concurrencia de unas mil personas, entre delegados y asistentes, representantes de diversos movimientos sociales de todas las regiones del país. El encuentro fue concebido para desarrollarse a lo largo de dos etapas: la primera fase se extendió entre el 12 y el 14 de Diciembre y en ella funcionaron diez comisiones de trabajo examinando otros tantos temas y desafíos cruciales del momento actual. El Vicepresidente Álvaro García Linera así como ministros y altos funcionarios del gobierno nacional estuvieron presentes en esas comisiones, aportando información y sobre todo escuchando las demandas y muy especialmente los planteos y propuestas que dieron a conocer los movimientos. Estas primeras conclusiones serán presentadas y nuevamente discutidas en una serie de reuniones que tendrán lugar en las próximas semanas en los distintos departamentos de Bolivia, en preparación para un segundo y definitivo período de sesiones entre el 10 y el 12 de enero y en el cual se fijarán las principales directivas para profundizar la agenda de transformaciones que deberán concretarse en los años venideros.

En su discurso inaugural Evo recalcó la importancia de una discusión democrática y plural para consolidar el proceso de cambios inaugurado desde su llegada al Palacio Quemado en 2006. A diferencia de la mayoría de las intervenciones de otros presidentes o jefes de estado en cualquier parte del mundo, Evo comenzó la suya señalando lo que él mismo calificó como los errores cometidos por su gobierno. No empezó hablando de sus aciertos sino de la inseguridad, del narcotráfico y de la corrupción presente en ciertos elementos de los escalones inferiores de la burocracia, de la necesidad de aumentar la producción y mejorar el desempeño económico. Sólo después se dedicó a enumerar los muchos logros de su gestión, con cifras contundentes: casi dos millones de niños beneficiados por el bono Juancito Pinto; ochocientos mil ancianos recibiendo una importante ayuda monetaria; el avance en los programas de salud y educación públicas; el fortalecimiento de las finanzas del estado gracias al cumplimiento del mandato popular que exigía la nacionalización de los hidrocarburos; la duplicación del salario mínimo y la rápida transformación que hizo que Bolivia dejara de ser un “estado colonial mendigo” que tenía que contratar onerosos préstamos en el exterior para pagar a sus empleados públicos, para convertirse en un estado plurinacional que por primera vez en la historia acumula reservas por valor de 12.000 millones de dólares, una cifra impactante si se tiene en cuenta el tamaño de la economía boliviana.

Por supuesto que también habló de política: dijo en un pasaje de su discurso que antes había grupos y organizaciones que se movilizaban para que los gobiernos hicieran obras; ahora hay minorías muy estridentes que “se movilizan para que el gobierno no las haga. Pero debemos hacerlas, respetando a la Madre Tierra: de lo contrario, ¿cómo podríamos vivir sin industrias, sin petróleo, sin gas, sin la minería?” En una época en que un organismo como el Banco Central Europeo saca y pone gobernantes en Grecia, Italia y Portugal, Evo enfrenta los desafíos de su gobierno elaborando una agenda que procura profundizar la democracia, promover el diálogo entre gobernantes y gobernados, y haciendo verdad el apotegma zapatista de “mandar obedeciendo”. Esta sana inclinación a fundirse con su pueblo, a tonificarse escuchando sus críticas y sus propuestas es uno de los factores que dan cuenta de una popularidad que no parece haber sido debilitada por los traspiés sufridos por su gobierno en el último año: el gasolinazo, el conflicto del Tipnis y su increíblemente torpe manejo y las elecciones de la judicatura. Como decíamos más arriba, al igual que en Venezuela y Ecuador, los procesos de cambio experimentados por Bolivia en los últimos años han dado vuelta a una página de la historia y nadie, ni el más enconado de sus críticos, imagina la posibilidad de un retorno al pasado. Si la revolución avanza lentamente en el terreno siempre escabroso y traicionero de la economía, en el plano de las conciencias el cambio experimentado en Bolivia ha sido formidable y, lo repetimos, irreversible. La derecha no es opción de gobierno y su única chance es un harto improbable golpe de estado; la izquierda hiper-radicalizada, por su parte, muestra una sospechosa desproporción entre el eco que sus feroces críticas a Evo encuentran en los medios hegemónicos y su (al menos hasta ahora) escaso sustento de masas. Pese a las dificultades del último año el presidente boliviano sigue siendo imbatible en el terreno electoral. Sin rivales a la vista, la principal amenaza radica en el progresivo desmembramiento de la gran coalición social que lo catapultara al Palacio Quemado y lo ratificara plebiscitariamente en los años posteriores. El éxito del “Primer Encuentro Plurinacional” no puede eclipsar el desencanto de algunos movimientos sociales y sectores de la ciudadanía plebeya que años atrás se sentían plenamente interpretados por la figura de Evo -su liderazgo y sus propuestas- y que ahora no se sienten escuchados o, peor aún, no alcanzan a comprender ciertas políticas o actitudes gubernamentales como las que se dieron a lo largo del grave conflicto del Tipnis, para no mencionar sino tan sólo un ejemplo. Si Evo recupera plenamente esa rara capacidad de sintonizar con las angustias y necesidades de su pueblo el futuro del proceso desencadenado por las grandes movilizaciones populares de inicios de siglo estará asegurado. La gran coalición formada en las luchas callejeras contra el neoliberalismo rampante de Sánchez de Losada, hoy resquebrajada, puede -¡y debe!- ser reconstruida porque los sectores populares que desertaron de esa alianza en los años recientes tienen más motivos para volver que para quedarse. Situado en el centro neurálgico de esta complicada coyuntura, la reconstrucción de esta alianza depende más de la prudencia, el altruismo y la flexibilidad táctica de Evo que del arrepentimiento de quienes la abandonaron. Es mucho lo que está en juego y la empecinada intransigencia de una u otra parte sólo servirán para desperdiciar una oportunidad única que ni Bolivia ni América Latina pueden darse el lujo de arrojar por la borda. Si este momento histórico que vive Nuestra América fracasa en sentar las bases de una nueva forma de sociabilidad decididamente poscapitalista -y la Bolivia de Evo Morales es un escenario privilegiado de esta posibilidad- pasará mucho tiempo antes de que el acontecer histórico nos ofrezca una nueva oportunidad. Y esa espera, que nadie se equivoque, será cualquier cosa menos pacífica. Estará signada por los vientos de la contrarrevolución con su fatídica carga de dolor y muerte.

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