octubre 21, 2020

¿Podrán las elecciones presidenciales “curar el dolor” del pueblo iraní?

por: Shiva Balagui

No tienen más que mirar las fotos de los iraníes celebrando hasta altas horas de la noche. Escuchen, están cantando Yar-e Dabestani-ye Man [Mi amigo de la escuela primaria]. Esta vieja canción de protesta iraní se ha convertido en el himno extraoficial del movimiento estudiantil:


Los golpes de la tiranía en nuestra carne

No los ha borrado el tiempo

Los campos de nuestra cultura

Han crecido salvajes en su abandono…

¿Quién sino tú, quién sino yo

Tiene poder para curar nuestro dolor?



A diferencia de las muy disputadas elecciones presidenciales de 2009, a la mañana siguiente de las elecciones de 2013, las calles de Teherán estaban prácticamente vacías. En 2009, fue el Ministerio del Interior, seis horas después de que se cerraran las urnas, quien informó del resultado final de alrededor de treinta millones de votos. A Mir Hossein Musavi, el candidato aspirante que muchos pensaban había ganado, se le puso bajo arresto domiciliario, mientras el candidato titular, Mahmud Admadineyah, proclamaba su victoriosa reelección.

En esta ocasión, el recuento de votos fue llegando lentamente. Los periodistas que cubrían las elecciones anunciaron por Twitter que se iban a casa a echarse la siesta. Adormilados analistas, académicos y expertos de Londres, Nueva York y Washington DC contemplaban la transmisión en directo de IRINN, la Agencia oficial de Noticias de la República Islámica de Irán.

Fue inevitable que se hicieran conjeturas acerca del retraso en anunciar los resultados de la elección. ¿Se pondría pronto en cabeza el Dr. Hassan Ruhani? ¿Habría una segunda vuelta si ningún candidato conseguía una clara mayoría? ¿Significaba el retraso en el anuncio del resultado de las elecciones que el proceso electoral iba a invalidarse de nuevo? Mucho después de que se cerraran las urnas, un funcionario del Ministerio del Interior anunció algún nuevo dato por la televisión estatal iraní e hizo algún comentario sobre “las conjeturas de las fuentes extranjeras”, negando que hubiera habido intención alguna en retrasar el proceso y asegurando que el Ministerio del Interior no iba a sacrificar la exactitud por la velocidad en el recuento de votos.

Anochecía en Teherán cuando el Ministerio del Interior informó que ya se había hecho el recuento de casi todos los votos. Todos los candidatos se reunieron con las autoridades del Ministerio y se informó a los periodistas que en una hora se anunciarían los resultados finales. El jefe de la oficina del New York Times en Teherán, Thomas Erdbrink, comunicaba que en la Plaza Haft-e Tir de Teherán se restaban reuniendo pequeñas multitudes que con vestimentas de color púrpura gritaban “¡Adiós, adiós, Ahmadi!”

Poco después, el Ministro de Información de Irán anunciaba que Ruhani había ganado por un amplio margen en una “elección épica”. La campaña de Ruhani volvió a twitear un mensaje de Hashemi Rafsanyani ensalzando los resultados como el desenlace ideal, y otro del Líder Supremo, el Ayatolá Jamenei, instando a todos a  respetar los resultados.

Dentro de la política de facciones de Irán, Ruhani figuró tradicionalmente entre los conservadores. Cuando el Consejo de la Guardia Revolucionaria anunció la lista de los ocho candidatos que podrían presentarse en mayo a las elecciones presidenciales, empezaron a tomar forma nuevas alianzas políticas. Como el ex presidente Rafsanyani había sido descalificado por el Consejo, él y otros políticos se asociaron con el Movimiento Verde detrás de Ruhani. Su campaña se diseñó de forma que atrajera a los reformistas y votantes más moderados. Con el eslogan “Un gobierno de prudencia y esperanza”, su cuenta en Twitter ofrecía regularmente fotos de los ex presidentes Rafanyani y Jatami. Su campaña twiteaba con regularidad mensajes en persa y en inglés, con hashtags como #esperanza, #prudencia, #progreso, #imperio de la ley, #diálogo y #desarrollo. Aludiendo a los levantamientos regionales, los carteles de su campaña prometían a los desencantados votantes de Irán que por fin, tras el invierno, llegaba la primavera.

El clérigo Ruhani se entró a formar parte de la política activa en su juventud, en la era del Shah. Se unió a Jomeini en su exilio de París, formando parte del establishment religioso que ha venido moldeando los contornos de la República Islámica durante las últimas décadas. A pesar de haber pasado mucho tiempo en el extranjero, Ruhani ha sido portavoz adjunto del Parlamento, miembro del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y un importante negociador del programa nuclear de Irán.

Si bien Ruhani se integró en los más altos niveles del poder en la República Islámica, también se considera a sí mismo un intelectual. Ha escrito diversos libros, editado varios periódicos, dirigido un centro de investigación y formado parte del consejo de administración de la Universidad de Teherán. The Spectator lo aclamó como “el hombre de Glasgow, cuya época de estudios de doctorado en Escocia promete mucho para la política iraní”. Y Ruhani ha indicado que le gustaría mejorar las relaciones internacionales de Irán, no sólo con las naciones occidentales, también a nivel regional.

