octubre 31, 2020

Hacia una geopolítica del “Proceso de Cambio”

por: Rafael Bautista S.

Dos ideas centrales en la evaluación del autor: la perspectiva geopolítica con la cual hay que mirar el proceso de cambio y darle al proyecto del “Vivir Bien” una pretensión universal y no solo local.
Ya hemos destacado en otros trabajos [1] la importancia que adquiere la geopolítica, en el rediseño que está adquiriendo el incipiente mundo multipolar. Lo cual nos abre la posibilidad de reflexionar este nuestro “proceso de cambio” en perspectiva global. Porque el mundo también atraviesa un cambio y de los horizontes que se abran dependerá la fisonomía definitiva de un nuevo mundo multipolar. Esta nueva disposición geopolítica es revolucionaria, pues la unipolaridad occidental es lo que había caracterizado al mundo moderno, es decir, lo que hizo posible la gestión global del mundo moderno ha sido la disposición geopolítica pertinente a su dominación planetaria: la disposición centro-periferia. Ahora que entra en decadencia el mundo moderno, que se evidencia por el conjunto de crisis terminales que atravesamos de modo global, conviene la reflexión de los procesos que aparecen en nuestra región con perspectiva global. Pues lo que ahora está en juego no es sólo la sobrevivencia de un país o una región sino la sobrevivencia del planeta entero.

La perspectiva geopolítica nos brinda la posibilidad de cotejar, en la nueva disposición planetaria multipolar, no sólo un ingreso soberano al nuevo rediseño que está adquiriendo el mundo sino, lo que más nos debería importar, la posibilidad de liderar una alternativa con perspectiva universal. Lo cual pasa por involucrar nuestro “proceso de cambio” con el “cambio de época” que está atravesando el planeta.

En ese sentido, la geopolítica ya no puede contener los propósitos canónicos que le dieron origen sino los propósitos que se derivan de la liberación de los pueblos sometidos por una geopolítica de dominación imperial. Es decir, la perspectiva geopolítica pertinente a nosotros, se desprende del horizonte propuesto por el nuevo sujeto plurinacional. En ese contexto, el pueblo, como categoría política, ya no es el conjunto del conglomerado social de una nación determinada sino el sujeto del cambio; en ese sentido, “proceso de cambio” quiere decir: el máximo potencial de la nueva disponibilidad común que aparece en torno al horizonte propuesto por el nuevo sujeto plurinacional.

Por eso no hay coincidencias en la historia. El sujeto plurinacional no sólo evidencia la crisis del concepto Estado-nación (moderno-occidental) sino que su presencia es capaz de despertar a un mundo aletargado por cinco siglos de hegemonía euro-gringo-céntrica. La disposición centro-periferia quiere decir eso. Todas las dicotomías del mundo moderno parten de la asunción de un centro antropológico específico: el ego moderno es ego-céntrico porque asume su presunta superioridad en contra de toda la historia humana [2]. La crisis actual es crisis de ese auto-centrismo. Un mundo multipolar es una crítica explícita a un centro hegemónico de dominación planetaria que, por cinco siglos, ha desatado los más grandes genocidios mundiales en favor exclusivo de la acumulación concéntrica de sus apetitos.

En ese sentido, evaluar nuestro proceso con perspectiva global quiere decir: iniciar el pasaje hacia la consideración de nuestro proyecto, el “vivir bien”, con una seria pretensión universal; si nuestro proyecto es válido ya no sólo para nosotros sino para el mundo entero, esto quiere decir que las disyuntivas y contradicciones que enfrentamos tienen no sólo carácter local sino que, estarían expresando, en su radicalidad, el conflicto epocal: pasar de una forma de vida a otra. Por eso no se trata sólo del capitalismo como sistema económico sino del horizonte cultural que hace posible a éste: la modernidad.

El marxismo estándar creía y sigue creyendo que, cambiando la base económica se cambia todo; ese reduccionismo metodológico es lo que se convirtió en fracaso histórico. Por eso el capitalismo podía hacer, hasta de sus crisis, procesos nuevos de acumulación; porque lo que le da vida o legitimación no es, lo económico, en última instancia. La disposición centro-periferia no funciona sólo en la economía sino también, por ejemplo, en la cultura. Por eso las relaciones de dominación van más allá de lo estrictamente económico.

Por eso la visión oficial reduccionista de la descolonización no es capaz de advertir la complejidad de relaciones de dominación que se complementan de modo estructural, haciendo estable y duradera una condición colonial que permea no sólo el mundo institucional sino la propia subjetividad de los actores, incluso “revolucionarios”.

