noviembre 28, 2020

Aquellos niños condenados

Recientemente veo en los periódicos una noticia que me electrizó y me puso los pelos de puntas. Un niño de origen paquistaní de tan sólo 9 meses de edad fue acusado de intento de asesinato pues varios miembros de su familia lanzaron ladrillos a la policía que fue a su casa para reclamar una factura de gas que no habían pagado.

Según un documento oficial, al bebé también se le acusó de intento de asesinato y lapidación, que es uno de los métodos para dar muerte más antiguos de la historia que consiste en lanzar rocas.

Aún son desconocidas las razones por las cuales el pequeño de 9 meses está implicado en el crimen, lo que sí es seguro es que el bebé se presentó en la corte mientras su abuelo lo sostenía para que le tomaran sus huellas digitales.

En las fotografías distribuidas por una agencia de noticias se puede ver cómo, mientras le tomaban las huellas dactilares, el niño lloraba y debieron consolarlo con un biberón. La periodista en Lahore, asegura que la defensa de la familia le dijo al tribunal que el niño tiene unos nueve meses y medio de edad.

Y lo mismo ocurre en Israel o en Medio Oriente, en casos de niños que tienen entre 10 y 13 años los mayores y están acusados de tirar piedras a las fuerzas armadas israelíes, probablemente denunciados por sus propios compañeros de clase. Todos estos serán brutalmente interrogados: golpes en la cara y el abdomen, privación de sueño, pinchazos de aguja en manos, piernas y pies, amenazas de violencia sexual y, en algunos casos, electrochoques.

Esta es una herida que no sanará fácilmente. ¿Por qué? Porque, después de años de cacería diaria, miles de niños palestinos han terminado por convertirse en una generación de tenaces resistentes, una generación que no sucumbirá jamás ante la presión de Israel aunque sus líderes sí lo hagan.

Ellos nunca fueron tratados como niños por Israel, sino como criminales (al contrario de lo que sucede dentro de Israel, donde los delitos menores de los más jóvenes son borrados de los archivos o prescriben, algo que no ocurre en ningún caso con los jóvenes de la Palestina ocupada, lo que facilita a la policía israelí la posibilidad de utilizar como colaborador en cualquier momento a cualquiera de ellos).

Lo vivido y experimentado todos los días por miles de niños israelíes o paquistaníes, en su crudo y hostil destino de la cárcel o de vivir expulsados de su propia tierra, no está muy lejos de lo que también a diario vemos y oímos de miles de niños y niñas por ésta parte del mundo.

La condena ejecutada a miles de miles de personas en América Latina también tiene rostro de niño en diferentes formas y probablemente con la misma crudeza y brutalidad que se ejecuta a los niños de los países árabes, musulmanes o judíos.

Según la organización Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis a ocho niños por día en Colombia y cuatro por día en Brasil. ¿Conoce usted de los famosos escuadrones de la muerte? La gran mayoría de sus víctimas son siempre niños y adolescentes.

Ya dejó de ser noticia el conocer que en Lima, en los suburbios de Bogotá, de Santiago, Caracas, Rio de Janeiro o de la ciudad de El Alto en Bolivia, convivan y soporten la cárcel o hayan sido detenidos y condenados a prisión por el sólo hecho de aspirar pegamento, tiner, gasolina o algunas drogas baratas.

Su pecado fue escapar de la soledad y el miedo que los aturde o de la violencia de sus padres que no los soportan porque, un día también tuvieron que huir al mundo hostil y degradante de la calle, como único recurso para sobrevivir.

Hay también de los otros condenados a vivir de lo queda en el día, de los que se disputan la basura con los abuelos o los buitres en los suburbios de las ciudades. Según las estadísticas, hay más de noventa millones de niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en ésta América Latina que fabrica pobres y la gran mayoría son niños.

Esos condenados a vivir en la calle, a trabajar exponiendo su cuerpecito deslomándose a cambio de comida, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas familiares, trabajan desde que apunta el alba o en la oscuridad, todos ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad.

Pero también los hay, otros, que no pueden trabajar, porque el “mercado” no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. Su pecado será pues su color, su discapacidad o sencillamente porque es niño o es niña.

Y finalmente los hay niños y niñas que, como dice Eduardo Galeano, los tienen atados a las patas del televisor, para que desde temprano acepten, como destino la vida prisionera. Aquellos niños ricos, que viven condenados a convivir con el confort de la abundancia, del consumo y porque sus padres encontraron el refugio más sutil como para encubrir su falta de “dedicación o “tiempo” para ellos.

Ser niño o niña para este tiempo, es tan igual o peor que el mundo adulto, porque difícilmente encontraran con un espacio donde descubran su identidad de ser niños, porque vienen consumidos por una sociedad que los encarcela y los condena a no ejercer su derecho de “ser niños”.


*    Gastón Núñez, es comunicador y conduce programas de radio.

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