agosto 21, 2026

Las relaciones internacionales del Estado Plurinacional

Cuando empezaba a escribir estas líneas, mi buena consejera me dijo, no escribas sobre ese tema, te van a decir resentido y hasta te la pueden cobrar.

Cavilé y cavilé en torno al desinteresado consejo y decidí nomás poner unas líneas al respecto pues quiero contribuir a pensar sobre lo que se hace y a partir de ello, mejorar lo positivo y superar lo negativo. Finalmente, el que tenga interés en leer con otros cristales, que lo haga nomás.

El Ultimo Mohicano, novela de James Fenimore Cooper (1826), nos recuerda a la soledad del Canciller Choquehuanca en el gabinete de ministros. Otros representantes indígenas ya no están, porque o no estuvieron a la altura del proceso, o porque se enfrentaron entre ellos mismos o finalmente porque fueron víctimas del arribismo de otros masistas no indígenas que terminaron desplazándolos y hasta poniéndolos en el olvido.

Pese a ello, el Canciller Choquehuanca, es, fue y probablemente seguirá siendo uno de los pilares gobierno.

Sin embargo de ello, no podemos decir lo mismo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Si bien, el sujeto (a) hace al cargo, es también real, que un Ministerio es un organismo que ha de trabajar de manera ordenada, sincrónica pero sobre todo, sistémica. Y eso no ocurre.

En algunas notas de prensa la oposición al gobierno se rasga las vestiduras diciendo que no hay profesionales de la carrera diplomática en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Y más aún, dicen que un solo embajador es de carrera. Muy bien digo yo, si en toda la vida republicana de Bolivia la casta “diplomática” que se había anidado en ese ministerio jamás produjo una política de estado soberana en el marco de las relaciones internacionales de Bolivia, y lo único que hizo fue acomodarse a las olas políticas que producían las coyunturas internacionales y los gobiernos de turno para apuntalar las propuestas de las potencias que digitaban los destinos nacionales. Pocos “de carrera” fueron y son eficientes servidores públicos.

Es más, hoy continúan en las filas de la Cancillería testaferros de los gobiernos militares, blandiendo hábilmente un discurso democrático y “demostrando” que son técnicos indispensables para el desarrollo de las relaciones internacionales.

Más allá de ello, la situación se torna a ratos en dramática, pues muchos de los actuales funcionarios invitados, incluidos embajadores, salvo honrosas excepciones, tampoco se han puesto a la altura de los requerimientos en política exterior del Estado Plurinacional. Sus vice ministerios se han feudalizado y no actúan sistémicamente. Los antiguos funcionarios siguen funcionando bajo su lógica y los nuevos se adecuan a la “experiencia” de los antiguos con resultados funestos por contradictorios con la filosofía de gobierno.

Obviamente, eso tiene su impacto en lo ondulante y zigzajeante que resulta nuestro accionar internacional, que tuvo en el primer gabinete, seguramente su mejor momento de claridad para emprender la misión de situar al proceso de cambio en el concierto internacional. Nadie podrá negar a estas alturas, que ya no se tiene la misma claridad.

La Cancillería debe marcar la línea a seguir a todos los ministerios e incluso, al propio Presidente, en lo que se refiere a todo tema internacional. Pero eso no ocurre, cada ministerio maneja sus proyectos sin interesarle mucho los impactos políticos que estos pueden tener y más aún en este tiempo en que hay bloques de países y de empresas transnacionales que trabajan articuladamente. Resulta incongruente estar enfrentados hasta irracionalmente con los Estados Unidos y al mismo tiempo estar haciendo acuerdos estratégicos con Corea del Sur, que son sus socios y participan absolutamente de sus emprendimientos. Quien debería velar por ello? La Cancillería. Lo hace? Pues no.

En términos diplomáticos, cada palabra tiene un peso específico importantísimo. Hay que saber usar cada palabra. Lo mismo son los gestos de amistad o indiferencia, que son perfectamente leídos por aquellos países a los que les afectan. Quien debe tener control sobre todo esto? La Cancillería. Lo hace? No. Entonces…

Lejos de como evaluemos la calidad de las relaciones con x o y países, hay algo que no deberíamos perder y es la dignidad y el respeto, valores permanente en las relaciones con cualquier país del planeta, aunque ideológicamente no tengamos absolutamente nada para compartir. La altura y el trato firme y digno consiguen más respeto que poses destempladas.

Los deslices respecto al calificativo de la relación con la Embajada americana así como el haberle bajado el perfil a la visita de la Reina de España y hablar al mismo tiempo de cooperación, seguro también nos pasarán la factura, como el no haber asistido con una delegación oficial a la posesión de Dilma Rousseff. Es hora de ponerle freno a tan ingenuos autogoles teñidos de un equivocado concepto de soberanía y autodeterminación.

*          Fernando Rodriguez Ureña es zoociologo, con maestría en quimeras. Hizo su doctorado en la pluriversidad de Los Sauces en LianMa He Nan Lu. Alguna vez fingió como diplomático.

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