diciembre 6, 2021

Algunas cosas cambian, otras no

En agosto de 1861 el comandante Ernesto Guevara denunciaba ante el mundo el verdadero propósito de la Alianza para el Progreso propuesta por Kennedy. Su intervención ante la OEA no sólo aclaró que esa política estadounidense estaba destinada a aislar a Cuba y facilitar una intervención militar en su contra, sino que también sentó las bases para una crítica radical y constructiva de la cooperación internacional, que ya desde entonces mostraba una inclinación natural para beneficiar el desarrollo de los países ricos mediante el subdesarrollo de los países del Sur.

Pocas cosas han cambiado desde entonces. Las tres críticas que él hacía a la supuesta ayuda del Norte para el desarrollo de los pueblos del Sur aún tienen fundamentos para ser nuevamente pronunciadas.

En primer lugar, la ayuda sigue siendo discriminatoria. Los países del primer mundo aún pueden escoger a que países quieren ayudar con una parte de su PIB y a quienes no. Así, EE.UU. puede suspender su cooperación financiera en el marco del ATPDEA cuando le de la gana, o Cuba puede no recibir ningún crédito para el desarrollo a pesar de ser el único país del Sur con indicadores sociales cercanos (y a veces mejores) que los del Norte.

En segundo lugar, la ayuda sigue siendo dirigida hacia donde los países donantes creen que es más apropiado y no donde los países pobres y necesitados consideran que es más necesaria. Guevara se refería a este rasgo de la cooperación financiera burlonamente como “letrinocracia”, señalando con ello una tendencia a dirigir la ayuda a proyectos superficiales y maquilladores de la pobreza como, digamos, la instalación de letrinas por todo el campo, en vez de fomentar la industrialización y así el crecimiento económico.

En tercer lugar, la ayuda aún no es garantizada ni en las circunstancias más necesitadas. El caso más reciente es el de Haití. Azotada por un terremoto que acabo literalmente con cada bloque de cemento en su territorio, la miserable entre los miserables aún espera que la comunidad internacional le entregue 11 mil 500 millones de dólares que le prometieron para empezar su reconstrucción. En vez de ello, en vez de médicos, en vez de dinero, los EE.UU. le mandaron soldados. De alguna manera loo veíamos venir.

Pero también mucho ha cambiado desde entonces. Los términos de intercambio comercial entre los países industrializados y subdesarrollados son beneficiosos para los últimos como pocas veces ha sucedido en la historia, gracias a la demanda de materias primas desde China.

Al mismo tiempo, un emergente bloque regional de países no alineados en Latinoamérica ha comenzado a dar los primeros pasos para una integración regional que permitirá (y de hecho ya permite) que los países del Sur negocien la venta de sus productos hacia el resto del mundo en términos más justos, y ya no bajo los impedimentos de los monopolios que los obligaban a venderle sólo al Norte, alimentando así su propia dependencia.

Así es, poco y mucho ha cambiado. Los EE.UU. ya no controlan la política exterior ni interior de los países del Sur, al menos ya no la de Bolivia, Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay y Nicaragua. Pero aún golpes de Estado como el de Honduras, ahogan las aspiraciones populares en un mar de sangre que fluye directamente hacia el Norte, con toda impunidad.

Ahora son otros tiempos, pero queda mucho del pasado todavía. El carácter de la cooperación internacional, que endeuda a Bolivia más y más año tras año, es una de esas cosas que deberían cambiar.

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