octubre 21, 2020

Paranoia voyeurista. Espionaje y sociedad confesional

Imaginemos estar en el “mejor” espacio recreacional, no hay restricciones de edad, género o preferencias ¡hay lugar para todos! Este es un lugar “mágico” donde la música y las personas se mueven al ritmo que uno desee; un lugar donde se puede conocer personas sin la embarazosa necesidad de pensar en cómo presentarse o iniciar una conversación —y con un poco de ingenio lograr “algo más”—, un lugar donde uno es “genial” a pesar de saber que no lo es, intercambiar opiniones sin pensar en las consecuencias que estas generan, sacar fotografías y repartirlas a cualquier persona sin importar el uso que las puedan dar, compartir lo que nos dé la gana y sacarle provecho a lo que otros comparten. Lo único malo de este lugar de “ensueño” es que una vez fuera todo lo que hiciésemos en su interior puede ser usado en nuestra contra, simplemente porque es un lugar que tiene dueños y esos dueños son propietarios de todo lo que uno “libremente” ha compartido o hecho en ese lugar. No es necesario ser Alicia para vivir en este “maravilloso” lugar, solo aceptar que es un mundo virtual.

Muchos se han cortado las venas al saber que el monstruo del norte vigila a los “ciudadanos” del mundo con modernos sistemas de espionaje. Muchos no salen de su consternación de saber que la red internet y todos sus servicios al final de cuentas no son espacios fiables y que nuestra “privacidad” puede ser violada el momento menos pensado. Los promotores de la ciudadanía y democracia virtual lloran que ese “gran” espacio “plural” y “democrático” esté siendo privatizado por intereses imperiales, así también los conceptos sobre la sociedad del conocimiento y la información empiezan a sonar tan burdos y simplones. ¿Cómo fue posible que la red internet deje de ser lo que era?

Muchos catalogaban a la red internet como un patio escolar en un recreo, la única diferencia es que no existía un vigilante del accionar en su interior, no había moderador, policía o Estado que ponga límites a los actos de los “ciudadanos del mundo”. Por ello, siguiendo a Zygmunt Bauman, se han borrado los límites que antes separaban lo público de lo privado y hemos construido una sociedad confesional: “…haber convertido en virtudes y obligaciones públicas el hecho de exponer abiertamente lo privado”. Hay un efecto directo de esta sociedad: todos nos hemos convertido en espías de todos, paradójicamente la información que obtenemos es aquella que uno mismo facilita. De alguna forma nos hemos convertido en una especie de voyeuristas y encontramos placer en observar las intimidades ajenas y caemos en la creencia que nuestras intimidades le interesan a otros, por ello las redes sociales están llenas de frases existenciales que buscan el interés de un ajeno. Así también la famosa sociedad del conocimiento que enarbola las tecnologías de comunicación e información es una sociedad reproductora de escasa información y pésima comunicación, la variedad de canales de información reproducen una y otra vez los mismos contenidos y mensajes. Ahora entramos en paranoia colectiva alegando por una privacidad que nunca existió y quejándonos de la existencia de filtros en la información que recibimos. Son innumerables los casos donde empresas vigilan a sus empleados, amigos se siguen los pasos mutuamente y “enamorados” controlan el accionar de sus parejas. ¿Acaso no era sensato pensar que el internet tenía detrás de él un macropoder que controlaba, guardaba y evaluaba nuestros actos?

Así también el espionaje entre gobiernos ha sido recurrente a lo largo de la historia del Estado-nación, esa necesidad de “información” llevo a otro tipo de paranoias; por ejemplo, los soviéticos acusaban a cualquier crítica de traición porque en realidad no sabían quién era parte de un complot, es decir carecían de información; en cambio los gringos se metieron a las oficinas de todos los gobiernos prestando servicios que aseguraban la confidencialidad y privacidad en la circulación de información, seguramente esa información circula por las redes y se almacena en la famosa “nube”, pero seguro es también que esa información esta acumulada en servidores (memorias y discos duros) ubicados en Silicon Valley y que pertenecen a alguno de esos nuevos ídolos del “capitalismo sin fricciones” —denominación que Bill Gates le dio a la era postindustrial que festeja el “fin del trabajo”—. A esta lista de nuevos ídolos geeks, engrosada con nombres como el de Steve Jobs o el famoso Mark Zuckerberg, habrá que sumarle el nombre de Edward Snowden, un muchacho que ahora se hace portavoz de la lucha por la privacidad y los derechos de la ciudadanía, para muchos él ha develado ante nuestros ojos algo que va a cambiar nuestra vida, aunque solo ha confirmado algo que sospechábamos: el imperio nos espía a todos por igual.

Hay que ser ingenuo para pensar que existe privacidad en el espacio más público que existe en la actualidad. Pero este espacio no es un lugar público como otros, sus especificidades lo hacen el lugar más peligroso para aquellos que han caído en sus preceptos. Cualquier visita, información o mensaje recibido e emitido dentro esta red al momento que es depositada en la “nube” deja de ser nuestra, cobra vida propia en un acto puro de enajenación. Algunos han creído que nuestros espacios de privacidad se habían ampliado con el internet, por ello muchos se dedican a “expresar” sus miserias internas y sacar todas sus frustraciones por la red (las redes sociales están llenas de mensajes racistas, discriminadores y de pseudoanálisis), lo que no harían cualquier espacio público “real”; el hecho de que podamos acceder al internet desde nuestra privacidad no implica que sea un espacio privado.

Lo único rescatable de todo es que al fin se devela el “secreto”, la red internet nunca fue o será un territorio plano y liso, está construido verticalmente y a él siempre hemos acudido como simples usuarios, sin posibilidad de decisión o acción, sin posibilidad control sobre lo que hacemos o dejamos en ese espacio. Esto implica que aquellos planteamientos de ciber-ciudadanía o la democracia en red o digital no son posibles en un lugar donde no existe atisbo alguno de derechos y apropiación de ellos. Es decir nos han vendido un espacio pseudopúblico —que además se hace pasar por democrático— a partir de un pseudorespeto a una pseudoprivacidad. La solución no pasa por quitarle a la red todos los ribetes consumistas y del comunismo liberal, típico del “capitalismo sin fricciones”, para derrocar la dictadura de la red, puede que logremos algo generando redes alternativas pero poco se logrará si generamos los mismos espacios con diferentes nombres. Al final la solución es que empecemos a tomar las cosas por lo que son (simples cosas), que empecemos a desarrollar una mirada estratégica de la tecnología y que la vida no gire alrededor del confesionalismo y los falsos activismos digitales —recuerdo el día que una amiga volvió a ser feliz porque pudo retomar su conexión a internet—. El mundo no cambia por que nos sumemos virtualmente a una causa que creamos justa o no, el mundo se transforma cuando la ciudadanía se reapropia de los verdaderos espacios públicos y genera instituciones autoreflexivas y democráticas, que, como dice Cornelius Castoriadis, son resultado y manifestaciones del hacer humano.


*    Investigador del Instituto Internacional de Integración

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