noviembre 23, 2020

El dolor del Cóndor 1

por: Sonia Victoria Avilés Loayza

“La justicia del cóndor” es parte de un compendio de historias entre los Andes y la Amazonia publicados en una obra de literatura antropológica que la autora ha titulado Cuentos del los Andes para Inti.

En una perdida comunidad de los Andes Centrales los habitantes se reúnen con el Consejo de Amautas 2, desesperados pidiendo auxilio.

—        Los hemos hecho venir Maestros porque estamos viviendo una pesadilla. Nunca habíamos visto tanto odio por parte del cóndor, el noble, el sagrado cóndor nos está castigando y no sabemos por qué.

            Desciende con gran violencia cuando menos lo esperamos y coge lo que está a su alcance, ya sea una cría de camélido, ya sea un camélido adulto y la última vez un niño —y no es por hambre que viene a cazar es por placer de matar—, toma la presa la eleva a gran altura y luego la suelta ante nuestro estupor y drama.

—        ¿Un niño dicen?

—        Sí maestro, un niño. No se conforma con las crías de los animales, esta vez ha tomado un niño pequeño. No lo lanzó, sacrificándolo a una muerte segura, como hizo con las otras dos pobres bestias, sino que lo ha raptado, no sabemos donde lo tenga y tememos vuelva a atacar.

De pronto, se escuchó un grito sordo en medio de la solemne reunión:

—        ¡Ayúdennos, ayúdennos!

Era la madre del pequeño desaparecido que no podía contener por más tiempo su llanto y se lanzaba a los pies de los ancianos, pidiendo la ayudasen a encontrar al niño.

Los sabios, luego de consolar a la sufrida madre, se retiraron en silencio a la casa del más anciano o Amauta Mayor. Afuera la gente esperaba impaciente.

La decisión del Consejo en la voz del Amauta era contundente:

—        ¡Hay que cazarlo! ¡Necesitamos la piel de un camélido y vuestra colaboración!

Organizados bajo las órdenes de los amautas, la población se veía como en un día normal de trabajo, unos dedicados a la agricultura, otros al pastoreo, otros en los telares y lo niños corriendo de aquí para allá. Al improviso, un vuelo furtivo, una presencia en los cielos, miedo:

—        ¡Viene, viene!

Gritaba la gente. Las madres tomaban a los niños y se metían en las casas, los pastores alzaban a las crías mas pequeñas mientras arreaban al resto a un lugar seguro. Aparentemente solo una bestia quedaba abandonada a su destino. La enorme ave se precipitó contra el animal y cuando iba a clavarle las garras, inesperadamente la presa se volteó cogiendo las dos patas del ave, que sorprendida estaba a punto de destrozar al extraño animal a picotazos —quien en realidad era un hombre desnudo ungido de grasa animal y cubierto con piel de camélido— sino hubiera sido por los otros hombres que actuaron inmediatamente y cubrieron al cóndor con fuertes redes inmovilizándolo completamente, el falso camélido no hubiera logrado zafarse como lo hizo: a gran velocidad.

Una vez atrapado, el cóndor fue llevado a la casa del Consejo. Cerraron las puertas y estuvieron más de veinticuatro horas reunidos con la gran ave. Sólo entraban aquellos autorizados a llevar alimentos, agua, chicha 3, hojas de coca y tabaco.

—        ¿Has visto algo? ¿Qué están haciendo?

—        ¡El gran cóndor llora!

—        ¿Qué? ¿Qué mas has visto?

—        No he logrado ver mucho más. Están sentados en círculo, unos fuman, otros mascan la hoja, el gran cóndor al centro, y justo frente a él: el Amauta Mayor que habla con los ojos cerrados, parece ser él la voz del cóndor.

Terminada la reunión, salió sólo el Amauta más anciano para hablar con la comunidad:

—        El gran cóndor Kuntur Mallku pide justicia. Uno de nosotros ha traicionado la veneración al sagrado rey de las aves. Uno de nosotros lo ha vendido por el dinero de los blancos. Uno de nosotros es responsable del asesinato de sus dos crías y el cautiverio de su compañera. Por ello, el cóndor a estrellado brutalmente dos camélidos: cría y adulto y ha raptado un niño. Siente un gran dolor por la violencia sufrida y por vuestro desconsuelo. Sin embargo, no parará hasta que no se entre en razón…

—        ¿Mi hijo, mi hijo, vive? ¿Dónde está? ¡Maestro por favor hable!

