diciembre 3, 2020

Cuando se acabe la fiesta en Suchez

por: Ernesto Castillo

De repente

Suchez es un pueblito perdido en el medio de la nada, en algún lugar de nuestra frontera altiplánica con Perú. Existe desde 1914 pero paso inadvertido a nuestros ojos la mayor parte de su historia. Hubiera permanecido así de no ser por dos simples razones: primera, el descubrimiento de depósitos de oro en la cuenca del río que le da nombre; y segunda, el sostenido aumento del precio de este mineral en todo el mundo a principios de este siglo.

Y así, por mera coincidencia del destino o por capricho del mercado internacional, Suchez se convirtió en un irresistible imán que atrajo a cientos de cooperativistas mineros, empresas de transporte e inversionistas de bienes raíces deseosos de hacerse ricos de la noche a la mañana.

Muchos lo lograron, como el Sr. Pérez. Todos hablan de él, pocos lo han visto, pero la mayoría sabe que este enigmático personaje que ni siquiera vive ahí, es dueño adjudicado de un vasto terreno donde trabajan cerca de 27 cooperativas, que a su vez emplean a por lo menos 220 mineros.

Las polvorientas calles de este pequeño pueblo están llenas de vehículos 4×4 último modelo, la mayoría de las casas y los edificios están hechos de ladrillo y no de adobe como suele suceder en la mayor parte de la periferia rural, y no son pocas las casas con antenas parabólicas. Incluso el Mallku local, vestido modestamente, es dueño de una cooperativa que opera a pocos metros de su casa.

No todo lo que brilla es oro

Suchez acaba de vivir uno de sus mejores momentos. Pero el optimismo de todo lo que se describe hasta ahora choca con una realidad no tan visible y ostentosa que este pueblo comparte con otras que no han sido bendecidos con recursos naturales.

Y sí, Suchez tiene una pequeña escuelita pintada de verde que tiene, a su vez, antena parabólica, panel solar, junto con un patio cementado y grande. Pero esta escuelita sólo enseña hasta el primer grado, por eso cuando los muchachos cumplen más de 12 años se ven obligados a viajar a otros pueblos como Escoma donde terminan la secundaria. De ahí en adelante sólo unos pocos pueden aspirar a ser universitarios.

Hay una posta sanitaria pobremente equipada con sólo una persona atendiendo. Esto posiblemente explica porque en el municipio de Pelechuco, que es el municipio al que Suchez pertenece, la mortalidad infantil es de 104 por cada mil niños nacidos vivos.

Es decir, casi el 15% de los niños en esta región mueren antes de cumplir los 4 años de edad. Tomando en cuenta la esperanza de vida promedio, la mayoría del restante 85% de niños sobrevivientes puede esperar llegar sólo a los 55 años de edad.

El oro que hizo ricos a muchos empresarios mineros, transportistas y constructores no ha logrado mejorar estos preocupantes indicadores. Toda esta fortuna se ha ido a la lejana ciudad de La Paz o se ha despilfarrado en bienes más visibles que la salud o la educación.

Un resplandeciente pueblo fantasma

Con tanto dinero fluyendo hacia todas partes era inevitable que estalle una fiesta que duró lo que duró la fiebre del oro. No solo grandes empresarios fueron atraídos por el oro, sino también vendedores de whisky y otros tragos menos sofisticados.

Frente a las montañas de tierra removida y los profundos cráteres llenos de agua envenenada con mercurio que dejaron las cooperativas, se levanta vistosamente un pequeño pueblo hecho de casas de neumáticos y calaminas conocido como “Las Perlas”.

Desde lejos y cuando hace sol se ve brillante, como un barrio hecho de plata. De cerca, se ve como una pequeña favela andina donde algunas personas y algunos perros venden bebidas alcohólicas y entretenimiento.

A este pueblito construido improvisadamente en el lado peruano también vinieron, según cuentan las personas de ahí, bellas señoritas dispuestas a ofrecer su compañía a los solitarios mineros que pudieran pagarla.

Si uno se aventura a entrar a esta ciudadela resplandeciente, se podría encontrar bien con una fiesta llena de licores y mujeres o bien con calles polvorientas y vacías con anuncios como “solteros” escritos en las paredes de calamina. Es muy común que donde hay oro también vayan, como tiburones atraídos por la sangre, proxenetas y contrabandistas de bebidas espirituosas.

El legado

De lejos, yendo o viniendo, Suchez se ve como una pequeña isla de ladrillos junto a montañas de escombros y profundos huecos llenos de agua sucia por donde solía pasar un río. Un paisaje desolado que bien podría hacer de fondo para alguna película pos apocalíptica si el ángulo de la cámara dejara atrás el colorido pueblito de ladrillos.

Ahora la fiesta se apaga a medida que el precio del oro va descendiendo. ¿Qué quedará en este pueblo cuando se acabe su atractivo minero? Los cientos de autos 4×4 seguramente se trasladarán a otra parte, junto con todos los empresarios y sus capitales, que migrarán en busca de lugares más rentables. Suchez se quedará con las casas de ladrillo.

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