diciembre 3, 2021

Donde van a morir los elefantes

El fútbol es la épica de nuestros días. Tan es así, al parecer, que invertir en dicho deporte cabe en los gastos de defensa. De otra manera, no me explico que el Estado apoye a la Federación Boliviana de Fútbol sufragando los sueldos del cuerpo técnico. Xabier Azkargorta cobrará mensualmente 20 mil dólares y el Estado aportará ese dinero. No salgo del asombro. Sé, como todos, que el fútbol profesional está plagado de sueldos estratosféricos; entre los cuales, de seguro, el de Azkargorta resulta inclusive modesto. Deseo también, como todos, que ese director técnico pueda repetir los éxitos del pasado y clasificar al equipo a un Mundial. Todo eso lo sé y lo comprendo. Lo que no entiendo y no acepto es que el Estado gaste el dinero de todos en tal empresa. ¿20 mil dólares mensuales para un resultado incierto, por no decir, improbable? Y aún si se lograra la clasificación ¿no son 20 mil dólares mensuales a fondo perdido? ¿O es que la Federación devolverá este dinero al Estado? No lo creo. Ojalá me equivocara y alguien me desmintiera. Pero no lo creo.

Apoyar el deporte es una cosa y pagar un sueldo tan elevado, otra muy diferente. A pesar de gustarme el fútbol, no puedo dejar de sentirme defraudado y menospreciado. No como individuo, sino como miembro de un gremio. ¿Cuáles son nuestros sueños como país? ¿Clasificar a un Mundial de fútbol o ganar un premio Nobel? ¿Nuestro gobierno se gastaría el mismo dinero para que, digamos, un escritor prestigioso impartiera un taller de escritura creativa a jóvenes? ¿O para que un científico de nivel mundial realizara sus investigaciones desde Bolivia, a tiempo de formar investigadores nacionales? Repito, apoyar el deporte es una cosa, pero tampoco puede ser la única cosa. Este gobierno construyó, literalmente, cientos de polideportivos en todo el país. Es una obra estupenda y que merece ser aplaudida fervorosamente, cómo no. Pero, permítanme preguntar ¿y cuántas bibliotecas, museos y laboratorios se han construido? 20 mil dólares mensuales es mucho dinero, en cualquier trabajo. De hecho, para decirlo con todas sus letras: no creo que haya trabajo alguno que merezca un sueldo de 20 mil dólares. Menos en este país. Es morboso. Si el mercado, es decir, los capitales privados quieren especular con semejantes cifras, pueden hacerlo y apoquinar de su bolsillo. Pero ¿con dinero del Estado? No, por favor. Es mor-bo-so. El Premio Nacional de Novela no llega a los 13 mil dólares, sin descontarle los impuestos; el de Poesía otorga algo más de 3 mil; los Eduardo Abaroa, se quedan en 30 mil bolivianos por categoría; y no hace falta recordar que ningún fondo público impulsa o promueve el trabajo de artistas y científicos. ¿Nos puede sorprender entonces que los niños aspiren mayoritariamente a ser futbolistas…? Claro que no ¿verdad?

Un personaje novelesco de José Donoso decía: “Si nuestros gobernantes son tan ineficaces, no es sólo por su corrupción generalizada, que es una realidad comprobable, sino porque jamás han leído a Rilke, no conocen a Baudelaire, ni los toca Keats. Por eso son imbéciles. La ciencia, en sus manos, tenderá siempre a ser apenas una tecnología; la economía, un problema de contabilidad; la política, un match de boxeo donde gana el más fuerte.” El título de esa novela, parece marcarnos el único destino posible a quienes cometimos la estupidez de estudiar y pretender hacer ciencia o arte en nuestro país: irnos Donde van a morir los elefantes. ¡Qué lástima!

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