Históricamente, cuando los dirigentes iraníes intentaban mejorar las relaciones exteriores, la diplomacia cultural se convertía en una herramienta fundamental para tal fin. Festivales de cine y exposiciones artísticas sirvieron como instrumentos para mejorar las tensas relaciones entre Estados. Cuando el nuevo gabinete esté formado, ¿conseguirán mayores libertades los intelectuales y trabajadores de la cultura iraníes que se enfrentaron a las opresivas condiciones durante la presidencia de Ahmadineyad?

La victoria de Ruhani ha cogido por sorpresa a muchos de los analistas de Irán del circuito estadounidense de think tanks. Los analistas de EEUU se habían centrado en Said Jalili, a quien veían como el candidato “ungido” por Jamenei. Pero, finalmente, sólo consiguió un distante tercer puesto. ¿Por qué se equivocaron muchos de esos expertos sobre Iraq? Se debe a que muy pocos de ellos comprenden realmente las complejas fuerzas que dirigen la voluntad política de los iraníes.

Justo antes de que se anunciara el resultado final, IRINN estaba trasmitiendo un documental histórico sobre la ocupación de Irán por fuerzas rusas y británicas durante la I Guerra Mundial. A todos los iraníes —de todas las generaciones y todo el arco político— les preocupa profundamente la independencia de Irán frente a las intervenciones extranjeras. Desde la revolución constitucional de la era Kayar, la lucha de los iraníes por la democracia y la independencia nacional ha sido intrincadamente compleja. Algunos analistas asumieron que el electorado iraní elegiría, sin cuestionarse en absoluto, al candidato cuya posición pareciera ser la más cercana al Líder Supremo, que es quien tiene el poder último sobre la política exterior y militar de Irán. Las expectativas eran que los iraníes o no votarían —por apatía o frustración— o votarían por Jalili.

La televisión estatal iraní tildó las elecciones de “épicas”, resaltando las inmensas y variadas multitudes que acudieron a votar en los 60.000 colegios electorales repartidos por todo Irán. Los analistas oficiales del Estado trataban de interpretar la alta participación como la legitimación del orden establecido por la República Islámica y el rechazo a la injerencia exterior en los asuntos internos. Opinaban que esta legitimidad fortalecería las posibilidades de Irán en sus relaciones diplomáticas.

Pero las elecciones de 2013 pueden pronosticar una historia diferente. A pesar del sufrimiento causado por las punitivas sanciones occidentales y la difícil situación económica motivada por la mala gestión y un régimen cada vez más rígido, el pueblo iraní ha demostrado que su voluntad política sigue siendo firme. Los ocho candidatos presidenciales fueron intensamente escrutados por el Consejo de la Guardia Revolucionaria y todos ellos tienen largas conexiones históricas con las estructuras establecidas de poder en la República Islámica. Pero las elecciones representan sobre todo una oportunidad, un espacio dentro del sistema político para que el pueblo iraní haga valer su voluntad. Sin darse apenas un respiro, el pueblo iraní demostró que continúa estando políticamente comprometido, exigiendo que en estas elecciones sus votos se contaran. Como expresó en un tweet Barbara Slavin, alto miembro del Atlantic Council: #los resultados de Irán confirman una mayoría reformista del 97% y entre un 00 y un 09 de margen de error; imaginen si la gente pudiera escoger a cualquier candidato [que se presentara sin contar con el control previo del Consejo de la Guardia Revolucionaria]”.

El pueblo iraní no votó para reforzar el statu quo, sino para que se le escuche, tanto en las elecciones como cuando se manifiesta en los espacios públicos. Cuando se anunciaron los resultados finales, las multitudes llenaron las calles de Teherán. Algunos cantaban canciones de protesta y gritaban eslóganes del Movimiento Verde pidiendo que se liberara a Musavi. “Saludo cordialmente a todos los moderados, reformistas y principalistas. Esta ha sido la victoria de la sensatez, la moderación, el progreso, la conciencia, el compromiso y la religiosidad sobre el extremismo y el mal comportamiento”, dijo Ruhani. Habrá que ver cómo gobernará como presidente y cómo su gobierno abordará el creciente descontento del pueblo iraní.

Pero en la noche del 15 de junio, las calles de Teherán, libres de fuerzas de seguridad, pertenecían al pueblo. Como dice su canción: “¿Quién sino tú, quién sino yo, tiene poder para curar el dolor?”.


*    Shiva Balagui es historiadora de la cultura de Oriente Medio y profesora de Historia e Historia del Arte en la Universidad Brown (Rhode Island). Es también co-editora de Jadaliyya.org, editora de Review of Middle East Studies y miembro del consejo de administración del American Institute of Islamic Studies. Entre sus libros destacan los siguientes títulos: “Saddam Hussein: A Biography” (2005, traducido al chino en 2006); “Picturing Iran: Art, Society, and Revolution” (coeditada en 2002); y “Reconstructing Gender in the Middle East” (coeditado en 1994).

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