enero 8, 2022

Vindicación del Unicornio

Se trata de un muchacho de 18 años. El muchacho es guanaco, es decir, salvadoreño. La chilena Gabriela Mistral dijo que El Salvador, esa manchita casi inubicable del mapa, era, por eso, el Pulgarcito de América. El muchacho también lo es, de alguna manera: flaco, desgarbado, más bien debilucho, pero compensa su frágil figura con una personalidad y un humor arrolladores. El muchacho está estudiando en Chile y se atreve a hacerle una entrevista a Diego Rivera. En determinado momento, el artista le pregunta su edad y si ha leído algo de marxismo. El muchacho responde que 18 y que nada; y el pintor, que “quien ha llegado a los 18 sin leer marxismo es un imbécil”.

El muchacho decide abandonar Chile y continuar sus estudios en su Pulgarcito. Ahora, el muchacho ya no tiene 18 años, pero tiene la misma personalidad y el mismo humor arrolladores y un compromiso político y estético absolutamente definidos. El muchacho decide entrar en el Partido Comunista Salvadoreño. El muchacho empieza a conocer la vida clandestina, la cárcel, la tortura, el exilio. Y el muchacho escribe, y muy bien, y sabe mejor para qué sirven sus esfuerzos literarios; por eso, con la simple claridad del genio se disculpa con ellos: “Poesía, perdóname por haberte ayudado a/ comprender que no estás hecha sólo de palabras”.

Entre exilio y exilio (en México, en Cuba, en Guatemala, en Checoslovaquia), el muchacho va escribiendo una obra tan necesaria como el agua y tan simple como ella: juguetona, irreverente, fresca, vital, limpia, esencial, que mana sin parar y sin parar se entrega hasta dejar el alma nueva, nuevita. Horadando, a golpes de sinceridad y risa, la avejentada solemnidad de una malentendida militancia de manual más que de corazón. Es, pues, un poeta jodido y jodedor. Pero no un enfant terrible a salvo en la atalaya de un café de París. Su vida verdadera no cabría en una novela de aventuras de Dumas, ni se acomodaría tampoco al crístico perfil de los héroes de Gorki, Ostrovski o Sholojov. Más bien, habría que buscar su sentido en un pliego de cordel, en un corrido, en las voces populares que cantan y cuentan celebrando el misterio de vivir a salto de mata. De ahí que, cualquier retrato del muchacho, resulta una fotografía movida, un vano intento de encuadrar la maravillosa fecundidad y desorden de la vida.

Como su risa convocaba y movilizaba más que un panfleto, se constituyó también en una herejía insoportable para quienes no habían entendido que la revolución, para serlo, debe ser alegre y peleona, pendenciera, provocadora, hasta hacer saltar en pedazos la coraza oxidada de nuestros prejuicios y miedos y alumbrar al hombrecito nuevo que está durmiendo. Y si no, no. Por eso lo mataron; a la infausta edad de sus 39 años, como a Zapata y como al Che.

Se llamó Roque Dalton. Y entró en la leyenda el 10 de mayo de 1975. Durante sus años cubanos, había trabajado en la Casa de las Américas, donde los novísimos trovadores por vez primera aporrearon su guitarra armada en público. Seguramente allí conoció a Silvio Rodríguez. Años después de su asesinato, Juan José, uno de sus hijos (y como él, guerrillero), relató al trovador que, en el monte, un caballito azul con un cuerno acompañaba a su tropa de hombres nuevos, trotando en la inmensa estepa verde de la era que estaban pariendo.

Así se entiende que Silvio, al lanzar su célebre disco, asegurara saber al fin “en qué parajes pasta mi unicornio” y que “en prados semejantes ningún amor está perdido”.

Sea el primero en opinar

Deja un comentario