Cuando finalmente la lucha del pueblo boliviano encaminaba al país al final de las dictaduras, dando inicio a una democracia que hoy, 32 años después, no solo se ha consolidado, sino que ha logrado cambiar las relaciones de poder, permitiendo que los sectores tradicionalmente marginados asuman la responsabilidad de conducir este proceso, me tocó desempeñar el papel de dirigente en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UMSA, experiencia distante ya, pero que marcó el curso de mi vida personal y profesional.
Entonces no solo se recuperó la democracia para el país, sino que también dentro de esta lucha se reivindicó la autonomía para las universidades públicas, las cuales no solo habían estado intervenidas durante las dictaduras, sino incluso en varias de ellas se había impuesto la presencia de rectores militares. Luchamos por ideales, junto a valiosos docentes identificados plenamente con la enseñanza pública superior y con la utopía de transformar la educación como base del cambio del país.
Se restableció el pleno funcionamiento del claustro, se eligieron autoridades en ejercicio del cogobierno paritario docente estudiantil y se empezó a recuperar la Universidad para el pueblo, a devolverle su contenido, nacional, revolucionario y antiimperialista, de una universidad científica y democrática.
Vino el neoliberalismo y todo aquello se desmoronó al igual que el país. No pudieron privatizar o capitalizar la Universidad pública porque no era negocio para nadie, no era rentable, era un monstruo demasiado grande y se procedió a generar una educación superior paralela, surgieron como hongos decenas de “universidades” privadas, muchas de las cuales, la mayoría, nunca reunieron las mínimas condiciones, pero que con la venia del estado neoliberal, empezaron a graduar centenares y miles de profesionales sin que se hubiesen verificado sus capacidades, saturando el mercado de muchas profesiones inútiles o engañando a los jóvenes con la oferta de otras “novedosas”, porque el negocio era ese, sacar profesionales rápidamente, sin importar la calidad, garantizando que la “inversión” del estudiante se justifique con la obtención pronta del título.
En contrapartida, la universidad pública, se hundió en peleas internas, en pugnas de poder, prebendalismo, tráfico de influencias y de calificaciones, huelgas y paros sin norte, descuidando su función principal, formar cuadros profesionales para el desarrollo del país. La universidad pública se convirtió en la principal responsable de la proliferación de la educación privada.
Los jóvenes universitarios de hoy, en su mayoría, desconocen estos hechos y parece que nadie se encarga de recodárselos y se han visto arrastrados a seguir la lógica de enterrar cada día un poquito más a nuestras universidades públicas. Hace unos días tuve la oportunidad de observar en un par de facultades (una de ellas la mía) las elecciones de autoridades y me invadió un sentimiento de sorpresa y congoja, de tristeza y de bronca, al ver a decenas de jóvenes a ritmo de cumbia vitorear a sus candidatos, sin tener idea de qué proponían. Una fiesta de colores (bebidas y comidas también) que no sé quién la financia y con qué objetivo. Si uno invierte es porque piensa que va a tener utilidades; será que con esa inversión obtendrán dividendos suficientes por el solo hecho de llegar a ser decano o director de una carrera o será simplemente la satisfacción moral, espiritual de servir a la universidad y a la patria?, No creo que encuentre respuesta a esa pregunta, seguramente existen otros factores más complejos en torno a estos hechos.
Cuál, entonces, el interés en llegar a ser decano o rector o rectora? Solamente la aspiración de culminar en la cúspide una carrera académica de largos años? De dónde salen los recursos para las campañas electorales en las cuales a simple vista se observar un gasto importante? Quién financia esas campañas y con qué objetivo? Son también preguntas para las que no tengo respuesta, pero que al igual que muchos bolivianos, que sostenemos con nuestros aportes la formación superior pública, tenemos derecho a pedir una explicación, la que a título de autonomía se ha venido evitando.
Y no sólo eso, también alguien debiera respondernos hacia dónde va la universidad? Si bien es cierto que alberga a decenas de miles de jóvenes habrá que analizar no el costo/año por estudiante matriculado, sino el costo final de cada profesional formado, titulado, en la universidad pública. Aparentemente, los costos son sorprendentemente elevados y es verdaderamente bajo el nivel de titulación en proporción a quienes ingresan y permanecen en la universidad por muchos más años de los que realmente debieran cursar una carrera.
Si no se transparentan verdaderamente estos y otros aspectos administrativos y presupuestarios, nuestro sistema universitario público estará justificando con sobradas razones un accionar diferente del gobierno y de las organizaciones sociales.
Qué nostalgia la que me envuelve cuando recuerdo aquellos años en los que desde la universidad soñábamos con que otro país era posible. El tiempo nos dio la razón, era y es posible, pero nuestra alma mater parece no haberlo entendido.

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