—        La criatura vive…

—        ¡Qué tontería! —Interrumpe uno de los jóvenes—.

            Hablar con un cóndor, que el chico vive, son ustedes viejos, que drogados con la hoja de coca escuchan lo que quieren. Los blancos están por doquier, ustedes tienen que modernizarse. ¡Matemos al ave ahora!¡ Y terminarán todos los problemas!

La comunidad estaba confundida. Los padres del niño, arrodillados a los pies del anciano, pedían ayuda.

El Amauta Mayor se preguntó:

—        Aunque hay fuerza en las palabras de este joven, en sus ojos leo miedo. ¿Por qué tendría miedo alguien que no ha hecho nada?

Aquella noche, mientras todos intentan descansar después de los últimos hechos y con tan extraño huésped en la casa principal, el Amauta se deslizaba como una serpiente inadvertida, siguiendo al joven que había interrumpido tan bruscamente la reunión.

Después de horas de recorrido, del otro lado de la cordillera —cómo ya lo presintiera el viejo sabio— el joven se encuentra con cuatro cazadores armados. El Amauta no logra escuchar cuanto hablan, mas vislumbra a poca distancia una jaula: en su interior con las patas encadenadas un bellísimo ejemplar de hembra cóndor.

El joven recibe una bolsa de manos de los cazadores y a toda prisa toma la dirección hacia la comunidad.

El Amauta se queda en el campamento, la noche es todavía larga. Los cazadores vuelven a las carpas, se ven satisfechos.

Por la mañana…

—        ¡Entréguenme al cóndor, yo lo mataré lejos de aquí, ya no será un problema para la comunidad!

Gritaba el joven a las puertas del consejo. Los sabios no abrían. La gente se había aglomerado en torno a la casa principal.

El joven no dejaba de golpear la puerta. Cuando a sus espaldas…

—        ¿Cuanto vale el cóndor para ti? Pues para nosotros no tiene valor, como el aire, el agua o la tierra, nunca los venderíamos, nadie puede pagar su justo precio.

El joven se giró sorprendido, escuchaba pero no oía. Quería romper esta conversación absurda, innecesaria, mas la gente los había circundado, la gente era una barrera.

—        Déjanos ver que llevas en la bolsa. ¿Quién te ha dado esa bolsa?

El joven se sintió un conejillo frente a un felino.

Quiso escapar, pero la gente lo doblegó. La bolsa estaba llena del dinero de los blancos.

—¡Justicia comunitaria! Gritaban los comunarios apuntando al joven.

En aquel instante, el cielo se llenó con el vuelo de dos hermosos cóndores.

—¡Es Kuntur Mallku! ¡Lo han liberado!

En efecto, los Amautas habían liberado aquella noche al gran cóndor. La gente comenzó a huir.

El macho aterrizó vecino al Amauta Mayor, quien extendía los brazos al cielo. Lentamente descendía también la compañera del gran cóndor —liberada por el anciano la noche anterior poco antes del alba— y entre sus patas sostenía algo.

—¡Mi niño, mi niño! —Gritó la madre bañada en lágrimas, y desesperada se lanzó a tierra entre el cóndor y el Amauta—.

La hembra depositó con extremo cuidado a la criatura en manos del sabio y de la madre que extendían los brazos simultáneamente.

Luego los dos cóndores surcaron el cielo en bellísimos círculos hasta que se perdieron en la inmensidad del firmamento.

—Los cóndores están en paz. No obstante, nosotros no hemos terminado nuestro trabajo. —Hablaba el Amauta al pueblo—.

Aquella noche, el joven con las manos vacías encontraba a los cazadores.

—        ¡Traidor, dónde esta el cóndor que nos has prometido? ¿Y la hembra? ¿Has sido tú quien la ha liberado? ¿Te la has llevado para cobrar más?

—        No. No es así, no se nada de la hembra, lo juro. Al cóndor lo han liberado los viejos de la comunidad.

—        ¡Mentiroso, traidor, morirás!

