diciembre 3, 2021

Los olvidados

La historia es muy sencilla y su moraleja muy simple. Pareciera ley de la vida que la gestación de un clásico esté sembrada de escollos y acosada de incomprensiones, para luego, al cabo de un tiempo (unos pocos años o varias generaciones), sea reconocido unánimemente como una obra fundamental y modélica; o, en otros términos, para que alcance la categoría de cosa sagrada. Sin embargo, los clásicos son verdaderamente sagrados gracias a las herejías que cometen. ¿Qué originalidad tendría una obra que no se atreviera a romper las reglas establecidas? ¿Qué valor podría tener si no instalara algo nuevo en el mundo? En todo clásico hay un extraño equilibrio entre tradición y vanguardia, entre lo viejo y lo nuevo, entre lo sagrado y lo profano. Se podría decir que un clásico salda cuentas con lo previo y propone un nuevo programa para lo venidero. De ahí que sean obras que le resultan contemporáneas a varias generaciones, es decir, que tienen la capacidad de seguir interesando e inquietando. Los clásicos son obras de vigencia universal, pero no son complacientes, a pesar de ser placenteras. Entender esta aparente contradicción, permite a los clásicos expresar el dolor de una época, revelar algo más de lo humano. De ahí que resulte tan arduo que un clásico sea, al mismo tiempo, un éxito comercial o políticamente correcto.

En 1950, Luís Buñuel estrenaba “Los Olvidados”, la primera película verdaderamente “suya” desde que abandonara España por la Guerra Civil. En los años previos, Buñuel hizo lo que pudo más que lo que quiso. Encaró “trabajos alimenticios” de diverso orden que ni siquiera firmaba y anduvo de un país y otro, en su diáspora de exiliado, hasta que recaló en México. Luego de dos largometrajes para el productor Oscar Dancigers, ganó el derecho de hacer una película a su gusto y medida, aunque con la condición de que fuera muy barata. Se sabe que apenas cobró dos mil dólares por su trabajo, que no tenía participación alguna en las regalías y que apenas tuvo 18 días de rodaje para hacerla. Durante más de medio año, se paseó por los barrios periféricos de México para buscar a sus personajes, para pergeñar su historia. “Los Olvidados” retrata a los niños y jóvenes marginales de la gran urbe. La carga social es evidente, pero no es un filme sobre los pobrecitos pobres, sino crudamente lúcido acerca de la vileza que produce la pobreza. Buñuel sabe que los pobres son eso: pobres, no ángeles. Que su condición de pobres es injusta, por supuesto, pero que no los exime de bajos instintos, de bajas pasiones. Sabe que también los pobres pueden ser malvados, egoístas, ambiciosos, crueles, abusivos. Y lo muestra sin contemplaciones.

Como es fácil suponer, Buñuel fue duramente repudiado por buena parte de sus amigos. No fueron pocos los que sintieron que el cineasta insultaba a México y a los mexicanos al mostrar la miseria de esos personajes. Esto es lo que más me interesa al recordar esta película: la honestidad intelectual de sopesar los hechos por encima de los deseos; de reconocer, no solo los errores, sino también las mezquindades que pueden ejercer quienes merecen, al mismo tiempo, nuestra solidaridad. La necesaria honestidad de estar en desacuerdo con los compañeros, sin por eso ser un traidor vendido al imperialismo, debe ser un fuero irrenunciable. Las herejías son necesarias para avanzar, no se las debe acallar ni condenar a la hoguera. Los dogmas no son creativos, los dogmas no son revolucionarios. No lo olvidemos.

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