junio 15, 2021

Lo que la rebelión de América Latina está colocando en jaque

El fracaso de la VI Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias es parte de la crisis profunda del sistema interamericano de dominación al servicio de los Estados Unidos y una victoria más que Nuestra América se anota en su todavía largo y peligroso camino hacia la emancipación.

La Cumbre de las Américas —como el paraguas político que Estados Unidos impulsó en la primera mitad de la década de los 90 para poner de rodillas a la revolución cubana, establecer un área de libre comercio para beneficio de las transnacionales y sentar su dominio militar a través del Plan Colombia—, ha fracasado. Cartagena de Indias acaba de ser escenario del golpe más duro que una insurgente América Latina y el Caribe le ha propinado al proyecto hegemónico más importante del imperialismo en el hemisferio.

Esta posición latinoamericana en la VI Cumbre de las Américas, en la que Cuba fue el gran ausente presente, representa además una contundente prueba de la profunda crisis del Sistema Interamericano que Estados Unidos puso en marcha para preservar, ocupar y explotar su “patio trasero”.

No es poco lo que se ha registrado en la ciudad colombiana el 14 y 15 de abril, pues sus resultados tendrán consecuencias todavía difíciles de dibujar, en un momento que en América Latina convergen tres tipos de gobiernos entorno a la necesidad de alcanzar un mayor nivel de autonomía respecto a Estados Unidos. Desde los gobiernos revolucionarios, hasta gobiernos de derecha, pasando por otros progresistas, se observa la voluntad de construir un espacio propio para encarar una diversidad de problemas. Que no se haya aprobado una declaración final -lo que ocurre por segunda vez desde Trinidad y Tobago-, es una señal de que hay una Nuestra América insurgente.

Con el fracaso de la VI Cumbre de las Américas, nunca como antes los países de América Latina y el Caribe han hecho causa común la demanda del cese del bloqueo estadounidense contra Cuba, el derecho argentino a las Malvinas ocupadas por Inglaterra y, se ha encargado de apuntar el gobierno cubano, la cuestión de Puerto Rico, virtualmente una colonia norteamericano en pleno siglo XXI.

Si bien la posición de los países latinoamericanos ha profundizado la crisis del sistema interamericano, sería ingenuo pensar que el imperialismo carece de fuerzas para encontrar otra puerta de entrada a sus obscuros intereses, en un momento de crisis mundial y multidimensional del capitalismo.

¿Pero qué es el Sistema Interamericano y de qué crisis estamos hablando?

Los orígenes del Sistema Interamericano no están en 1948, cuando en la ciudad colombiana de Bogotá se dio nacimiento a la Organización de Estados Americanos (OEA), cuyas tempranas acciones a favor del arrollador nuevo imperialismo le valieron ser calificado por el ministro cubano, Roa Bastos, como el “Ministerio de Colonias” de los Estados Unidos. En realidad, sus antecedentes hay que encontrarlos en la Doctrina Monroe de 1822, en el Destino Manifiesto de 1823 y en la I Conferencia Panamericana de 1889.

La Doctrina Monroe tiene su punto de arranque el 2 de diciembre de 1822, cuando el presidente de los Estados Unidos, James Monroe, hace una intervención anual ante el Congreso en la que cierra enérgicamente, bajo el argumento de que “América es de los americanos”, cualquier posibilidad de intervención militar de varias naciones europeas para devolverle a España sus dominios coloniales. Está claro que esa advertencia estadounidense no implicaba una sintonía con la causa independentista que recorría esta parte del hemisferio desde 1804 con el triunfo de la revolución haitiana.

Pero eso no fue todo. En lo que vendría a ser una temprana intervención de los Estados Unidos en América Latina y el Caribe, el 28 de abril de 1823, una carta del embajador John Quincy Adams dirigida al Rey de España le adelanta que Cuba y Puerto Rico son “apéndices naturales del continente norteamericano” y en la que sostiene, además, “que una de ellas, casi visible desde nuestras costas, se ha convertido en estratégica”.

Con ambas iniciativas políticas -la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto-, Estados Unidos mutiló las aspiraciones de Bolívar y otros próceres por lograr la independencia de Cuba y Puerto Rico y no tardó mucho para arrancarle a México la mitad de su territorio. Si EE.UU. no se expandió territorialmente más hacia el sur del hemisferio fue debido a la guerra de secesión que se libró en su territorio entre 1861 y 1865, enfrentando a los sureños -en la que predominaba la economía de la plantación basada en la esclavitud- y los del norte, en la que se hacía énfasis en el desarrollo industrial.

Arrebatando a México la mitad de su territorio, luego de la invasión de 1848, lo que para muchos intelectuales implicaba un gran primer paso para convertirse en el nuevo imperialismo, Washington pasó a disputarle a Inglaterra la dominación comercial que ejercía sobre gran parte de América Latina y el Caribe. Hasta que, para consolidar su presencia en el continente convocó a la I Conferencia Panamericana, cuyos trabajos se hicieron entre octubre de 1889 y el 19 de abril de 1890.

La conferencia panamericana es el primer intento de Estados Unidos por establecer, primero, una unión aduanera y, segundo, un área de libre comercio a partir de convenios bi y multilaterales, con el objetivo de facilitar su movimiento comercial y si bien no se concreta por la férrea oposición de Argentina, es un proyecto al que nunca renunciaría.

Pero los buenos resultados para el emergente imperialismo se dieron más bien en el ámbito de la política, pues se crea la Oficina Internacional de Repúblicas Américas con sede Washington, aunque en la IV Conferencia en Buenos Aires, en 1910, pasa a llamarse Unión Panamericana.