—        ¡No! No me maten, no me maten, se dónde enseñan a volar otros cóndores a sus crías. Más abajo, en el Cañón Rojo, a 1.500 metros de altitud, serán dos días de camino, hay nuevas familias de cóndores, tendrán una buena caza. Lo juro ante las montañas.

La pandilla se preparó para el viaje.

—        ¡Más vale que sea cierto o serás hombre muerto!

Afortunadamente el grupo no estaba sólo, serpientes humanas los seguían.

Ya en el Cañón Rojo, un espectáculo maravilloso se abría ante los ojos dichosos de quienes esperaban escondidos en las galerías rocosas.

Nuevas familias de cóndores, padres y madres enseñaban a volar a sus hijos. Los machos realizaban vuelos en círculo descendiendo lo más que podían en un cilindro perfecto, fingían coger algo entre las zarpas y luego dejaban caer la presa imaginaria. Se dirigían hacia sus crías y las alentaban a hacer lo mismo. Un pequeño estudiante se esforzaba sin gran éxito, para luego probar de nuevo. Era realmente increíble su constancia. La madre lo abrazaba con sus grandes alas y luego lo invitaba a probar de nuevo, mientras ella se unía al cilindro —casi mágico— volando en círculos más bajos, protegiendo al hijo.

A un cierto punto, los andinos se dieron cuenta que ya no estaban solos y con fuertes silbidos y chillidos espantaron a las familias de cóndores, los que se pusieron a buen recaudo. Sólo entonces, los Amautas se lanzaron contra los cazadores.

—¿Qué está sucediendo? —¿Qué son esos ruidos? —¡Han espantado a los cóndores! —Se preguntaban perplejos los cazadores—.

La voz del Amauta Mayor retumbó entre las montañas:

—        ¡No son bienvenidos en estas tierras!

—        ¿Quiénes son ustedes?

—        Recojan sus cosas y váyanse. El joven vuelve a la comunidad con nosotros.

—        ¡Ah es de los vuestros! No. Este traidor no vuelve.

El cazador más viejo disparó en el corazón al joven, quien cayo sin vida, ante los gritos de los Amautas que corrían a socorrerlo.

De todos los rincones del cañón comenzaron a salir grupos de hombres, al extremo que los cazadores no sabían en que dirección disparar, en cuestión de minutos eran presa de los comunarios.

—        ¡Al precipicio, al precipicio con ellos!

—        Un momento. —Dijo el Amauta Mayor—. Permítanme leer en sus ojos.

Se acercó uno a uno a los cuatro cazadores, dos de ellos eran muy jóvenes, a uno de éstos últimos dijo el sabio:

—        Veo que tienes un corazón sincero. Comprende que en estas tierras los seres no le pertenecen a nadie, todos somos libres como los cóndores, merecemos cumplir un ciclo, la libertad no se vende ni se compra. ¿Lo comprendes?

El joven cazador no respondió nada. Sencillamente, asintió con la cabeza.

—        Yo sé que él lo comprende. Déjenlo ir, ahora sabe qué significa ser libre.

Los comunarios obedecieron y dejaron ir al joven cazador que no se llevó nada consigo y simplemente se dirigió hacia las montañas. Nunca más supieron de él.

En cuanto a los otros tres, el Amauta dijo ver oscuridad en sus corazones, mientras se retiraba junto al Consejo.

Los comunarios llevaron a los tres cazadores al borde del precipicio y les ordenaron saltar, sólo uno obedeció, los otros dos se resistieron y fueron empujados. Sus pertenencias, armas y dinero fueron arrojados con ellos, estos objetos no tenían ningún valor en la comunidad.

*          Arqueóloga y escritora

1          “La justicia del cóndor” está inspirada en un trabajo de recopilación de historia oral que realicé con el entonces bibliotecario del Museo Tiwanaku de La Paz – Bolivia, Felix Urquidi, quien fue partícipe de esta vivencia cuando era niño en los años 20’. Esta publicación es un pequeño homenaje a quien me enseñó tanto sobre los Andes.

2          Los Amautas (del Quechua hamawt’a; ‘maestro’, ‘sabio’) son quienes se dedican a la educación y práctica de la sabiduría.

3          Chicha. Bebida alcohólica suave producto de la fermentación del maíz.

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