agosto 18, 2026

Archivo y Memoria

¿Cómo organizar la preservación de la memoria en tiempos de transformaciones? Aunque sus orígenes se remontan mucho más atrás, los archivos se expandieron en Europa y América durante el siglo XIX y respondieron en gran parte a la necesidad de los nuevos Estados-Nación de salvaguardar los registros y la narrativa de su propia constitución bajo el ideario del progreso y la modernización, exaltando el rol glorioso de los “grandes hombres” y sus “glorias”(sic)

Su soporte fue la historiografía positivista. La única fuente de la historia procedía del documento escrito, mejor si de procedencia oficial. Este giro en favor del papel dejó para el folklore o la antropología a los relatos orales, consideradas fuentes imperfectas y dudosamente fiables. Paradójicamente en los orígenes de la Historia como relato metódico del pasado en la Grecia clásica, las fuentes orales y visuales —“yo he visto”— se habían considerado como el único testimonio válido.

Hoy por hoy casi ningún(a) historiador(a) reconocería al documentos escrito como la única fuente para su labor. Sin embargo nuestros archivos se han construido sobre la herencia documentalista del positivismo europeo, como muchos otros de nuestros dispositivos culturales y educativos, incluyendo nuestras Universidades, su pedagogía y su epistemología. Una manera de superar una manera unilateral, sesgada e incompleta de conservar nuestro pasado y de escribirlo, supone deconstruir el archivo positivista y abrirlo a la conservación de otros registros y testimonios. Como ya hace muchos años lo mostró Silvia Rivera y el Taller de la Memoria Oral(TOHA) el registro oral, quizás más ligado a la memoria que a la historia, contiene recursos tanto para entender qué paso como para percibir el recuerdo de sus protagonistas. El relato oral ofrece la posibilidad única e irrepetible de observar la estrecha relación existente entre la experiencia personal y la narración de los hechos. Vuelta aún más válida considerando que gran parte de estas subjetividades no están registradas en documentos y que además por pertenecer a sectores subalternos (pobres, indígenas y mujeres) no tiene cobijo ni en la historia oficial ni el Archivo, condenados al olvido y al silencio.

El registro de la memoria oral es pues una condición para la identificación de nuestras distintas formas de identidad e historia. Los chinos dicen bien al señalar que “Cuando muere un anciano es como si ardiera una biblioteca”. Y nosotros dejamos que el fuego nos arrebate cada día u pedazo de memoria.


*    El autor es historiador
    Correo:  keynes73@yahoo.com

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