Esto es lo que nos permite descubrir en la disposición centro-periferia, una clasificación antropológica previa que funda las pretensiones de dominación de un centro, que se considera centro en todos los sentidos. Entonces, descentrar el centro es la primera condición para que el ámbito periférico deje de ser periferia. Esto quiere decir que, la eficacia de la disposición centro-periferia, radica en la múltiple combinatoria que adquieren las relaciones de dominación que se complementan de modo estructural. El capitalismo no es posible sin el derecho liberal, y éste es el núcleo que defiende la democracia moderna, que la enarbola el individuo liberal, que se constituye en sociedad, legitimando todo este círculo recíproco de instancias que se co-determinan mutuamente.

Pero ni todo ello constituye esencialmente a la modernidad; pues todas son determinaciones de un fundamento que, en cuanto núcleo mítico, da origen al proyecto que amanece el 1492: el racismo. Pero éste no es la discriminación fenotípica del diferente sino la anulación absoluta de la humanidad del otro (en primer lugar el indio). Sólo a partir de aquello es posible concebir la primera dicotomía del mundo moderno: superior-inferior. El primero se llamará civilizado, mientras que el segundo será el bárbaro; éste será siempre la imagen del atraso mientras aquél dará origen al mundo desarrollado, descargando en la periferia las consecuencias del afán ilimitado del mito del progreso infinito. El subdesarrollo será la nueva especificación de un mundo atravesado por relaciones dicotómicas. No hay desarrollo sin subdesarrollo, del mismo modo que no hay superior sin inferior. En ese sentido, la modernidad no es sólo una época sino un proyecto de dominación global de un centro único que constituye al mundo entero en su periferia.

Por eso, si el centro está en crisis, su proyecto es el que ha entrado en crisis. El incipiente mundo multipolar expresa la decadencia de un proyecto que se desmorona desde adentro, pero que repercute globalmente. La crisis ecológica manifiesta lo que, en esencia, es aquel proyecto: el sacrificio constante y creciente de la humanidad y la naturaleza para beneficio exclusivo del ídolo moderno: el capital.

Esto quiere decir que la riqueza moderna es sólo posible por la creación de miseria. Otra dicotomía que manifiesta el fundamento congénito de las desigualdades en el mundo moderno. Hasta el contenido de las emancipaciones modernas conlleva esta contradicción, por eso la dialéctica del amo y el esclavo expresa aquello: se sale de una dominación para instaurar otra. Por eso las revoluciones recaen en lo mismo y pueden hasta reafirmar su condición periférica transfiriendo al centro nuevo modos de recomposición y acumulación a costa siempre de una periferia que persiste en verse con los ojos del centro. Esto quiere decir: para ser como el centro debe anularse a sí misma, negar lo que es y asumir la imagen devaluada que el centro le ha impuesto, como verdadera. Por eso hasta el campesino quiere “desarrollo”, porque aspira a la riqueza moderna, es decir quiere modernizarse y dejar de ser indio.

Observemos un ejemplo. La lectura desarrollista (que hace carne hasta en los pobres, siendo ellos la constatación de las consecuencias del “desarrollo”) no nos permite advertir la propia discusión que está ocurriendo a propósito de los procesos de industrialización. Desde la primera revolución industrial se sabe que, sin el control de un recurso energético, se hace prácticamente imposible cualquier despegue y desarrollo industrial y tecnológico. Por eso somos testigos de las intervenciones militares en Irak, Afganistán, Libia y, ahora, Siria, donde se despliega la primera guerra geopolítica del gas; en la que se enfrentan, en realidad, Occidente (USA y Europa) y las nuevas potencia emergentes, el BRICS. El occidente moderno trata de recapturar un área estratégica, para contener a Rusia y China.

El control del gas supone el control de la llamada energía del siglo XXI. Pero, ante la evidencia del agotamiento paulatino de las energías no renovables (agudizado por el irracional consumo de Occidente), lo que se muestra como inevitable es, ya no sólo una transformación en el consumo, sino en la producción misma; es decir, los modelos de industrialización tendrán que sufrir transformaciones profundas, ya no supeditadas a energías fósiles.

Es decir, si por pura ceguera histórica apostamos al desarrollo industrial hegemónico, que ya es insostenible (que fue paradigma de “desarrollo” cuando se creía que las fuentes energéticas eran infinitas), puede que “comprar” todo ese “desarrollo” nos lleve a una nueva ruina, cuando el mundo pase a nuevas formas de industria, basadas, por obligación, en fuentes de energía alternativas y, además, en un uso más racional de los recursos energéticos. O sea que, si apostamos por el espejismo moderno, puede que en medio siglo (que es más o menos el ciclo de toda revolución industrial) nos despertemos con un patrón industrial distinto, mucho más eficaz y, para colmo, más competitivo en el mercado global, al cual tanto se quiere ingresar.

