octubre 26, 2020

Laura Libertad, la radicalmente “otra”

por: Rolando Vladimir Sierra Torrez

Quiero empezar este trabajo aludiendo a uno de los personajes más emblemáticos en el cine de Pedro Almodóvar. Me refiero “La Agrado”, personaje transexual femenina de “Todo sobre mi madre”. La alusión es pertinente pues, en un momento dado de la trama, Agrado afirma ser una mujer auténtica y agrega: “Cuesta mucho ser auténtica. Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. Estas palabras resuenan inmediatamente si pensamos en la participación de Laura Libertad, Presidenta de las travestis, transexuales y transgéneros femeninas de Bolivia, en el coloquio llevado a cabo el día 21 de mayo denominado: Los olvidos de la inflexión decolonial. Estos olvidos engloban a las subjetividades construidas respecto del sexo la sexualidad y el género pues la inflexión decolonial se detiene en temáticas vinculadas con la raza sin tomar en cuenta sexo, sexualidad y género.

Los temas propuestos por Laura se centraron básicamente en las visiones biomédicas, antropológicas y sociales y una visión transformadora respecto de lo trans. Además abordó el conflictivo tema del denominado trabajo sexual. Respecto de la visión biomédica se dijo que aún ahora, en pleno siglo XXI, lo trans continúa considerándose una patología. Es decir, una enfermedad. Por lo tanto, son especialistas médicos quienes se ocupan de tratar lo trans en busca de una especie de cura [1], lo que resulta absolutamente preocupante pues como señaló Laura, ser trans no es una enfermedad.

Sin embargo, un primer cabo suelto se presenta respecto a la necesidad de modificación corporal a la que las y los transexuales deben someterse. Alguien del público presente en el coloquio susurra una pregunta en todo de desaprobación. Si no se trata de una patología ¿por qué la necesidad de una modificación corporal? Si reducimos la opción sexual al mero hecho de la alteración del cuerpo entonces tendríamos que dejar de ser condescendientes con la heterosexualidad que aplaude las operaciones de nariz, reducción de grasa, aumento de tamaño en senos, pene, etc. Alteraciones que son bien vistas por la “normalidad” heterosexual. ¿Acaso renegamos de los pacientes cuya “patología” los lleva a operarse la nariz?

Una visión antropológica y social, busca orientarse hacia el planteamiento de una apertura que no se centre en la genitalidad. Es decir, que los géneros y los roles no se adjudiquen a priori en función de la genitalidad de los individuos y se comprenda que la orientación sexual y la identidad de género son cosas muy distintas. Y aquí es donde hace su aparición la visión transformadora que plantea una autonomía, es decir, es un “yo” el que decide sobre su propio cuerpo. Partiendo del principio: “yo soy igual a ti”, desde el activismo, Laura propone una igualdad de derechos en cuanto al acceso a la salud, educación y otros y la posibilidad de modificar la cédula de identidad asumiendo un nombre más acorde con el aspecto y con cómo una trans se siente más cómoda.

En cuanto a la prostitución, Laura presenta dos puntos fundamentales. El primero, derivado de una homofobia institucionalizada, hace de la prostitución una posibilidad de obtener los recursos económicos necesarios para la subsistencia de las trans. Es decir, se recurre a la actividad callejera al no existir otros posibles empleos a los que una trans pueda tener acceso. El segundo, sumamente interesante, muestra a la prostitución como una vía para poder tener contacto físico y placer sexual a través de los clientes, un contacto que no podría lograrse de otra manera por el pensamiento machista y homofóbico predominante en la sociedad. Suena coherente [2]. Ambos puntos suenan completamente coherentes y es fácil identificarse con cualquiera de ellos. Por simple empatía, si no hay otro posible trabajo, no por ello las necesidades cotidianas de techo y alimento desaparecen. Del mismo modo, si estamos destinados a existir en una sociedad que nos pone encima un equivalente a la etiqueta de leproso, maldito, endemoniado, enfermo, etc., no es difícil pensar en que no está mal, por más dura que sea, la vía que nos permite tener un contacto aunque sea momentáneo con otro ser humano. Estamos pensando entonces el sexo como algo más que sexo, como una forma de vincularnos con una sociedad que nos aísla. Basta recordar que en sociedades antiguas la presencia de las hieródulas

Sin embargo, algo no está bien detrás de todo este razonamiento. Es comprensible, pero no aceptable que suceda y no me pongo en una perspectiva moralista. De hecho, si pensamos que la autenticidad de la Agrado que vinculo con la de Laura, tiene que ver con aproximarse a un modelo femenino, algo sigue sonando mal. Laura también plantea la modificación corporal desde el: “Yo soy mujer, véanme”, pero entonces, qué significa ser mujer. ¿Significa construirse una apariencia física mediante cirugía? ¿Aumentarse busto y transformar el pene en vagina? ¿Qué significa?

Pienso en estas preguntas y concluyo que los argumentos de Laura, sobre todo los referidos a la prostitución, nos obligan a mirar, a través de sus ojos, lo que la sociedad entiende por ser mujer. Es a través de esa mirada, de esa necesidad de parecerse a la “otra” que nos cuestionamos el papel y la identidad de esa “otra”. Laura trabaja en la calle, con todos los riesgos que esto implica, pero acaso ¿no pasa algo parecido con las mujeres que se ven obligadas por el entorno económico y social a permanecer junto a maridos que las maltratan? ¿Les parece realmente tan descabellado el pensar la prostitución como una vía de contacto físico con los semejantes a las mujeres que admiten el maltrato o peor aún a las que buscan relaciones con individuos que no aman para no terminar solas? No puedo responder estas preguntas desde mi perspectiva porque no soy mujer, es lo primero que se me viene a la mente, aunque, si lo pienso un poco, hay situaciones y entornos armados para prostituir desde la dignidad inmaterial hasta la corporalidad, pues siempre hay un poder esperando que te inclines sin que le importe la etiquetita de hombre o de mujer que te han colgado. Creo que estoy llegando demasiado lejos, pero me es inevitable cuestionar la construcción social que tenemos y a la que nos aferramos sobre lo que significa ser hombre y lo que significa ser mujer. Dos etiquetas puestas en un tiempo que ya no es más.

Entonces qué nos queda, me pregunto, ¿Asumirnos como víctimas incruentas del sistema? ¿Es a eso a donde apunta la autenticidad de la Agrado, citada al inicio de estas líneas? La fascinación que ha ejercido sobre mí desde la primera vez que vi la película tiene más que ver con que su presencia es una invitación a mirar. Mirar alrededor con otros ojos, cuestionar los argumentos que creemos coherentes y entre los que hemos crecido. Cuestionar el mismo lenguaje que ha demostrado ser insuficiente para nombrar el gran espectro de diversidades que existen entre nosotros y que no queremos ver. Que no queremos ver porque nos obligan a cuestionar nuestra propia identidad y contra quienes reaccionamos estúpidamente con violencia tal vez por miedo a lo que el espejo que ponen frente a nuestros ojos nos muestra.


1    El objetivo no es ni deja de ser otro que normalizar al sujeto. Hacerlo normal a los ojos de la institución o instituciones.

2    Resaltamos la coherencia en el discurso de Laura Libertad, debería hacernos pensar la incoherencia del tipo de clientes que acuden a sus servicios. Varones “heterosexuales”.

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