agosto 17, 2026

Agujero negro de seres que sobran

  …el agresor le dio tal paliza a la joven, que además de las lesiones ocasionadas en el cuerpo, “le propinó un puñete en el ojo y otro en los labios haciendo que salte un diente”. (Gina Ballivián, Brigada de Protección a la Familia, sobre el Caso de Hanalí Huaycho Hannover. La Razón, 14 de febrero de 2013)

“El lenguaje de la condena y el castigo ha retornado al discurso oficial” 1, en él se despliega una victimología por la que “sólo la visión del sufrimiento de ‘individuos como nosotros’ puede provocar las respuestas apasionadas que se necesitan para suministrar energía emocional a las políticas punitivas y la guerra contra el delito” 2. Esta justicia expresiva exige entonces, modificar con urgencia la lógica de la cárcel.

Las cárceles, atiborradas de delincuentes, superpobladas debido al aumento tanto de los procesados sin condena como de las detenciones y puestas en prisión de individuos, están estrechamente ligadas a la desestructuración social provocada por las políticas neoliberales que se aplicaron con distintos grados, en buena parte del mundo en las décadas de 1980 y 1990. Con el ascenso del neoliberalismo, en las sociedades de control se multiplicaron las penas intermedias (prisión domiciliaria, trabajos para la comunidad, centros disciplinarios no carcelarios) que exigían una actualización permanente de datos -en la lógica misma de la vigilancia- y la existencia de un conjunto de funcionarios dedicados a estas tareas. De lo que se trataba era, de darle un rostro más “amable” a la posdisciplina respecto de la superpoblación carcelaria, esto condujo a un “social-panoptismo” donde “la regulación punitiva de los sectores pauperizados del nuevo proletariado posfordista se efectúa principalmente por medio de dispositivos panópticos cada vez más elaborados e invasivos, directamente integrados a los programas de protección y asistencia” 3.

En este mundo de inseguridad gobernado por el miedo, la rehabilitación de los delincuentes, ya no es el principio que anima el espíritu de las cárceles, sino el hecho simbólico que enmascara la funcionalidad económica y política de la cárcel, para manejar ciertos sectores (droga, prostitución) que las instituciones oficiales no pueden tomar a su cargo. La función de la cárcel es transformarse en un “depósito” de seres que “sobran” en el conjunto social. La cárcel tiene “como único objetivo la custodia y retención de sujetos hasta su completa degradación. Digamos que ya no se busca modelar esquemas humanos para hacerlos útiles, se intenta cansar energías, hacerlas inocuas” 4. Las personas que hoy pasan por la cárcel son arrojadas a través del estigma fuera de la sociedad.

La cárcel ya no provee el modelo a las instituciones propias de las sociedades de control, como lo hacía en otras épocas, porque la vigilancia ya se desprendió de la necesidad del encierro. Los cuerpos al dejar de ser objeto de la normalización disciplinaria, dejan a la cárcel sin capacidad de ofrecer un modelo de tecnologías corporales. La crisis de las cárceles se manifieste en este caso, en la incapacidad que tienen para formar subjetividades o identidades fijas. A su vez, el complejo carcelario que oficiaba como la realización de lo que Foucault llamaba la “inclusión por exclusión”, en las sociedades de control deja de tener vigencia, debido a que la exclusión supera ampliamente a la inclusión, y la lógica disciplinaria no penetra con tanta homogeneidad en todos los estratos sociales. Desacreditados el encierro, la normalización y la inclusión, la cárcel termina transformándose en el agujero negro de las sociedades de control en la medida en que la espectacularidad del castigo ya no se ejerce sobre el cuerpo sino a través de los medios de comunicación.

1          David Garland. La cultura del control. Crimen y orden social en la sociedad contemporánea. Barcelona, Editorial Gedisa, 2005, página 44.

2          David Garland. Op. cit., página 324.

3          Loïc Wacquant. Las cárceles de la miseria. Buenos Aires, Editorial Manantial, 2000, página

4          Alejandro Marambio. “El futuro de las prisiones”, en revista Zettel. Arte de Pensamiento nº 5-6. Buenos Aires, 2005, páginas 217 a 219.

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