La decisión del gobierno de Estados Unidos de prohibir el paso del avión presidencial de Venezuela por espacio aéreo de Puerto Rico, es una confirmación de que el orden internacional construido a la culminación de la II Guerra Mundial está atravesando una de sus mayores crisis.
Por lo demás esta medida es una vergüenza, pues ratifica la condición de colonia que Estados Unidos le ha asignado a Puerto Rico, cuya historia está llena de intentos de conquistar su independencia del imperialismo, que ya en el siglo XIX le negó esa aspiración.
Esta nueva agresión estadounidense confirma, por otra parte, que le correspondió a la administración Obama perpetrar, con sus manos ocultas, el cobarde y criminal atentado contra el presidente Evo Morales el 2 de julio pasado, cuando cuatro países de Europa asumieron una medida idéntica.
Lo que también se está demostrando, con este hecho, al que se suma la negativa de dar visa a funcionarios del estado venezolano para ingresar a EE.UU. con el objetivo de participar de un foro internacional, es que el imperio está en una contraofensiva global.
Esta agresión imperial, primero contra Morales y ahora contra Maduro, debe ser rechazada y condenada por el mundo y en particular por los países de América Latina y el Caribe.
Desde el ALBA hasta la CELAC, pasando por la UNASUR, además de pronunciarse contra esta vulneración de los convenios internacionales, quizá es hora de que encaminen su esfuerzo en otra dirección. Asuman acciones como ha sugerido el presidente Morales.
En primer lugar, hay que darle mayor impulso a la decisión boliviana, adoptada luego de la agresión contra Evo Morales, de llevar a las Naciones Unidas un debate de lo que esta pasando con el orden internacional, en la perspectiva de garantizar la paz mundiales.
Es evidente que un país que se niega a cumplir con las convenciones internacionales viola el principio de igualdad de los Estados establecido en la Carta de las Naciones Unidas y como tal no reúne las condiciones para ser uno de sus miembros, ni mucho menos para formar parte del grupo permanente del Consejo de Seguridad.
En segundo lugar, sin provocaciones ni debilidades, quizá es hora de que los estados no solo discutan la ruta crítica para democratizar la ONU, sino incluso reflexionen sobre el cambio de sede.
Estados Unidos no puede ser país-sede de un organismo supranacional cuando lo único que hace todos los días es poner en riesgo la paz del mundo y ahora la seguridad de los jefes de Estado. No se lo merece.
El mundo apuesta por la multipolaridad. Estados Unidos y la vergüenza que representa su presidente, que dentro de ese país incluso lo consideran igual o peor que el guerrerista Bush, ya no pueden seguir insistiendo en una línea de mantener la unipolaridad que el mundo no tolera.
En tercer lugar, la respuesta a las múltiples agresiones imperiales no es el miedo, sino más bien la profundización de los procesos de cambio que se viven en Nuestra América.

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