Recordar y olvidar, dos caras de la misma moneda social. Para Fernando Braudel, no hay un tiempo histórico único, sino una multiplicidad de temporalidades, de nudos cortos, medios y largos. El pasado es como un mar agitado, vemos las olas que chocan y modifican sus formas y perfiles, es el tiempo de los acontecimientos y las coyunturas; en el fondo, sin embargo, las aguas no se mueven o lo hacen lentamente; es el tiempo frenado de las estructuras. Desde hace un tiempo atrás, se habla en Bolivia de una memoria larga y otra corta, a las que, se ha agregado más recientemente otra de carácter medio. Símiles, pero no precisiones; la historia y no es la memoria.
Al finalizar el siglo XX, una Asamblea Constituyente no figuraba en la agenda política boliviana. Nada por la esfera de los partidos tradicionales ni existían fuerzas sociales que presionaban decididamente por su instalación. La situación —su tiempo medio o de coyuntura— comenzó a cambiar cuando entre el 18 de septiembre y 7 de octubre de 2000, se vivió nuevamente una profunda movilización social, la más intensa y extensa en décadas. Afloraron entonces antiguas disputas clasistas, étnicas y regionales contenidas por años. La imposibilidad de resolverlas por la vía de la fuerza, como había ocurrido en el pasado, mostraba un cuadro de profundo desgaste del sistema político y su profundo desencuentro con los actores sociales y sus demandas. Quedó en evidencia que Bolivia no era lo que el lenguaje oficial se empeñaba en encubrir tras la apariencia.
Crisis de gobernabilidad y emergencia de la necesidad de reencauzar la conducción y la manera de hacer política. Mientras el sistema político se entrampaba sin rumbo, el 13 de mayo de 2002, indígenas de Tierras Bajas, a los que días después se sumaron sus pares de Tierras Altas la IV Marcha en su historia contemporánea. Su movilización colocó la necesidad de una Constituyente en el centro del debate político. Tras la victoria de Evo Morales, la Constituyente se impuso. Tal sería el tiempo corto. ¿Y el tiempo largo? En Bolivia, habría de referirse a la colonialidad del poder en todas sus facetas. Un horizonte de pensamiento y de modos de ser jerárquicos y de prestigio, que traspasan la política, la ética y la estética, que se prolongan y perviven pese a la sucesión de diversos momentos constitutivos; historia larga de la conducta estatal. Temporalidad que puede leerse como una memoria, que divide en dos la huella mnémica del país, como bien puede leerse en el Prólogo de la Constitución sancionada el 2009.
* El autor es historiador

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