Las citas internacionales se hacen con cierta regularidad y es en la IX Conferencia Panamericana en Bogotá, en 1948, cuando a la par del “Bogotazo” -una gran explosión social provocada por el asesinato del liberal Eliecer Gaitán-, se crea la Organización de Estados Americanos (OEA), cuya primera abierta complicidad con los Estados Unidos se registra en la X y última conferencia panamericana, en 1954, al virtualmente legitimar la intervención militar de Guatemala para desplazar del poder al gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz.

Estados Unidos tenía un organismo supranacional funcional a sus intereses coloniales. Por eso la OEA tampoco tuvo ninguna reacción ante la invasión estadounidense a República Dominicana en 1965, la invasión mercenaria a Bahía Cochinos en Cuba en 1961 y los golpes de Estado en las décadas de los 70 y 80 en América Latina, así como más bien promovió la expulsión de Cuba de ese organismo en 1962 por el solo hecho de haberse declarado una revolución socialista.

La historia del Sistema Interamericano como instrumento de dominación al servicio de los Estados Unidos es larga, por lo cual solo mencionar, como otro hito de nefasto papel, la década de los 90, cuando el imperialismo pasó a una contraofensiva en América Latina y el Caribe apenas consumado el derrumbe de la URSS y la Europa socialista del Este.

La arremetida estadounidense, al desaparecer la bipolaridad mundial, buscaba en el hemisferio dos objetivos muy claros: primero, derrotar a la revolución cubana por la vía del endurecimiento del bloqueo y, segundo, generar una forma de anexionismo de América Latina y el Caribe a través de un instrumento económico -el Área de Libre Comercio (ALCA)-, un instrumento militar -el Plan Colombia- y un instrumento político que le daba cobertura para todo lo anterior: la Cumbre de las Américas.

La I Cumbre se llevó a cabo entre el 9 al 11 de diciembre de 1994 en Miami, bajo la presidencia del demócrata Bill Clinton. La declaración final resaltaba el reconocimiento político solo a los gobiernos electos por la vía de la democracia representativa, la necesidad de librar una batalla internacional contra las drogas, que daría paso a un progresivo aumento de la militarización de esa lucha en los países productores de coca y la preparación del ALCA, cuya meta fijada para su puesta en marcha fue 2005.

La II Cumbre, en Santiago de Chile del 18 al 19 de abril de 1998, fue calco y copia. Pero ya en la III Cumbre, en Quebec, Canadá, del 20 al 22 de abril de 2001, se empezaría a escuchar una solitaria voz de resistencia al proyecto de dominación estadounidense. El protagonista de la rebeldía era el presidente venezolano Hugo Chávez, quien había asumido la conducción del país sudamericano luego de su victoria en 1998 e iniciado el camino de profundas transformaciones.

A escasos 14 años del derrumbe del campo socialista, la tenaz resistencia cubana que enfrentaba además un “Periodo Especial” bastante agudo, pues más del 90% de su comercio exterior con el campo socialista había desaparecido, y la voz cada vez más rebelde del presidente de Venezuela, así como la emergencia de otros gobiernos de izquierda y progresistas en el hemisferio, es el marco de la IV Cumbre de las Américas, en Mar del Plata, Argentina, del 4 al 5 de noviembre de 2005, cuando otras voces se alzan contra el dominio imperial. La intención de poner en marcha el ALCA, en enero de 2005, fracasa. A partir de esa cita internacional la historia es bastante conocida: clausurado el camino al ALCA, los Estados Unidos se dio a la tarea de negociar tratados de libre comercio.

Un año antes, en noviembre de 2004, en La Habana, los presidentes Fidel Castro de Cuba y Hugo Chávez de Venezuela, pusieron en marcha la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), a cuya mecanismo alternativo de integración se sumó luego Evo Morales, tras su triunfo en diciembre de 2005, y en menos de una década la iniciativa contaba con ocho países miembros.

Pero si el ALCA fracasó en Mar del Plata, todavía la Cumbre de las Américas debería esperar hasta abril de 2009, cuando en Puerto España, la capital de Trinidad y Tobago, no fue aprobada una Declaración final. De los puntos de la controversia, dos fueron los más importantes: primero, la contraofensiva militar del imperio en América Latina, con la apertura de más bases militares y el apoyo a una acción del gobierno colombiano para violar espacio aéreo ecuatoriano para bombardear un base de las FARC, y, segundo, el pedido de levantar el bloqueo a Cuba.

Pero la posición de la mayor parte de los países de América Latina y el Caribe, a partir de 2009, particularmente por el empuje de los estados miembros del ALBA, ha dejado de ser reactiva para pasar a una toma de iniciativa en todos los terrenos. En Sudamérica se ha avanzado a consolidar la Unión de Naciones del Sur (UNASUR) y en diciembre de 2011, en Caracas, se ha fundado la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) como un foro político, sin la presencia de Estados Unidos y Canadá, que se proyecta a no solo resolver las controversias sino a encarar una mayor integración y unidad de los pueblos y estados de Nuestra América.

América Latina y el Caribe se ha convertido en un escenario de disputa por la hegemonía entre un proyecto de dominación y otro proyecto de emancipación. Nunca como antes, particularmente en los últimos doscientos años, existe la condición de posibilidad de avanzar hacia la emancipación de Nuestra América. La experiencia y presencia histórica de los levantamientos indígenas contra la invasión europea, la memoria histórica de las luchas independentistas y el ciclo de rebeldías e insurgencias revolucionarias y progresistas -iniciadas con el triunfo de la revolución cubana en 1959- son la fuente que alimenta las victorias nuestroamericanas.

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