diciembre 2, 2020

Los territorios perdidos de 1904

A fines del siglo XIX y albores del XX, los flamantes Estados nacidos del colapso del Imperio español emprendieron una dura brega por definir sus fronteras externas e internas; es decir ajustar cuentas por territorios con los países vecinos y reducir los espacio de la población indígena, considerada negligente(sic) frente al discurso de progreso de las elites criollas. La historiografía liberal y luego nacionalista construyó la (su) narrativa histórica entorno a la primera de las confrontaciones; victorias y derrotas sirvieron por igual a la hora de armar el panteón de los héroes y la ritualidad festiva que organizaba la unidad de la nación. La segunda en cambio quedó para el olvido de los textos oficiales, salvo por los afectados cuyo memoria se construyó sobre el recuerdo del despojo y la humillación de manos oligárquicas.

Las elites chilenas, por ejemplo, que venían de (intentar) someter al pueblo mapuche, hicieron de la guerra con Bolivia y Perú una continuación de esta gesta civilizadora. Fue una “guerra cívica” para llevar las banderas de la modernidad a territorios fuera del arco civilizatorio. Una paradoja en todo caso, puesto que las elites bolivianas social darwinistas, también se concebían como porta estandartes de progreso en lucha contra los “incivilizados” indígenas.

El Tratado de “Paz y Amistad” impuesto en 1904 por Chile contó con la aquiescencia de una parte de esas elites que depositaron en la ilusoria fuerza de los ferrocarriles y el libre comercio la superación del enclaustramiento geográfico y la pérdida de la costa marítima. En rigor su disputa por territorio tenía otros adversarios, que no eran chilenos. A sus ojos, la costa del Pacifico lucía demasiado lejana y el desierto estéril; la verdadera amenaza estaba dentro: indómitos pueblos indígenas que controlaban feraces y abundantes tierras considerada necesaria para la acumulación primitiva del capital.

Para la oligarquía definir por la fuerza las fronteras internas, lanzar sobre los indigenas, toda la fuerza de la ley criolla y la fuerza del Ejército, resultaba mucho más perentorio, que evitar las consecuencias nefastas de un Tratado que cercenaba a Bolivia miles de kilómetros cuadrados. Lo que perdían allí, parecían pensar, lo recuperarían y ganarían internamente, despojando a los indígenas. El presidente y liberal Ismael Montes, el padre del Tratado de 1904, no tuvo reparos de hacerse a la fuerza de tierras aimaras en la península de Taraco. En 1953, volviendo sobre su memoria, los indígenas ajustarían cuentas al son de los pututos.

*          El autor es historiador. Miembro de la Academia Boliviana de la Historia.

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