junio 12, 2021

Desarrollo: la constitución del sujeto necesitado

Vivimos en una sociedad no ya del espectáculo, no ya de la vigilancia y del control, sino del simulacro, de la virtualidad de la realidad, de las fuerzas y del poder. Detrás de la utopía del cambio, del discurso del “desarrollo”, hay un adiestramiento minucioso y concreto de las fuerzas útiles. Los flujos, las tecnologías de la comunicación son los soportes de esta nueva acumulación y concentración de saber cuyo juego discursivo define también nuevos anclajes del poder. El sujeto necesitado se halla fabricado, producido de acuerdo con otras tácticas de las fuerzas y de los cuerpos dentro de esta compleja maquinaria. Forma parte de la máquina transnacional, transdisciplinaria, virtual del simulacro; está dominado por sus efectos de poder que prolonga y recrea él mismo. En esta economía capitalista en crecimiento, este nuevo tipo de poder es el que se pone en acción por medio de los regímenes políticos, de los aparatos y de las instituciones.

El discurso del desarrollo, que en los últimos 50 años se ha constituido en el paradigma del cambio y de la transformación, es el saber que se cuela tras las actuales redes de dominio y de poder de la cooperación internacional. Este saber se empieza a constituir en 1949, al declarar Harry Truman, en su discurso de investidura como presidente de EEUU, “área subdesarrollada” al hemisferio sur. Ese día, el discurso occidental convierte a dos mil millones de personas en “subdesarrollados”; ese día el hombre común deja de ser homo sapiens y se transforma en homo miserabilis; en hombre necesitado, en protagonista de la escasez. Lo primero que instaura este discurso son hábitos de necesitar, que se imponen en la mente del hombre necesitado mediante la categoría de las necesidades básicas. Las necesidades se han convertido en el fundamento universal de las certezas sociales, en la definición por excelencia de la condición humana. Esta necesidad no es otra cosa que la creación de una dependencia material de bienes y servicios foráneos, dependencia que hasta ese momento no había sido tomada en cuenta por las culturas.

Mediante el proceso evolución-progreso-crecimiento-desarrollo, Occidente impone la necesidad como un hábito social y al hombre adicto a las necesidades como el nuevo sujeto del siglo XX. El diagrama de poder del desarrollo opera sobre la constitución de un sujeto necesitado, al que le es inventada su condición de necesidad. Pero crear una necesidad, un sufrimiento de necesidad en el sujeto no es suficiente. Hay que crear el dispositivo que permita mantener este sufrimiento bajo la promesa de satisfacerlo. El discurso del desarrollo aparece como esta promesa, como la garantía que permitirá romper con la adicción de la necesidad. Se genera en el sujeto necesitado una expectativa: sus necesidades serán definidas y satisfechas utilizando los nuevos poderes de la ciencia, la tecnología y la política. Estas expectativas brotan precisamente de las necesidades fomentadas por la promesa del desarrollo. Entre el poder de Occidente, que decide quién necesita el desarrollo, y los grupos necesitados, que desean ese apoyo, se presenta siempre un intermediario local. Cuando el intermediario no cumple, estos deseos se transforman en reclamos; Pero la promesa permanece. De lo que se trata, ahora, es de acuñar un nuevo concepto que la haga posible: la ayuda económica. La ayuda es un instrumento elegante del ejercicio del poder. “El poder es verdaderamente elegante cuando, cautivados por la ilusión de la libertad, aquellos sometidos a él niegan tercamente su existencia”. Este tipo de poder elegante no golpea, no mata, no impone cadenas: ayuda. Pero esta ayuda no es incondicional, inocente; es calculadora, es obligatoria, tiene como fin superar algún tipo de déficit diagnosticado desde afuera. El necesitado se somete voluntariamente al cuidadoso escrutinio y control de quien lo ayuda; este escrutinio es el de la compasión. Escrutinio y control están institucionalizados y profesionalizados. La ayuda se muestra como un gesto público de don, cuyos beneficios son el económico-material y el político-legitimizante. La ayuda esconde tras de sí relaciones de superioridad e inferioridad; la vergüenza de quien recibe y la arrogancia de quien dona. Esta vergüenza proviene del hecho de que es ayuda para el desarrollo; la ayuda no es ayuda en caso de necesidad, sino para la superación de un déficit.

Pero el concepto de ayuda es también utópico, está relacionado con la esperanza de un progreso que nunca llega. Hay que crear la ilusión del cambio, de la transformación, hay que medir el impacto de la ayuda, hay que crear categorías que permitan visualizar el desarrollo: hay que planificar y evaluar. Planificación y evaluación son procesos de dominación y control social. Ambos conceptos encarnan la creencia de que el cambio social puede ser manipulado y dirigido, producido a voluntad.

