junio 24, 2021

Mujeres al mando: pasado y futuro

Para la mujer boliviana, acceder a los derechos políticos resultó un camino más largo y tortuoso que el transitado hacia los derechos civiles obtenidos décadas atrás. La idea de la ciudadanía femenina no dejaba de plantear un escenario conceptualmente más complejo que el de los varones, en particular porque se ingresaba a una dimensión política vinculada con el espacio público estrechamente ligado al poder y a su ejercicio.

Tal conquista tardará pues mucho tiempo en concretarse, e incluso aun hoy continúa redefiniéndose. La primera ola del feminismo de fines del siglo XIX (Adela Zamudio, por ejemplo), imbuida por los valores de la modernidad vinculados a las concepciones de emancipación y libertad, permitirán tempranamente rechazar la naturaleza opresiva de la sociedad oligárquica que con su voto censitario restringía y calificaba el derecho electoral, excluyendo a las mujeres del mismo.

La irrupción nacionalista de 1952, que decretó el Voto Universal, marcará con su improntus el acceso al sufragio femenino. No obstante esta conquista dejará por mucho tiempo a las mujeres circunscritas al estatus de simples electoras. Así la ciudadanía recién conquistada surgirá también restringida, al ser otorgada dentro de un contexto en el que la distribución de los cargos públicos y los puestos de decisión política estaban, a modo de privilegio, reservados para los varones. De hecho hubo contadas mujeres en cargos públicos, en directivas partidarias o en el Parlamento (Lidia Gueiler).

La década de los 90, escenario de reformas políticas y de modernización del Estado, se convertirá en un momento de disponibilidad social y política para incluir en la agenda de transformaciones el debate respecto a la frágil y restringida ciudadanía femenina. Así, la demanda de la cuota del 30% para la participación de las mujeres en los espacios de representación parlamentaria, —la misma que en la época no sobrepasaba el 10%—, se instalará en el debate público con especial intensidad. El movimiento feminista y de mujeres se embarcará en la lucha por la aprobación de un mecanismo coercitivo de discriminación positiva que sirva para enfrentar la persistente exclusión de las mujeres y doblegar así las prácticas antidemocráticas de la clase política. Mostrará con su actitud la inconsistencia de los supuestos de la democracia representativa en Bolivia basados en las ideas de igualdad, de libertad, de imparcialidad de las asambleas representativas y de universalidad de los derechos políticos.

Con el cambio de siglo y con Bolivia transitando hacia un Estado Plurinacional con promesas de descolonización y de reconocimiento de las diversidades étnico culturales, la estrategia de las cuotas de dos décadas atrás, ya no alcanza para que este proceso acoja con la misma radicalidad a las mujeres como otro actor central del proceso de cambio que se anuncia. Ellas, buscando el reconocimiento de su propia “diversidad dentro de la diversidad” y enfrentadas al riesgo de quedar subsumidas en un campo de actores sociales y políticos que lucen como “asexuados”, tejieron(y tejen) su demanda de paridad en la representación para darle forma a la igualdad política. Y la nueva Constitución Política del Estado no tuvo más que sancionarla. Pero, ¿se cumple?

Si bien, en el año 2010, por primera vez en la historia de Bolivia, el gabinete ministerial estuvo compuesto por un 50% de mujeres, al finalizar el 2011 esta representación había descendido al 45%. A principios de este año el escamoteo de poder pone definitivamente en vilo la paridad, solo un 35% de mujeres ocupan cargos en el ejecutivo. ¿Qué certezas o prejuicios respaldaron esta decisión presidencial? ¿Las mujeres tuvieron una oportunidad y la perdieron? ¿Mujeres sin suficiente investidura para hacer gestión pública? ¿La atribución de “rasgos técnicos” del nuevo gabinete es incompatible con el desempeño y las capacidades de las mujeres del Partido? ¿O se trata una vez más de las veleidades y censuras de los que consideran que el poder es cosa de machos aguerridos y pendencieros entrenados para enfrentar los duros desafíos del momento político? Y en esa línea, tal vez eso explique la presencia nuevamente de Ramón de la Quintana, el hombre fuerte y la expresión varonil del poder, portando la estratégica cartera de la presidencia.

En contraste y simultáneamente, dos mujeres acceden a la presidencia del Senado y de Diputados, Gabriela y Rebeca, respectivamente. El tiempo dirá cuales fueron sus oportunidades de éxito o fracaso. Habrá que evaluar ¿Con qué márgenes de libertad y autonomía contaron sus liderazgos para enfrentar las viejas costumbres de sumisión y censura que impone la lógica de partido y la de los jefes? ¿Cómo hacer la diferencia con otros mandatos de varones, de modo que la paridad en la representación no se convierta en un mero gesto de formalidad? El desafío que tienen en sus manos estas dos lideresas no es menor, si lo que se espera es un legado de subversión que implique una nueva forma de hacer política que asuma que sin despatriarcalizar la sociedad ninguna otro tipo de opresión podrá ser erradicado.

*          Socióloga y feminista cochabambina.

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