Esta toma de conciencia ha sido siempre la constante en un genuino proceso de nacionalización: el control estratégico y geopolítico de los recursos energéticos. No depender significa el sostenimiento de la producción a partir de una industria y tecnología propias basada en el control estratégico de una energía también propia. Lo que mueve la producción es la energía, sin control de ésta no hay sostenibilidad en la producción; por eso no se trata de importar la “mejor” tecnología (porque puede ser la peor, es decir, la más cara) sino de desarrollar una industria propia en correspondencia a los recursos que se posean y a las necesidades estratégicas que se tenga.

Cuando se ofertan los recursos energéticos, como si fuesen mercancías, es porque se ignora su carácter estratégico. Lo que podríamos constituir en base de nuestra producción y nuestra industria, la fuerza que contiene nuestra propia tierra, se hipoteca para que otros ganen. Esa fue la historia del petróleo y del gas (si ese es el destino de nuestro litio, entonces cancelaremos una nueva oportunidad histórica).

Producir con el fin de exportar es, aunque no se lo quiera reconocer, incluirse en el sistema que tanto se critica. Porque eso significa supeditarse a las necesidades del mercado global; el cual es el ámbito, por excelencia, de recomposición del capital transnacional. La demanda irracional del mercado moderno terminará siempre por minar la posibilidad nuestra de basar cualquier revolución industrial en nuestro suelo; por eso, apostar por la propia producción no es ofrecerlo a las necesidades del mercado (que son siempre necesidades del centro) sino fundar en éste primero una independencia económica.

Una apuesta tecnológica nuestra no pasa por la subordinación a los patrones tecnológicos hegemónicos sino de la revalorización de nuestras propias tecnologías y su potenciamiento a largo plazo (como lo es todo proyecto histórico) que genere las condiciones para un cambio de patrón energético, lo cual sí es posible en un país todavía no atravesado por el “desarrollo”. Pero esto requiere de visión estratégica, de educación, es decir, del desarrollo de la conciencia nacional, ahora resignificada como plurinacional.

Si no somos conscientes del inminente recambio tecnológico que se deberá producir, a mediano plazo, de nada nos servirá adoptar ahora modelos tecnológicos e industriales que ya no son sostenibles “in thelongrun”. Lo dramático será darse cuenta que los modelos industriales que se adoptan ingenuamente, resulten demasiado caros para un país que no tiene control estratégico sobre sus propios recursos energéticos. Una verdadera nacionalización no quiere decir conseguir mayores ingresos, sino basar un proyecto de desarrollo propio en el control estratégico de sus recursos energéticos.

Si el decadente imperio norteamericano (y en general Occidente) ya no controla los recursos energéticos, esto obliga a buscar alternativas; y aunque recapture las fuentes energéticas, la condición limitada de éstas obliga a considerar un cambio en los patrones energéticos actuales. Pero ya no significará cambiar una energía por otra (a lo que apunta el “capitalismo verde” o el “desarrollo alternativo”) sino transformar una cultura basada en el despilfarro de energía y la destrucción sistemática del ecosistema.

Esa será la diferencia, en lo venidero, entre quienes enfrenten la crisis climática y quienes la soslayen. En la nueva cartografía planetaria multipolar lo que se vislumbra —donde no se produzcan balcanizaciones— son escenarios, en el mejor de los casos, de regionalización económica basada en la cooperación mutua (porque ninguna potencia es autosuficiente y esto es una ventaja que tienen los países que poseen recursos energéticos y materia primas, siempre y cuando se sepa administrar aquello). Las materias primas y los recursos energéticos definirán la geopolítica del siglo XXI.

Por eso las definiciones son fundamentales. La geopolítica es, hoy por hoy, la conciencia del incipiente mundo multipolar; la insistencia en su tratamiento nos sirve para vislumbrar, de mejor modo, las posibilidades de nuestra situación en la nueva cartografía mundial. Esta traumática transición que sufre el mundo, que ya no es unipolar, es descubierta en todas sus complejidades (que también son bélicas) gracias a la perspectiva geopolítica y a las derivaciones temáticas que se le desprenden: la geoeconomía y las geofinanzas. Por eso la geopolítica, en nuestro caso, se traduce como la conciencia del cambio de época que sucede a nivel global, al cual no deberíamos incluirnos de modo ingenuo sino aprovechar las nuevas condiciones para proponernos ofrecerle al mundo una alternativa que nos sitúe en la posibilidad de liderar esa alternativa con perspectiva universal. 
1    Ver nuestro libro: Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado plurinacional. Volumen II. La reposición del Estado señorial, rincón ediciones, La Paz, Bolivia, 2012.

2    Lo cual es prototípico de la visión eurocéntrica de la historia y la política. Ver nuestro libro: Del Mito del Desarrollo al Horizonte del Suma Qamaña, APDHD, La Paz, 2013. 

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