noviembre 27, 2020

Dos ciudades, una visión diferente

Las ciudades, imagen y semejanza de los seres humanos, encierran misterios, alegrías y naufragios. De las muchas ciudades que visité, aprendí que son mucho más que sus representaciones y sus imaginarios urbanos; cuando se llega a una de ellas es mejor no preguntar adónde ir, sus habitantes están tan acostumbrados a mirarlas que ya no ven ni sienten el cuerpo de la ciudad que recorren, creen que las tienen en su memoria y en su imaginación y no recuerdan las estrías en las veredas, el rumor de los árboles en los parques, el color de las flores en las jardineras, ni perciben los secretos que ocultan las puertas entreabiertas. Es mejor no saber nada de ellas, despojarse de las certidumbres que nos impiden conocerlas como auténticamente son.

La Paz, Chuquiago Marka

Nuestra Señora de la Paz de Ayacucho es la primera ciudad que conocí en la década del sesenta, mi primera terra incognita; yo venía de un pueblito de la llanura y me pareció inmensa y ajena, tanto que no me animé a salir solo por miedo a perderme entre tantas calles y entre tantas subidas y bajadas. La Paz se encuentra sumergida en pleno altiplano y se nos presenta de improviso cuando desde El Alto llegamos al precipicio y el descenso, paradójicamente, nos conduce a las alturas. Esta ciudad, por extraño que parezca, es un abismo y una montaña y sabemos que desde el abismo solamente se puede ir para arriba, llegar al cielo. Poco a poco la fui conociendo y amando como una ciudad única por su apariencia mestiza que oculta una invisible y antigua ciudad aymara. La ciudad del Illimani, la montaña de los tres poderes: el de la tierra, el de la palabra y el de la gente, contiene a la otra que la habita como un espíritu andino ancestral, y es una paradoja intensa, cruel y hospitalaria, generosa y mezquina, en la que todos los caminos se encauzan a un remoto río que arrastraba oro, piedras y agua, ahora reemplazados por el rumor de muchedumbre que transita por las aceras y el fárrago de los automóviles que transita por el asfalto que ha cubierto los nobles adoquines sobre los que gastaba mis botines de estudiante. Por el centro de la urbe, que yace entre las nubes, ya no discurren las pulidas piedras ni el reclamado oro; sin embargo los paceños son magos e inventan piedras de la nada cuando de luchar se trata. Conviene que el viajero sepa que si hay un pueblo en Bolivia que ha derramado sangre por la patria, ese es el pueblo paceño, y los ocultos adoquines los saben, porque guardan la memoria de los muertos y heridos en los golpes, asonadas y revoluciones. Mi hermana, Roberta Lichtman, fotógrafa nacida en Nueva York y viajera empedernida, quedó asombrada cuando la conoció: es una ciudad única, por donde se la mire es ella, no puede confundirse con otra y eso lo sabemos los fotógrafos, me dijo y disparó su cámara sobre la plaza Alonso de Mendoza. Y tal como es, hay personajes que solamente existen en esta ciudad y los paceños lo saben. Hay calles en esta ciudad, como la de las brujas, la Condehuyo y la Jaén que por las noches son más misteriosas que muchas imaginadas y hacen que su presencia haga por lo menos sospechar de nuestra realidad. El paceño, además, habla de una manera especial, ha creado y crea paceñismos que ostentan una decidida influencia aymara tanto en la sintaxis y la gramática, así como en el sonido de las palabras y para ellos las cosas poseen espíritu, un ánima, así por ejemplo es frecuente escucharlos decir que tal o cual cosa “se ha hecho perder”, justificando la pérdida de un objeto. ¿De qué fuerzas misteriosas se alimenta el paisaje paceño? En esta hoyada de un volcán antediluviano, tuve mi primer beso, así como mi primera máquina de escribir: una Olimpia que me regaló mi madre cuando cumplí quince años y la convencí que la necesitaba para hacer mis tareas escolares, aunque lo cierto era que escribía poemas que luego vendía a mis compañeros para que enamoraran a las chicas que pretendían. Aún guardo mi Olimpia entre mis libros más queridos, para acariciarla de vez en cuando. La Paz fue mi primera ciudad y, así como en el amor, hubo otras ciudades como otros amores, pero siempre vuelvo a La Paz.

Santa Cruz de la Sierra


El amor me trajo a Santa Cruz de la Sierra, que antes fuera San Lorenzo de la Frontera; una ciudad que se impuso a otra y que se sigue imponiendo a todos los que llegan buscando la América, al punto de nombrarlos cruceños como fue el arrebato de sus fundadores. Santa Cruz de la Sierra nace en el sueño, y al despertar está allí para nosotros, con sus calles de negro asfalto y sus parques descuidados, con sus amplias avenidas disimuladas por toborochis que florecen en otoño, con sus nuevos barrios de violenta arena y su cielo que alguna vez fue de un misterioso azul intenso. Despertamos en ella y nos provoca a revelarla más allá de las conjeturas, nos incita a recorrer su urbe profunda e inexplicable como la belleza y, generosa, nos brinda sus íntimos caminos que, como cicatrices olvidadas, esperan que alguien las acaricie para contarle sus historias, me trajo el amor de una muchacha y me quedé enamorado de la ciudad en la que mi familia crece gigante como los mangos, que cada año nos ofrecen nuevos frutos en nuestro jardín. Sé que es inútil intentar poetizar a esta ciudad que crece como un país y aún no se han inventado las palabras para definirla, aún la poesía está por hacerse como la ciudad misma. No por ser real Santa Cruz es diferente de las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, lo es porque en su realidad se parece a todas ellas y eso la hace invisible. Y así como en la ciudad de La Paz conocí al poeta Sáenz, dueño de la noche y sus secretos, en Santa Cruz conocí a P. Neftalí Morón de los Robles, macrocósmico poeta de Vallegrande; el vate revolucionario era tío de la Amada y luego de las presentaciones de rigor, yo le pregunté si la P era de Pablo o de Pedro y él, que siempre hablaba como diciendo versos, me aclaró que la P era de poeta, porque ese era el título que le había otorgado su pueblo y la universidad de la vida. Soy poeta, dijo el poeta. Lo conocí en la casa de la madre de la Amada, a dos cuadras de la plaza principal, la plaza de los cruceños, una mansión antigua que alguna vez había pertenecido a un obispo, con tres patios, construida con gruesos adobes, tejas coloniales, pisos de ladrillos cuadrados que nadie sabe cuándo dejaron de fabricarse, con aljibe al medio, amplias galerías para tender las hamacas y sentarse en grandes sillones de madera; una veterana casa prodigiosa cuyas paredes de un metro de espesor protegen a sus moradores de los ruidos de la modernidad. Dejo testimonio de esta ciudad porque sé, lo veo cada día, que esta ciudad se sobrepone a la anterior, para que mañana otros la miren con mis ojos y sepan cómo era y cómo no era, porque las ciudades como los seres humanos son y no son. De esta ciudad de la que, en un tiempo remoto, salieron expediciones buscando El Dorado y el Paitití, nada me gusta más que la calle que conduce a mi casa, en cuya acera un tío de la Amada plantó dos árboles que ahora brindan grandes sombras protectoras a los transeúntes que se arriman a ellos buscando alivio del desmedido sol oriental. Santa Cruz de la Sierra, esta ciudad que todos estamos haciendo, no fue mi primer amor, es cierto, pero es el último, y eso es lo que cualquier amante quisiera.

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