¡Un aguinaldazo! fue el calificativo usado por algunos medios de opinión asociando el mandato estatal a los empleadores de fuerza de trabajo de pagar un doble aguinaldo a sus trabajadores, con los gasolinazos o alzas súbitas en el precio de los combustibles que decretaban gobiernos antipopulares siguiendo el criterio de que “los precios deben ser libres” para que “los agentes económicos tomen sus decisiones…con la seguridad que [se] están basando [en una] información cierta, no falsa”. [1]
El fetichismo de los precios reales en medio de la magia del libre mercado, en cuanto un ámbito perfecto para lograr la asignación óptima de los recursos, el pleno empleo, el equilibrio y nada menos que el bienestar social, se desarrolló al influjo de la teoría neoclásica formulada desde los años 70 del siglo XIX que irrumpiría como ortodoxia oficial en medio de una agresiva expansión del capital monopólico.
Esa teoría barrida por la crisis sistémica fechada entre 1917-1945, [2] retornó en los años 70s del siglo XX a través del neoliberalismo, con el capitalismo de nuevo en crisis. Más allá de su formalización que apela incluso a la matemática, lleva a concebir el precio como un pueril resultado del comportamiento de individuos en el mercado comprado y vendiendo mercancías, al margen de su propio interés material en tanto miembros de grupos sociales que desempeñan un rol en la producción social, el ámbito donde en rigor se genera el valor de la mercancías, a saber, su precio.
Empero presa del fetiche, la vocinglería habló también de un “gasolinazo” en diciembre de 2010, cuando se eliminó el subsidio fiscal a la venta particularmente de carburantes importados (diesel), restituido días después de promulgada la medida [3] que insume al Estado más de $us800 millones/año al seguirse importando diesel a altos precios, que bien podrían asignarse a un fondo para la eliminación de la pobreza; sin embargo, abarata los costos de producción favoreciendo principalmente a grandes empresarios, en tanto que obtienen altas tasas de ganancia.
Ahora, sin reconocer el sinsabor que genera entre los empresarios tener que compartir con sus trabajadores una parte de sus ganancias, los oficiosos opinadores y algunos medios de prensa califican la medida como ¡inflacionaria! En un editorial se lee: “La sorpresiva decisión…de otorgar un doble aguinaldo…ha sido recibida con más críticas que aplausos, debido a la extendida percepción de que provocará graves daños a los sectores productivos y tendrá consecuencias negativas…debido a las secuelas inflacionarias [e] inseguridad laboral que [ella] genera”. [4]
Además de la amenaza de que habrá inflación, se lee la tradicional advertencia de que se daña a los sectores productivos (en rigor podría decirse que si en un sector o con más rigor aún, en alguna (s) unidade(s) productivas, se destinase la ganancia ahora compartida con los trabajadores a nueva inversión podría no aumentar la producción), pero ¿qué se genera inseguridad laboral?
¿Es que siempre y en todo lugar cuando la población tiene mayores ingresos que bien puede insumirlos adquiriendo más bienes y servicios, dinamizando así a que estos se produzcan y ofrezcan en mayor cuantía, o ahorrarlos al menos parcialmente, es decir, cuando hay más dinero circulando entre ella, debe haber necesariamente inflación?
Más allá que se peyore las medidas gubernamentales redistributivas del ingreso, por reducir la acumulación gananciosa de capital y brindar bienestar a los trabajadores, que además en el caso del doble aguinaldo es medio que amplía la demanda de la producción de pequeños productores urbanos y rurales, cabe notar que detrás de los opinadores hay una matriz forjadora de opinión, nada inocente, que sabe porque y para que debe invocar al fantasma de la inflación.
Para revivir en el imaginario popular el temor a la hiperinflación y crear así mediante las llamadas “expectativas racionales”, un alza generalizada e incontrolable de precios que si podría hacer colapsar al sistema productivo, socavando la confianza popular en el gobierno y el apoyo del bloque social revolucionario al actual proceso de cambio. Esto se vio entre 1979-86 cuando se deterioró la situación de la economía nacional y se dio el alza generalizada de precios en medio de la política de zapa de la derecha, que derribó al gobierno de la UDP y golpeó a la población, tiempo atrás movilizada para derrotar a las dictaduras y los golpes de Estado militares.
No obstante, el actual “aguinaldazo” no parece generar una espiral inflacionaria. En efecto aunque más de un opinador manifestó su duda y desconfianza en el índice de precios al consumidor (IPC) del INE, el indicador que mide cuan altos o bajos están los precios particularmente de mercancías como alimentos, servicios de transporte y otras que adquiere cotidianamente la población, éste dio el siguiente resultado:
Entre noviembre de éste año cuando se establece la medida redistributiva del ingreso y el pasado octubre se dio una deflación de -0.03%, aunque en los meses de agosto, septiembre y octubre de 2013 se observó una inflación acumulada de 3.43%, mayor a la del trimestre inmediatamente anterior cuando ésta fue de sólo 1.19%.
Ello se debió principalmente a situaciones estacionales y a efectos climáticos adversos en la cosecha de invierno de papa y tomate, entre otros alimentos con alta incidencia de sus precios en el IPC. En noviembre, cuando ya empezó a venderse en mercados domésticos papa y tomate de la nueva cosecha, bajó su precio que se refleja en la deflación de noviembre.
Finalmente veamos retrospectivamente el comportamiento de la tasa de inflación, que en los años 2007 y 2008 fue de dos dígitos y no precisamente por una medida de economía política. (ver cuadro adjunto en PDF de este sitio)
En ambos años se dio una exportación legal e ilegal de alimentos generadora de agio y especulación con la consiguiente elevación de su precio en el mercado interno, que debió frenarse mediante medidas reactivas, a la fecha institucionalizadas para regular su salida al exterior, una vez cubiertas adecuadamente las necesidades internas. Así, se contuvo y redujo la inflación, que en promedio en 2009 fue de sólo 0.26%.
En 2010 y como efecto del llamado “gasolinazo” que incidió en el alza especialmente del nivel de precios en diciembre de éste año y los primeros dos meses de 2011, la tasa de inflación acumulada fue de 7.18% y 6.90%, respectivamente, en tanto que en 2013 no será mayor al 7%.
1 Armando Méndez M. Economía Monetaria; página 22. Editado por: IBCE y UAGRM – Business School.
2 Las dos guerras mundiales, la revolución bolchevique, el quiebre de Wall Strett, la gran recesión en los centros capitalistas, entre otros sucesos notables que expresaron dicha crisis, transcurrieron entre 1917 y 1945.
3 Instituida en el gobierno democrático de Banzer para beneficiar principalmente a la agro-industria de la soya de Santa Cruz.
4 Página Siete. Opinión: Cuestionamiento al doble aguinaldo. 24 de noviembre de 2013.

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