La planificación, inevitablemente, requiere la normalización y la estandarización de la realidad, lo que a su vez implica la injusticia y la extinción de la diferencia y de la diversidad. Una vez normalizados, regulados y ordenados, los individuos, las sociedades y las economías pueden ser sometidos a la mirada científica de la ingeniería social del planificador, quien opera sobre estos cuerpos intentando producir el tipo deseado de cambio social. La planificación involucra la superación o erradicación de las tradiciones, obstáculos e irracionalidades de las estructuras humanas y sociales existentes y su reemplazo por nuevas estructuras racionales. De lo que se trata es de eliminar la diversidad e imponer peligrosamente una monocultura: la occidental, mutilando la capacidad de la humanidad para enfrentar un futuro paulatinamente diferente con respuestas creativas.

El desarrollo es, pues, un simulacro de juegos de lenguaje sujeto a reglas precisas que arrastran todavía los resabios de un diagrama disciplinario estricto. Juego en el que los jugadores ocupan puestos específicos, jerárquicamente definidos. El contexto en el que se desarrolla este juego es transnacional; está más allá de la frontera conocida y legitimada como propia. Los jugadores se dividen en grupos: reales y virtuales. Los virtuales son quienes inician la jugada, están en Estados Unidos o Europa. Desde allí, mediante la tecnología, realizan sus movidas; actúan con un directorio invisible, elegido por los dueños de la economía, representantes de países y asistentes completamente visibles en su propia área de influencia. Del otro lado del océano están los árbitros y el otro equipo de jugadores. Entre los primeros, las organizaciones no gubernamentales, las fundaciones locales, las empresas consultoras, encargadas de controlar las reglas del juego, en tanto cumplimiento de actividades y logro de resultados, y en su aspecto económico, en tanto uso de los recursos o fondos de la donación. Y el otro equipo, una cadena de ONGs y organizaciones de base, promotores y agentes del desarrollo, intermediarios cuyo papel es garantizar la virtualidad del sueño del cambio con relación al sujeto-objeto concreto del juego: el grupo indígena, la comunidad campesina, las mujeres, los homosexuales, etc.; en el cuerpo de cada uno de los individuos particularizados e individualizados, nombrados, para su mejor control. El objetivo del juego es mantener la expectativa de los indígenas, de las mujeres, de los homosexuales, de los pobres en general, de que por medio de su proyecto algún día podrán ser sujetos dignos, constructores de su propio destino, libres al fin de las cadenas de la pobreza y la necesidad.

Y, detrás de este simulacro, el dinero, los recursos de la donación, como hilos invisibles movilizan la parafernalia de esta gran simulación. La intermediación -se siente satisfecha, convencida de que está aportando a resolver las condiciones de vida del sujeto necesitado; cuando en el fondo es el instrumento que pende de los invisibles hilos del dinero. La gran representación que promocionan estos instrumentos tiene como trama las múltiples estrategias del desarrollo local y la inversión social. Es sobre estos temas que se trata de persuadir, de seducir. El supuesto es que todos los actores de la sociedad civil, sin importar su condición social, política o cultural, estarán dispuestos a establecer alianzas contractuales, a ser socios estratégicos, a aportar para hacer realidad la utopía de la igualdad en la semejanza, no en la diferencia. En el simulacro sobrevive la esperanza de que con la participación de todos será posible la derrota de la pobreza y con ello la liberación del sufrimiento del hombre necesitado.

En este diagrama, ya no es importante la arquitectura ostentatoria de las instituciones. De lo que se trata, más bien, es de ocultar el lujo y la comodidad tras la falsa postura de la sencillez y la solidaridad;

Tampoco es necesario el encierro. En esta relación de fuerzas, el sujeto necesitado se considera libre, está libre en su hábitat: en su comunidad, con sus llamas y ovejas; en su selva, con sus ríos, sus árboles y sus animales salvajes; en su chacra, con sus cultivos de subsistencia; y, sin embargo, condicionado a permanecer allí para siempre.

Voluntariamente obligado a buscarse un porvenir en esa su condición de necesidad, administrando de mejor manera su miseria, so pena de ser olvidado por la benevolencia de la cooperación, so pena de atentar contra la libertad y la comodidad de los otros, so pena de perderse en los vicios y la mala vida de la ciudad. Una maldición recae sobre todos aquellos que se van. Por eso, hay que controlar la movilidad de los cuerpos, mantenerlos ocupados, creyendo en realidad que están construyendo por sí mismos su futuro. No es otro el papel para el que son pagados los profesionales de la intermediación.

Pero lo más importante de este diagrama es su producto final: la creación de un rebaño de necesitados, orgullosos de ser los gestores de su propio sometimiento y dependencia, entrenados en campo para reproducir eficientemente las técnicas de la dominación en cualquier contexto; capaces de prolongar sin remordimiento y sin compasión, al infinito, el sufrimiento de necesidad del homo miserabilis en aras del gran sueño: la muerte del atraso, de la tradición, de la diferencia, de la sin razón.

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