enero 20, 2021

El sacrilegio del aborto

Religiosos, expertos, políticos, periodistas y figuras publicas, hombres, han levantado sus voces vehementes contra el aborto, sin imaginar siquiera que es la decisión más extrema que nos desgarra la entrañas y la vida hasta nuestros últimos días, y lo hacen sin intuir los padecimientos por los que pasamos las mujeres que nos vemos obligadas a llegar a este extremo por embarazos no deseados, embarazos contra nuestras voluntades y, que en la mayoría de los casos, han sido fruto de una invasión forzosa sobre nuestros cuerpos, antecedida por vejámenes, insultos, golpes, tratos crueles, degradantes e inhumanos y contra nuestra voluntad, generalmente por violaciones, a diferencia de esos embarazos fruto del amor, la comprensión y la promesa de responsabilidades compartidas ante una nueva vida. ¿O es que la vida de las mujeres no existe o no importa?

Pero nadie quiere hablar del sacrilegio con el que se violentan cotidianamente nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestras entrañas, nadie habla del incesto que ocurre en la calidez de los hogares y de las familias sacrosantas, cuyas víctimas suelen ser niñas o adolescentes del propio entorno familiar o generalmente las jóvenes trabajadoras del hogar, las denominadas colonialmente —empleadas—, mujeres amedrentadas,

Nadie, ningún religioso, periodista o político, quiere pronunciarse públicamente contra los hombres ebrios, violentos o maltratadores que cotidianamente a fuerza de golpes, patadas e insultos obligan a —sus mujeres— a complacer sus instintos básicos ante la mirada aterradora de sus propios niños, que en medio de la impotencia todo un entorno familiar sacrosanto se nutre cotidianamente de estas perversas violencias.

Nadie sale en defensa de las cientos de miles de mujeres que cada día, sacando fuerza de donde ya no la tienen, se sobreponen con infinito estoicismo a sus entrañas desgarradas, al asco y al dolor con que se las violentó y ultrajó, al terror de quedar embarazadas contra su voluntad o la condena de llevar en su vientre a un ser engendrado desde la bestialidad y que luego será objeto también de todo tipo de vejámenes, porque sus inocentes presencias siempre serán el recuerdo de la violación, de la tortura y de todo tipo de humillaciones, con las paradojas de maternidades culposas, de amor inconmensurable y la abnegación de maternidades abandonadas y solitarias.

Nadie, ningún religioso, político o experto, quiere enterarse que cada tres días una mujer boliviana muere a manos de sus esposos, concubinos, compañeros o enamorados, porque nuestro país Bolivia, según información trabajada por el CIDEM, es uno de los estados con los mayores índices de feminicidio, de muerte de mujeres por odio y desprecio, luego de largos calvarios de violencias física, sicológica y sexual, producto de una sociedad profundamente misógina y que no quiere reconocerse en su verdadero rostro. La vida de las mujeres no importa, no vale nada, menos la de los pequeños huérfanos que pueblan las calles de las miseria.

Somos una sociedad que sublima el rol materno, de mujer dadora de vida, cuidadora, ese ideal mariano donde la maternidad es la imagen sagrada y santa. Pero, paradójicamente, las mujeres somos las personas a las que hay que abandonar, dominar, a las que se puede y debe maltratar; porque las mujeres debemos ante todo estar al servicio abnegado de los hijos, del marido, de los padres e incluso de los hermanos y cuñados. Existimos en tanto madres, pero se nos niega la posibilidad de seres humanas plenas de dignidad, derechos y obligaciones y por ello se exime de la corresponsabilidad del embarazo a los hombres. ¡las mujeres somos las absolutas y únicas responsables…. las únicas culpables !!!

Pero también somos las humanas a las que se puede prostituir, poseer, violar, infringir tratos crueles, degradante e inhumanos; a las que se puede embarazar contra su voluntad e incluso matar, arrebatándonos la dignidad y nadie jamás se pronuncia contra los prostituyentes, los proxenetas o los tratantes que trafican con niñas y adolescentes, nadie ni del Estado ni de las iglesias se pronuncia públicamente y con movilizaciones contras los cientos de hombres que cotidianamente pervierten por unas míseras monedas, nadie llama a movilizaciones para que los violadoras cumplan su condena. Es más, se los protege, se los cobija en las redes poderosas de un cargo, de pactos masculinos, machistas y misóginos, y que históricamente han cultivado la impunidad.

Por ello los voceros del Estado y las iglesias, e incluso los medios de difusión tienen el derecho de establecer mandatos —sacrosantos— sobre las vidas y cuerpos de las mujeres. Por eso salen en grandes manifestaciones contra el aborto, contra el control de nuestras vidas, de nuestra dignidad, mientras que cuando nos violan o nos matan nos colocan en la crónica roja y encima nos culpabilizan. Seguro tuvimos la culpa para que ello ocurra, vasta con dar una mirada a los cientos de miles de obrados en las distintas instancias del poder judicial o la policía donde en vano las mujeres clamamos justicia; los feminicidas andan sueltos, la sociedad les protege, a nadie le importa. La impunidad es para los hombres, la condena veloz e inmediata para las mujeres y sobre todo, para las madres en situación de pobreza, para las cientos de miles de mujeres solas atrapadas en el miedo, la culpa o el abandono; para esas cientos de miles de mujeres está el infierno, la maldita condena de una sociedad hipócrita que se niega a asumir su corresponsabilidad y que se cobija en la falsedad de estructuras profundamente violentas, misóginas y feminicidas de familia, de sociedad…. asentada en valores falsos, sino miremos a nuestro alrededor, mirémonos en los espejos de nuestras cotidianidades, de nuestros entornos, en las calles, en los calvarios de las instancias policiales o judiciales, porque ahí está la descarnada realidad, la verdadera sociedad!!!


*    Feminista queer y periodista

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